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La revolución posible: En respuesta a Byung-Chul Han.

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Por Jorge Lefevre

Publicado: martes, 5 de diciembre de 2017

a Gabriela Quijano, por la complicidad

 

Durante el último mes en Puerto Rico, ha circulado por las redes sociales un ensayo de Byung-Chul Han titulado ¿Por qué hoy no es posible la revolución? [1]. Aunque originalmente traducido al español y publicado a finales del 2014 en el periódico El País, parece que no fue hasta ahora que circula ampliamente por la isla. Han es uno de los filósofos contemporáneos más conocidos y leídos en la actualidad, por lo que no es de sorprender la difusión que ha tenido este ensayo. En momentos en que se ha visto una creciente polarización política a lo largo del mundo, y en que fuerzas conservadoras han retomado el poder en no pocos países, la idea de la imposibilidad de la revolución parece haber captivado e inmovilizado a muchos. 

Veamos con cuidado lo que plantea Han. Pongamos a un lado algunos elementos contextuales que de todos modos no debieran pasar por desapercibidos: el que la traducción al español se haya publicado en un periódico, El País, que hace décadas se va acercando a la derecha, y en un contexto nacional de tremendos conflictos y grandes movilizaciones, expresadas, por ejemplo, en el 15-M, el surgimiento de PODEMOS y la lucha por la independencia de Cataluña. Aunque nos podríamos preguntar bajo qué lógica se ubica este escrito dentro del proyecto editorial de El País, centrémonos en el texto. Y en él, Han se pregunta: “¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres?”

Empecemos, pues, por los principios, por esta serie de premisas que Han da por sentadas y que están implícitas en las preguntas que se hace. ¿Dónde se percibe la estabilidad del neoliberalismo? ¿La estabilidad de la crisis mundial del 2008 (“La gran recesión”)? ¿De la caída de las acciones chinas pocos años después? ¿De la nueva burbuja financiera que economistas como Michel Roberts advierten que puede estallar pronto, tanto en el mercado europeo como en el norteamericano? Si bien es cierto que Han parece interesarse más por “cómo funciona el poder y la dominación” que por el aspecto económico del neoliberalismo, todavía hay varias preguntas que nos debiéramos hacer al respecto. ¿Será tan fácil separar el sistema neoliberal de dominación del sistema económico neoliberal como parece hacer Han? Si fuéramos a tomar al sistema neoliberal en su conjunto, las crisis cíclicas del sistema económico, ¿no podrían ser vistas como aperturas posibles de resistencia y (¿por qué no?) revolución? Además, ¿realmente la conclusión a la que debiéramos llegar después del movimiento 15-M, de la Primavera Árabe, de Occupy Wall-Street, es que bajo el neoliberalismo se hace imposible la revolución? 

Veamos qué más nos dice Han al respecto. Para Han, hay una serie de elementos importantes que distinguen la “sociedad industrial” y la “sociedad neoliberal”. Así, mientras en la sociedad industrial el poder se ejercía de manera represiva –ejemplificado a través de las fábricas que “explotan de manera brutal a los trabajadores industriales”–, el sistema neoliberal “ya no es represor, sino seductor”. El enemigo de hoy día “no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia”. Aquí, nuevamente, surgen todo una serie de dudas alrededor del análisis de Han. ¿Habrá un enemigo más obvio en nuestros tiempos que el capital financiero del sistema neoliberal? A lo largo y ancho del globo, y con especial furor en los países subdesarrollados, lo que se ha visto es la imposición violenta de medidas de austeridad posterior a la crisis mundial, con la complicidad, muchas veces, de los estados nacionales; medidas que buscan reducir las ya limitadas intervenciones estatales en la economía y en la sociedad (ayudas económicas, impuestos a las ganancias, reducciones a los planes de pensión y de salud) y que ponen el peso de la crisis sobre los hombros de aquellos que menos pueden sostenerse, que en no pocos casos intentan resistir. Partiendo de estos ejemplos, ¿dónde queda el aspecto seductor del neoliberalismo? ¿No se puede apreciar una continuación de la lógica represiva anterior? Nuevamente, además, se ve difícil justificar la separación implícita en Han entre el sistema de dominación y la economía. ¿No ha sido el cuadro descrito anteriormente precisamente la razón detrás de muchos de los levantamientos populares que se mencionaron? 

