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EL ENCANTO DE LAS VISITAS

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Por Francisco R. Velázquez

Publicado: miércoles, 1 de junio de 2016

Un ahogo con un trozo de carne en el que el hambre y el afrentamiento nublan juicio y prudencia, un pistoneo súbito del delicado aparato cardiovascular, un balazo, un batazo. La vida pende de un hilo. A la menor provocacion baja el telón. Finito, kaput. 

En el ínterin, uno sigue siendo el perro que siempre fue, aquel que si no se la come, la huele, el bribón el zascandil.

Aquella mañana guardaba yo cama con restricciones de no ambular ni por la habitación. Contemplaba el hilo raído de mis vitales. Me entretenía leyendo un artículo sobre los huevos benedictinos sabiendo que ya no podría comerlos por su peligrosidad, por el riesgo de salmonela en alguien cuyo corazón era una consola mecánica en cuatro ruedas.

Tocaron a la puerta y a seguidas entró un ministro recién estrenado en el oficio. Por el brillo de sus ojos parecía que no hacía ni seis meses lo habían tumbado del caballo. Llevaba mahones y jacket de cuero. Era hombre tosco, pero me llamó brother con empatía, como si mi dolor fuera el suyo.

Me preguntó el nombre y, como pasa de corriente, empezó a decirme míster Alaska. Velázquez es hueso duro para los angloparlantes. Durante la conversación que fue breve me habló del señor y su mano poderosa y cuarenta pendejadas más que escuché con silencio educado porque el hombre sentía lo que decía y eso se respeta, salvo en los asimilistas. 

Le interrumpí y le pedí de favor que me consiguiese una Biblia. Entonces, el converso estalló como cuando el caballo al que uno le ha apostado la Durango llega segundo por hocico y uno lo jugó para ganar.

–Maldita sea, mierda, tengo el carro de mi esposa. El mío está en el taller y ese tiene cien Biblias en el baúl. Nadie me las pide pero siempre se anda con ellas porque no se sabe. Dijo con gran enojo dándose manotazos rabiosos en el muslo. 

Le dije que se calmara, que podría venir otro día. Me contestó que él manejaba un circuito de visitas y no le tocaba pasar por allí en un mes. 

–Porque trabajo, usted sabe.

En el aire se quedó la prognosis de dónde estaría yo dentro de un mes.

Salió de la habitación murmurando, maldita sea, que se habría visto muy feo para un pastor de almas, pero a mí me daba mucha gracia.

Otra visita impensada fue la de un jugador de fútbol de la universidad. Gesto bueno, decente pero inoportuno porque uno que no pesa ni 140 libras y se queda dormido a mitad de conversación no debe recibir visitas de nadie, ni siquiera de los muertos.

Aquel muchacho era un fortachón de casi 240 libras. Apenas cabía por la puerta de la habitación. Había un juego importante y el coach, al parecer, los envió al hospital a visitar veteranos viejos que seguramente eran aficionados al fútbol. Gesto loable y cristiano. Le llaman el apostolado de los enfermos, y, por supuesto, la afición estaba allí, norsas y enfermos pendientes al juego, excepción hecha en mi caso que no entendía un carajo ni me interesaba y, peor aún, confligía en horario con un cooking show de Julia Child y Jacques Pepin, que no me lo perdía. 

–Viejo maricón, seguramente pensaban los demás.

Pero el muchacho fue amable y estuvo lo justo. No se me ocurrió pedirle que anotara un gol en mi nombre como recordaba de una película de Ronald Reagan sobre Knute Rockne, One for the Gipper, creo que se titulaba. 

Puntualmente se despidió con cordialidad y me dijo que si necesitaba algo que no titubeará en pedirlo.

Le pedí que me donará el corazón o, en su defecto, que se pusiese en la lista de donantes.

Hubo un poco de turbación de su parte. Sonrío tibiamente. Seguramente pensó, 

–Que viejo hijo de puta....

 

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