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Todo sobre su padre: Eliseo Alberto y Eliseo Diego

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Por Efraín Barradas

Publicado: miércoles, 14 de junio de 2017

Eliseo Diego (1920-1994), el gran poeta cubano, por años fue una especie de incógnita o espejismo literario; hasta había quien dudaba de su existencia. Era que, un hombre tímido y privado, Diego publicaba su obra en pequeñas ediciones de escasa circulación. Aunque desde principio recibió elogios de otros poetas, especialmente de José Lezama Lima, fue sólo muy tardíamente que obtuvo reconocimiento nacional e internacional. En 1986 ganó el Premio Nacional de Literatura de Cuba y en 1993 el Premio Juan Rulfo en México. Formó parte del grupo de escritores que se nucleó en las páginas de la revista Orígenes (1944-1956), pero, a pesar de su lealtad al grupo, mantuvo su independencia e individualidad estética. Estuvo siempre consciente del gran peso poético que lo rodeaba, sobre todo el que ejercía la magnífica e importante obra de su amigo José Lezama Lima. Este fue su primer crítico y constante admirador, pero siempre hubo entre los dos poetas una amistosa rivalidad que nunca dejó de tener tonos fraternales. Se admiraban mutuamente, se respetaban profundamente, pero se sabían disímiles y hasta antagónicos en términos estéticos. Por ello Diego le dedicó un hermosísimo poema a Lezama donde se presenta a sí mismo y a su amigo como los jugadores de una partida de ajedrez:

Una partida de ajedrez,

jugada por nosotros dos,

ha de quedar, no piensa usted,

siempre honorablemente a tablas,

dice José, riéndose entre la espuma.

Habla aquí la voz de Lezama, no la de Diego, quien al final del poema humildemente aclara: “¡A tablas, mi querido José! / Pero su risa, sí, / me tumba el rey definitivamente.” (“Elegía para un partido de ajedrez”) Aunque la humildad de Diego es ejemplar, hay que reconocer que la relación de los dos grandes poetas fue amable, cordial y hasta fraternal, pero siempre compleja y hasta competitiva. En el fondo se confrontaban dos visiones poéticas distintas, ambas barrocas, pero una oscura, la de Lezama, y la otra cristalina, la de Diego. 

Una aún más compleja relación se estableció entre Eliseo Diego y su hijo, Eliseo Alberto Diego (1951-2011), quien para sobrevivir como escritor por sus propios méritos tuvo que hasta achicar su nombre y convertirse meramente en Eliseo Alberto, eliminando simbólicamente el apellido paterno. Creo, que también tuvo que dedicarse a la narrativa más que a la poesía, porque este segundo era el género donde dominaba y hasta reinaba su padre. 

El caso invita a un estudio desde las perspectivas sicoanalíticas, aunque por ese rumbo no me encamino. También invita a un comentario desde la perspectiva política, pues tanto el padre como el hijo tuvieron una relación compleja y hasta a veces problemática con el gobierno cubano. Por años, especialmente a principios de la Revolución, Eliseo Diego quedó marcado por una cierta desconfianza oficial por su declarado catolicismo, por su visión estética y por su defensa de ciertos escritores que no comulgaban con el proceso político que se daba en el país. Con el tiempo esa desconfianza fue disminuyendo; recordemos que en el 1986 se le otorgó el más alto premio nacional de letras, lo que lo estableció como figura de la cultura oficial. 

En cambio, la situación del hijo fue más conflictiva y culminó en el auto-exilio en México donde murió, como su padre. La pieza principal para un análisis político de esta relación muy probablemente sea Informe contra mí mismo (1997), un libro donde Eliseo Alberto hace un análisis, desde su experiencia, de la situación política cubana y de su relación con su padre, quien en este libro se puede ver como figura que encarna el país en general. La gran auto denuncia en estas páginas es que la policía cubana le pidió al hijo que vigilara y denunciara a su padre. Este conflicto, entre otras circunstancias, lo llevó al auto exilio mexicano. 

Como se puede ver por esta evidencia, la tentación del comentario político y sicoanalítico es fuerte, fuertísima; la vida de padre e hijo se presta a ello. Pero, por mis propios intereses, me acerco a la relación entre ambos desde otra perspectiva, desde la de la historia de la literatura. Para ello me valgo del comentario de un libro póstumo de Eliseo Alberto, La novela de mi padre (México, Penguin / Random House, 2017). Pero antes de emprender esa ruta, antes de ceñirme a mis intereses al leer este libro, se hace útil y necesario describirlo, aunque sea brevemente, y hacer algunos apuntes biográficos de los dos autores.

Eliseo Diego se dedicó a la poesía y también escribió breves cuentos que colindan con la literatura folklórica y la fantástica y que siempre tienen profundos tonos poéticos. En cambio, Eliseo Alberto comenzó escribiendo poesía, pero se destacó como novelista. Su obra más conocida en este género fue Caracol Beach (1998), obra con la que obtuvo el Premio Alfaguara. Recordemos que Eliseo Alberto se exiló en México. Sus padres permanecieron en Cuba, pero pasaron los últimos meses de la vida de Diego en México, donde este murió en 1994. Eliseo Alberto también falleció en la misma ciudad diecisiete años más tarde. 

