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Claridades: La inmortalidad de la revolución

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Publicado: martes, 9 de octubre de 2018

“Los hombres pasan, pero los principios quedan y triunfan”

Betances ante la muerte de Segundo Ruiz Belvis

 

El 8 de octubre de 1967 en la Quebrada del Yuro, al sudeste boliviano; un hombre fatigado, enfermo, herido, empuñando una carabina M-2 inutilizada por un disparo enemigo, queda en la situación descrita cuatro siglos antes por otro soldado que supo combinar armas y letras. Dijo así Garcilaso: “El cuerpo está en poder/y en mano de quien puede/hacer a su placer lo que quisieres/; mas no podrá hacer/que mal librado quede/mientras de mi otra prenda no tuviere”.

Después de la captura, le quedaban a Ernesto Che Guevara unas 24 horas de vida física; no sabemos la medida amarga de su sufrimiento, pero sí la hermosa medida de su valor. Su entereza y humanismo quedarán mientras existan seres humanos capaces de condolerse por el sufrimiento de otros, de indignarse contra la opresión y la injusticia y de tomar las armas y poner en juego la vida para validar esa indignación.

Veinticinco años después, en este momento histórico de flujo contraflujo, la correlación de fuerzas es desfavorable para las progresistas. Los pueblos de América, África y Asia continúan sufriendo y luchando bajo el dominio de una pretendida paz imperial. Quienes quedamos para transmitir los conocimientos, destrezas y valores de una época a las futuras, convocamos los manes de este hombre graduado según sus propios y severos requisitos de hombre y de revolucionario. Evocamos al Che Guevara junto a tantos otros y otras que antes que él y con él se esforzaron por continuar, a través de errores y aciertos, victorias y derrotas, el lento, complejo, contradictorio y difícil proceso de verdadera independencia y liberación del cual fue siempre abanderado. El Che, sin dejar de ser nunca soldado humilde, fue a la vez uno de sus más grandes capitanes.

“De América soy hijo y a ella me debo”. La frase de Martí, otro peregrino, conspirador, soldado de la patria, sacrificado y mártir. El listado es inacabable… de América fue hijo Che Guevara y a ella se debió por entero. Sin embargo, no era amigo de dramáticos elogios ni de cultos a la personalidad de los dirigentes. En el tono un poco irónico, muy analítico y algo filosófico que lo caracterizaba, probablemente se referiría aún hoy a sí mismo como uno más entre tantos, uno más después de tantos y antes de los que vendrán, sin aceptar que fue uno de los primeros entre iguales…. 

Che Guevara sabía que incluso de errores, y derrotas pueden aprender los pueblos, en el duro proceso hacia su realización y libertad. Por eso, a pocas horas de su muerte física, ya preso, absorto en sus pensamientos, alcanzó a oír el coloquio de sus guardianes y quiso responder. Uno de los oficiales del ejército que lo custodiaba le preguntó a otro: “¿En qué crees que está pensando?, el otro, entre aburrido y burlón, contestó con una variante boliviana del dicho que se usa en Puerto Rico como “la inmortalidad del cangrejo”. Dijo: “en la inmortalidad del burro…” El Che los miró de frente y con firmeza irónico les dijo: “No, pienso en la inmortalidad de la revolución”. 

 

Fragmento del articulo de Alberto Márquez, publicado en CLARIDAD del 9 al 15 de octubre de 1992 en ocasión de los 25 años de la caída en combate del Guerrillero Heroico.

 

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