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Por James Cantre

Publicado: miércoles, 1 de junio de 2016

I

El reflejo del sol poco a poco va desapareciendo entre torres de cristales que se alzan como espigas translucientes. Wang Jiayi está presto a salir de la oficina donde han transcurrido  seis de sus últimos siete días. Ha decidido que al día siguiente también se presentará a la oficina, pues de lo contrario se expone a no sobrevivir el periodo de prueba. No recuerda cuándo fue la última vez que orgasmó entrelazado a otro cuerpo. Abre Tantan, aplicación geosocial para teléfonos móviles que permite concertar citas. Algo así como un Tinder a la china. El concepto es idéntico: aparece la fotografía del candidato y si la persona que ha hecho aparición en la pantalla reúne los requisitos estéticos del usuario, se desliza la foto hacia la derecha. Consecuentemente, para desaprobar, a la izquierda. Si ambos usuarios han deslizado sus respectivas fotografías a la derecha, aparece un mensaje en el que se anuncia el emparejamiento, quedando así posibilitado un chat para que entren en contacto directo. 

En la pantalla aparece lo que a su parecer es la perfecta pretendiente, aunque está consciente que la foto ha sido alterada por alguna aplicación que confiere la belleza en boga. Los ojos redondos distan de los almendrados de sus congéneres, y los labios, en obvia desproporción, focalizan la apetencia carnal. No hace nada más que deslizar la foto a la derecha e inmediatamente aparece un mensaje que le manifiesta, que según los algoritmos que operan tras bastidores, él y ella son el uno para el otro. Ha sabiendas que la candidata en cuestión puede estar simultáneamente hablando con otros, decidió no perder tiempo e invitarla a cenar el mismo día. Si en persona ella resultase radicalmente distinta a la de la foto, pensó, que podía fingir haber recibido un mensaje en el cual se le exigía regresar a la oficina para resolver alguna contrariedad. Y en efecto, la chica que llegó a su mesa era otra que se presentaba bajo el nombre de aquella otra que ya no sabía si existía o no.  

 

O

Para Platón el mundo al cual tenemos acceso por vía de los sentidos, es una copia de las Formas. De ahí la desconfianza de nuestro filósofo hacia los poetas y pintores. Si este mundo ya es una copia, el pintor y el poeta hacen una copia de la copia, haciéndonos quedar distanciados tres veces de la verdad. Dándole la razón a la famosa aseveración de Alfred Whitehead, de que “toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”. Jean Baudrillard, más de dos siglos después, retomó el tema del simulacro. Sin embargo, el simulacro de Baudrillard es distinto al de Platón. Según él, en el capitalismo tardío, el simulacro no guarda correspondencia con el original; el simulacrum se convierte en la realidad misma, dando paso a la hiperrealidad.    

Vamos a un parque temático y nos sumergimos en un pueblo que simula ser Nueva York o Roma, da igual, dándonos la impresión que éste es un modelo de aquella otra ciudad “real”. Lo cierto es que si visitamos la ciudad “real”, ésta, a su vez, está maquillada en cada esquina con propaganda y monitores que nos adentran en ese otro mundo de las marcas corporativas. Es decir, no basta con salir del parque temático para salir de la vorágine de lo hiperreal. Para dar otro ejemplo, Juan se acaba de tomar un selfie y antes de publicarlo selecciona un filtro que le hace resaltar sus abdominales. En la foto los abdominales se ven más reales que los reales. Esto despierta en nosotros el deseo de encontrarnos con Juan y sus abdominales, ¿pero es Juan el de carne y hueso puramente real? Baudrillard diría que no, pues nuestra era parte del modelo o del código. El código del cual Baudrillard nos habla se asimila al código genético, que precede al cuerpo que se formará a partir del primero. Los medios de comunicación de masas transmiten estos códigos moldeando así nuestro diario vivir: Juan habla con la jerga de Daddy Yankee, y su cuerpo, cual valla publicitaria de autopista, nos anuncia las marcas que definen su estilo de vida. Su cuerpo, emulando las formas en que los televisores comunican, es un terminal en el sentido de la informática. Los domingos por la tarde, Juan gusta de  preparar platos exóticos y virales bajo la dirección del tutorial que sus amigos han compartido en sus muros, y, del binomio Hillary/Sanders apoya a Sanders, pues su columnista preferido lo ha persuadido a esta posición. Juan siente cierta afinidad por los partidos de minoría que han surgido en los últimos años en el terreno político de Puerto Rico, pero por aquello de no botar su voto, ya va calculando con ojo pragmático si debe dibujar la x bajo la palma o la pava. Esto nos lleva a otro concepto medular del pensamiento de Baudrillard: el sistema binario de la ideología.

  En El intercambio simbólico y la muerte (1976) Baudrillard expone que la ideología opera en términos binarios. Para dar un ejemplo, puesto que somos nosotros quienes a fin de cuentas decidimos entre PNP o PPD; Hillary o Sanders; ver la novela de un canal o el programa de chisme de otro, esto nos crea la ilusión de estar al mando de nuestras decisiones, cuando en realidad la forma en que nos han formulado la pregunta (consulta), ya nos va encaminando a las respuestas posibles. No es lo mismo preguntar ¿qué quieres beber?, a preguntar ¿quieres Coca-Cola o Sprite? Esta estrategia de mercadotecnia es empleada a diario en los restaurantes de comida rápida, cuando nos preguntan si deseamos el combo mediano o grande. Con la omisión de la versión regular se busca manipular la decisión del consumidor, inclinándonos por las opciones que aumentan las ganancias del negocio. Lo perverso de este sistema binario es que imposibilita los cambios drásticos, en virtud de la estructura misma que va creando. En palabras de Baudrillard, “la consulta es en realidad un ultimátum”.

 

I

El comezón que sentía entre sus piernas tuvo el poder de convencimiento. Pagaría la cuenta de la cena y la invitaría a pasar por su pequeño estudio por varios tragos. Su cama, en la cual apenas cabe una persona de tamaño promedio, sería su cómplice, pues para que ambos quepan, tendrán que quedar en perpetuo roce. Los efectos del alcohol catalizaríanfacilitarían  la consumación de sus deseos.  

Ella insistió en pagar su parte. Él insistió fallidamente. Cuando obtuvo el coraje para ejecutar su plan, ella le interrumpió bajando la mirada y mostrándose sorprendida con algún evento que se desarrollaba en el espacio rectangular de su teléfono inteligente. Su jefe la necesitaba urgentemente, dijo, que la disculpara, que estaba en su periodo de prueba.

 

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