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Ante la nueva colonización, la rebelión de todos

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Por María de Lourdes Santiago Negrón

Publicado: martes, 13 de noviembre de 2018

Creo que es un hecho estipulable por todas que los Estados Unidos no tienen en este momento interés en atender el tema del estatus de Puerto Rico.No lo han tenido nunca. En ciertas coyunturas, era razonable pensar que sí existíanmotivos para que se plantearan la conveniencia de abandonar una relación avejentada de la que ya habían sacado suficiente provecho. Pensábamos (esperábamos) que tras la desmilitarización que logramos con la ardua y prolongada campaña de desobediencia civil en Vieques, mutiliada la utilidad geopolítica que motivó la invasión del 1898, se abriría la puerta para una estrategia descolonizadora que se nutriera de la aversión estadounidense a la mera idea de la estadidad y de la inviabilidad económica de la colonia. 

En ese escenario, movidos al menos por un sentido de autopreservación, era plausible que el Partido Popular, (o ciertos elementos en su interior) aprovechara esa puerta entreabierta para adoptar institucionalmente la vía anticolonial, y ésto habría podido dar paso a coincidencias estratégicas entre distintos sectores. En ese mismo marco, el movimiento estadista sería confrontado con la realidad, idealmente enunciada por los mismos estadounidenses, de que la anexión de una nación caribeña y latinoamericana no es compatible con la federación de estados cimentada en el melting pot y el et pluribus unum.La estadidad sería absolutamente descartada. El camino estaría libre para un proyecto de soberanía. 

Pero la falta de agilidad política allá, junto al pesado inmovilismo de acá, jugaron a favor de la persistencia de la colonia.Pasó el tiempo y la conjunción de otros factores nos trajo a un nuevo terreno.

La voracidad estadounidense, en línea con las nuevas formas de dominio económico--sembrado en las posibilidades infinitas que ofrece la tecnología y la “globalización”-- no ha desaparecido.Ha mutado.Y con ella, la agenda colonialista. 

La repartición de la isla que tuvo lugar tras la invasión (entre iglesias protestantes, latifundios ausentistas) ahora se presenta a través de la privatización, que provee una vía distinta para propósitos similares: transculturación y apropiación.Por ejemplo, la llamada “reforma educativa” no sólo legaliza las charter schools: su componente más fuerte es la imposición de educación biligue y la importación de modelos educativos estadounidenses, notorios por su fracaso en las comunidades marginadas de ese país, como los currículon que enfatizan la enseñanza técnica (que pronto se hace obsoleta) y desprecian las artes del lenguaje. 

Esa agenda recolonizadora cubre cada espacio de nuestra vida como pueblo. Las reestructuraciones de deuda pública (impulsadas por la Junta que venía a enderezar las financias) son una trampa a gran escala, que permite que los fondos buitres recuperen más del doble de su inversión a costa del recorte de pensiones. Los incentivos de la Ley 20 y Ley 22 han servido al país en bandeja de plata a los millonarios estadounidenses y a los proyectos de desplazamiento poblacional. La privatización de la generación de energía le entrega al capital el eje de la actividad económica. Todavía nos amenaza, detenida temporeramente por el paso del huracán, la segunda parte de la reforma laboral exigida por la Junta. La corrupción y la torpeza de unos cuantos sigue aumentando el desprestigio de las instituciones políticas –tanto partidistas como gubernamentales. El exilio, con el aumento exponencial tras María, se ha normalizado como opción, sobre todo entre los más jóvenes. Por todas partes va cuajando el plan de hacer el país inhabitable para nosotros.

Paradójicamente, este cuadro devastador va preparando el terreno para la polarización indispensable para una transformación del país.El Partido Nuevo Progresista, entretenido en sus escaramuzas internas, no ha logrado darle forma a una propuesta ideológica sensata.Quizás ni le interesa. Los dos “proyectos de estadidad” de la Comisionada Residente no han pasado de ser gestos inútiles.Recordemos cómo, por no atreverse a desobedecer a la administración Trump, echaron a perder la consulta de estatus del 2017, incluyendo la colonia entre las opciones.Su torpeza (genuina o estudiada), al resultar en un estancamiento en el tema del estatus, los coloca en extrema proximidad al Partido Popular, que tras los golpes de Sánchez Valle, PROMESA y la Junta, no ha encontrado otra cosa que hacer sino esperar sentaditos a que pase la tormenta. Hasta los libreasociacionistas se han amarrado a la defensa de la ciudadanía americana y a la colaboración con el Partido Democráta, bajo cuyo mandato se aprobó PROMESA.Ambos –el PNP por estar en el poder, el PPD por ser padre y madre del ELA– han sido acorralados por la Junta, ese Minotauro del laberinto colonial. 

Ya va siendo hora de que los dos comprendan la gravedad de este encierro. Hasta los relativos privilegios de los que han gozado como capataces de la plantación colonial se van deshaciendo ante sus ojos, con la ayuda interpretativa de la Jueza Taylor Swain y sus sentencias al amparo de PROMESA. Esa intención de hacer este país inhabitable para los puertorriqueños, no sólo es mala para los independentistas. Es mala para todos. El país que están desmantelando es el país de todos nosotros.El independentismo tuvo la razón cuando advirtió de los peligros de la Junta; la tenemos ahora cuando señalamos que llegó el momento de que los que están en el poder se muevan a la confrontación y la desobediencia. Está en manos de los que tienen el poder retomar la capacidad de confrontar, allí donde la dejó el “don’t push it” de Rosselló cuando Vieques.En momentos donde las grandes transformaciones políticas a través del mundo han tomado tantas formas, pensar que la Junta es invencible, que la colonia será eterna, es vivir de espaldas a la realidad. La rebelión es posible.Es más que posible, obligada. Esa es la gran oportunidad de concertación en estos tiempos.

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