El libro que nos interesa ahora, La novela de mi padre, es, pues, póstumo. El mismo comienza con el recuento del hallazgo de unas decenas de páginas escritas entre 1944 y 1945 por Eliseo Diego donde esbozaba una novela que nunca terminó. Con el viejo recurso clásico del manuscrito perdido – recordemos al Cide Hamete Benengeli de Cervantes, autor favorito del padre – el hijo abre su libro. La idea no es recrear o reconstruir la novela perdida del progenitor sino contar la vida de este, especialmente el momento de la concepción de la novela inconclusa. La vida del padre, como el título apunta, se convierte así en su novela o en la novela del hijo sobre su padre. Desde el título del texto se juega con la confusión de géneros: crónica, autobiografía, novela. En este juega también un papel esencial la madre del escritor, Bella García Marruz (1921-2005), hermana de la gran poeta cubana Fina García Marruz quien, a su vez, fue la esposa de Cintio Vitier, todos miembros del llamado grupo Orígenes

La novela de mi padre se compone de fragmentos donde la voz narrativa – la que suponemos es la de Eliseo Alberto – reconstruye la juventud de Eliseo Diego y rememora su historia familiar, intercalados estos fragmentos por cartas de Bella a Diego, entonces su novio, escritas durante los años de composición de la novela inconclusa. En esos años el poeta estaba fuera del país por razones médicas. (Este fue siempre muy delicado física y sicológicamente.) Presuponemos que las cartas de la madre al padre las inventa el hijo quien se vale de ellas para construir la voz narrativa de Bella, una mujer que no escribió poesía pero que estaba plenamente ligada al ámbito poético cubano, hasta el punto de convertirse en una especie de crítica o evaluadora de la poesía de su marido, de su hermana, de su cuñado y de todos los poetas que convivían en ese admirable grupo que se creó a través de las páginas de la revista Orígenes. No cabe duda de que aunque nunca publicó una sola página en esa revista, Bella García Marruz fue otra origenista más. 

Desde la perspectiva de la historia literaria, La novela de mi padre no hace verdaderamente grandes contribuciones al conocimiento de la poesía cubana de ese momento; lo que cuenta el libro ya lo conocíamos. A pesar de ello este es de valor pues ofrece una visión íntima del grupo y en sus páginas aparecen, además de los poetas ya mencionados, otras figuras importantes del momento, como el pintor René Portocarrero, el crítico José Rodríguez Feo, el sacerdote Ángel Gaztelu, el músico Julián Orbón y el entonces joven poeta Roberto Fernández Retamar, entre muchos otros. Más que hacer aportes nuevos a la historia de Orígenes y el mundo intelectual y artístico de su momento, Eliseo Alberto ofrece una agradable y amena imagen, desde dentro, de ese importante momento de la cultura cubana.

Propongo leer, pues, La novela de mi padre como una visión de ese complejo mundo poético cubano hecha por el que podríamos considerar miembro de una segunda o tercera generación de Orígenes. Es el niño y el joven hijo de dos miembros del grupo quien recrea ese importante momento de la cultura cubana. También propongo leer este libro como una revaloración de la figura de la madre, Bella Esther García Marruz, quien siempre estuvo integrada al grupo Orígenes pero no como contribuidora directa de la revista sino como observadora activa del grupo. El personaje que de ella crea Eliseo Alberto parece un ser pasivo en cuanto a la creación del grupo, pero su aparente pasividad fue una forma efectiva de integrarse, observar y criticar a los actores culturales que siempre la eclipsaron o a quien ella dejó que la eclipsaran. Al darle voz a su madre se le asigna un papel que obviamente tuvo en vida pero que todos parecen ignorar. Bella García Marruz era la observadora escondida e ignorada que en estas hermosas páginas de su hijo se convierte en la testigo esencial para recrear el mundo privado de su padre y el gran mundo público de Orígenes.

Declaro mi prejuicio a favor del tema de esta revista cubana y del grupo de escritores que la formaron. Por años me ha fascinado el mundo de los poetas y artistas que formaron el inestable pero efectivo colectivo que se aglutinó en las páginas de la revistas Orígenes. Declaro especialmente mi marcado y particular interés por un crítico menor del grupo, José Rodríguez Feo, por uno de sus poetas mayores, Eliseo Diego, y por su disidente máximo, Virgilio Piñera. Confieso que ese interés prejuiciado – prejuicio positivo, recalco – me llevó a leer con gran entusiasmo este breve libro póstumo de un niño, de un joven que vivió muy directamente en ese mundo. Creo que La novela de mi padre es una visión filial de ese importante momento cubano y es también una clave para entender la obra de Eliseo Alberto mismo. Quizás tengamos que leer su obra de atrás hacia delante, desde este libro póstumo sobre el mundo de su padre – y de su madre también – a las denuncias del gobierno cubano expuestas en sus memorias y de ahí a su narrativa que no dejaba de ser una forma de negar o simbólicamente matar a su padre, el gran poeta que no llegó a escribir su propia novela. 

Apunto, para terminar, que La novela de mi padre también vale la pena leerse por su prosa aguda, hermosa y atinada, prosa que en el fondo evidencia una fuerte raíz poética. En esos elementos poéticos de la narrativa y las crónicas de Eliseo Alberto sobrevive, por suerte y a pesar suyo, a pesar de todo, la voz poética del padre.

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