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El rostro femenino de Dios

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Por Marcelo Barros

Publicado: miércoles, 1 de junio de 2016

En el día 12 de mayo, en el Vaticano, al recibir 900 religiosas de la Unión de las Superioras Generales de Congregaciones Religiosas, el papa se dispuso a responder a preguntas de las hermanas. Las interrogantes habían sido enviadas con anterioridad y una de ellas quería saber si la jerarquía de la Iglesia Católica podría ordinar mujeres como diaconisas (ministras). El Papa respondió: “Sí. Vamos a abrir una comisión de estudios sobre eso”. Lo dos últimos papas antes de Francisco habían cerrado cualquiera posibilidad de apertura sobre el tema. 

Para la Iglesia, abrir à la mujer la posibilidad de recibir un ministerio ordenado es un cambio más básico y importante que cualquier otro. Actualmente, los pastores católicos piensan en cómo deben actualizar el diálogo con la humanidad sobre cuestiones de moral sexual. Hay otros que afirman: lo esencial es el camino ecuménico –la unidad de las Iglesias. Sin embargo, el reconocimiento de la igualdad entre hombre y mujer en lo que dice con respecto al derecho de ejercer ministerios es una cuestión básica de justicia. El hecho de que las sociedades antiguas eran patriarcales no justifica que hoy nosotros lo seamos. Contra a cultura dominante en su época, Jesús se relacionó con hombres y mujeres y tenía un grupo de mujeres que lo seguía, como hacían los apóstoles (Cf. Lc 18, 1 – 3). La apertura de Jesús a las mujeres fue la semilla del movimiento de promoción de la mujer en el mundo. Por eso, es importante volver a esa intuición original del Evangelio y superar siglos de discriminación y todas las justificaciones teológicas para seguir la marginalización de la mujer en las Iglesias. 

Es cierto que, en el inicio, las antiguas Iglesias tenían diaconisas. No si sabe bien que funciones ejercían en las comunidades. Puede ser que, para ser diaconisas, no recibían una ordenación específica, pero, en los primeros tiempos de la Iglesia, ni los mismoa ministerios masculinos estaban muy definidos. Hoy, el papa Francisco dejó claro que no se trata de clericalizar el servicio que las mujeres ya hacen en la Iglesia. Es más bien que el Concilio Vaticano II retomó para la Iglesia Católica la revaloración del sacerdocio común de todas las personas bautizadas. Toda comunidad cristiana es ministerial y la ordinación para ministros o ministras no puede ser un grado de poder. Es una bendición que visibiliza una misión que ya existe. El diaconato femenino revelará aún más el rostro femenino de Dios que nos acoge en su útero de misericordia y nos hace nacer de nuevo para una vida renovada y transformadora.

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