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Un fiasco que estaba anunciado

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Por Manuel de J. González

Publicado: miércoles, 14 de junio de 2017

Si la prensa actuara como lo hizo el pueblo puertorriqueño ignoraría el resultado del “plebiscito” (con comillas por favor) y se pondría a hablar cosas más interesantes. Porque un evento electoral en el que, a pesar de la evidente manipulación, solo aparece votando el 23 % de los electores, no debiera comentarse como si fuera un acontecimiento. El pueblo optó por irse a los parques o a la playa en un día particularmente caluroso, dejando a los anexionistas solos en una fiesta con aires de velorio que, para colmar el vaso, fue descaradamente financiada con fondos públicos extraídos de un tesoro quebrado. 

Pero a pesar de que el rechazo del pueblo fue apabullante –porque tres cuartas partes de los electores optaron por no participar– los titulares de los medios digitales ese domingo por la tarde eran que “ganó” la estadidad, como si de verdad pudiera ganar un corredor que transita solo en una carrera inventada por él mismo. Al otro día el tono cambió. En la prensa estadounidense, sin embargo, desde la primera noticia del día el énfasis estuvo en la “histórica” (la palabra es de uno de esos medios) baja participación. Allá, a donde irán los anexionistas a promover su causa, nadie se creyó el cuento del “triunfo de la estadidad”. 

Tras la debacle del 23 por ciento (a pesar de la manipulación), la pregunta que se hacen algunos es por qué los anexionistas mantuvieron vivo su “plebiscito” luego de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos les negó el uso de fondos previamente legislados para esa consulta y, de paso, les exigió que pusieran la colonia –llamada “territorio”– como opción en la papeleta de votación. El tono de aquella carta no dejaba duda alguna de que la actual administración de Estados Unidos no quiere dejar abierta la más mínima rendija por la que se pueda atisbar un posible apoyo a la estadidad. Negaron el uso de fondos, cambiaron el contenido de la papeleta y, adelantándose a otra manipulación, advirtieron que ante cualquier nueva petición de aprobación, necesitaban “mucho tiempo” para evaluar lo que se les someta. Como ven, cerraron todas las puertas y luego las remacharon advirtiendo de que el reclamo de que sólo la estadidad “garantiza la ciudadanía americana” era falso. 

Ante ese aguacero, los anexionistas boricuas pudieron haberse guarecido con el argumento de que incluir la colonia como alternativa en una consulta dirigida a resolver nuestro problema de estatus no permitía una consulta digna. Es a todas luces absurdo que lo que efectivamente es el problema –la colonia– aparezca como alternativa para su solución. Y resultaba aún más indignante que fuera la metrópolis colonizadora la que exigiera ese particular contenido de la papeleta. Ante el nuevo escenario creado por la carta de Justicia federal, lo correcto y lo digno desde el punto de vista político era posponer o anular la consulta. 

La posposición, además, hubiese tenido sentido luego de los eventos que se desencadenaron en Puerto Rico durante los primeros cinco meses del año, mientras los anexionistas solos estaban en campaña plebiscitaria. Lo que comenzó como un impago de la deuda y severas medidas de austeridad fiscal impuestas por la Junta de Control Fiscal, culminaron en la declaración formal de quiebra ante una juez llegada desde Estados Unidos. Ese hecho significa que todo el país fue formalmente declarado en bancarrota y que toda la operación del gobierno estaría a partir de ese momento sometida al escrutinio de un procedimiento judicial. 

Esos eventos, junto a la creciente estrechez económica, crearon un ambiente de desasosiego e incertidumbre que, lógicamente, afectarían cualquier proceso de votación. Como dijo un alcalde del PNP, “el país no está para plebiscitos”. De paso, advirtió sobre la debacle que efectivamente llegaría más tarde. 

Fuera de aquí la noticia de la quiebra se juntó con el plebiscito y con evidente sorna muchos periódicos de Estados Unidos comentaban con asombro que en Puerto Rico se estuviera celebrando un evento electoral para solicitar la estadidad en el mismo instante en que se daba inicio a la quiebra formal. Esa combinación de eventos no tenía sentido para los periodistas extranjeros y en realidad así es. Cualquier petición de estadidad en estos momentos sólo puede provocar risa. Uno tras otro los principales medios de prensa de Estados Unidos publicaron reportajes asombrándose de que en estas circunstancias se pretendiera celebrar una consulta de status que pudiera culminar en una petición de estadidad. 

Nada de esto detuvo al joven gobernador anexionista. Insistió en la consulta gastando más de siete millones de fondos públicos de un país en quiebra para al fin obtener una “victoria” en un evento en el que sólo votó el 23 por ciento del censo electoral. Ahora, con la misma desfachatez con que promovieron el mevento, irán a Washington a informar de una “victoria” donde la estadidad aparece sacando menos votos –cien mil menos– que los que el candidato a la gobernación del PNP obtuvo hace apenas siete meses. 

Cuando vayan a presentar esos números en Washington se reirán de ellos, pero para los puertorriqueños, que hemos visto cómo se despilfarraron siete millones de dólares en un plebiscito tonto, el asunto no nos da risa. Sólo rabia. 

Antes de terminar este artículo se impone una pregunta: ¿quién hizo la encuesta de El Nuevo Día donde se predice que el 72 por ciento de los electores iría a votar? Ese anuncio se hizo apenas unos días antes del evento y durante ese tiempo nada ocurrió que pudo alterar la intención de los votantes. Resulta evidente, por tanto, que la encuesta fue un fiasco, tan grande como el plebiscito mismo, o que se hizo con un evidente intento de manipulación.

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