Hasta ahora, varios de los señalamientos hechos por Han parecen contrastar con toda una serie de eventos ocurridos en los últimos años. Pero parece que lo más que ha intrigado a los lectores de este ensayo tiene que ver con los cambios en la manera de trabajar y de entenderse como trabajadores. En el neoliberalismo, según Han, a diferencia del trabajador industrial de la época previa, nos encontramos al “autoempleado”, sin duda relacionado a la moda de los “start-ups”, de “do-it-yourself” y del “be your own boss”. Dice Han: “El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad”. El neoliberalismo es tan radicalmente distinto a la sociedad industrial que, según Han, “no es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista” [¡!], pues ahora ni siquiera existe la enajenación respecto del trabajo [¡!]: “Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout”.

Dejemos a un lado el que, aunque la ideología del autoempleo predomine en muchas naciones, el autoempleo no compone una parte mayoritaria de la fuerza de trabajo; que lo que se ha visto en los países cuyos trabajos industriales han disminuido es el aumento de los trabajos en el sector del servicio, con sus sueldos paupérrimos y su dependencia de la propina; que el trabajo a tiempo completo hace rato dejó de ser una realidad para las generaciones jóvenes, y que el “autoempleo” apenas puede captar a una porción mínima de estos individuos; que las disparidades económicas (como muy bien señala Han) no han cesado de aumentar; en síntesis, que lo que se ha visto en los últimos años es una agudización de la explotación capitalista en su fase más cruda. Pongamos todo esto a un lado pues a lo que Han quiere llegar es a la autoexplotación. Aquí yace, para él, el poder del neoliberalismo, pues “es esencialmente más eficiente la técnica del poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación... El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva... Por ello el régimen neoliberal es tan estable”. Para ejemplificar lo expuesto, nos dice que las protestas que ocurrieron en Corea del Sur a finales de los 1990s son impensables en el presente ya que en su país “apenas hay resistencia”. (Recordemos que este artículo es del año 2014, previo a las protestas masivas del 2016 y el 2017 que lograron la destitución de la presidenta de Corea del Sur. Centenares de miles de manifestantes, a lo largo de dos años, se mantuvieron en las calles hasta lograr su objetivo. La lectura que hace Han de la sociedad neoliberal, pues, no pudo sostenerce ni en su país de origen.)

Pero toda la elaboración de Han deja a uno insatisfecho, y llega el momento en que no podemos continuar dejando a un lado todos los factores que contradicen su argumento. En esencia, el problema principal de Han – aparte de las múltiples cegueras que hemos ido señalando a lo largo de este texto – es su ansiedad de querer ver en el neoliberalismo algo profundamente distinto al “sistema industrial” previo. Lo que hace Han no es nada nuevo; el “capitalismo tardío” de los 1970s ya llevó a muchos pensadores a concluir que estábamos en una nueva fase social y económica que cambiaba radicalmente las reglas del juego, incluyendo la lucha de clases y la viabilidad de la revolución como hasta entonces se conocía. Lo mismo se llegó a decir en la década de los 1990 ante la globalización y la apertura de nuevos mercados; era la época del “fin de la historia” y el vencedor era la democracia liberal. Ahora, Han, uno de los intelectuales del momento, perdiendo de vista el conjunto del sistema económico y social en el que vivimos, “redescubre” que estamos en un momento tan distinto que hace la revolución imposible. Ante nuestros ojos nos encontramos con un presente estático, asfixiante. 

Pero la vida social nunca es tan cerrada como lo han pintado estos pensadores y como hace Han ahora. Los últimos años han demostrado un sistema neoliberal profundamente inestable. El que sea el sistema dominante no tiene que ver con su alegada estabilidad, sino con el hecho de que dentro de la inestabilidad reinante, de las luchas locales, regionales y mundiales, de conflictos con el estado y el capital, el neoliberalismo ha logrado imponerse a la fuerza, y ha logrado mantenerse a la fuerza. No estamos en un momento de paz; estamos en medio de una guerra, y la estamos perdiendo. 

Por supuesto, decir que la revolución es imposible hoy día es tan errado y mecánico como decir que la revolución está a la vuelta de la esquina. Estamos todavía lejos de un salto mundial cualitativo. Los ejemplos que se vienen señalando a lo largo de este escrito son muestras de importantes desafíos y rebeliones, todavía no revoluciones. Pero las grietas del neoliberalismo se encuentran por todas partes, se multiplican, crecen. Continúan siendo espacios que igual pueden significar nuevos retrocesos o grandes esperanzas, que demuestran que lo que predomina no es lo estático sino el movimiento: en la economía y las crisis cíclicas; en los conflictos con el capital financiero global (y con los estados nacionales cuando estos son sus cómplices); en los intentos de superar métodos agrícolas y ambientales dañinos; en los conflictos por la soberanía nacional, todavía vivos y coleando en pleno siglo XXI; en todos estos espacios queda viva la chispa de profundas transformaciones sociales.

Si en algo concuerdo con Han es con el final de su ensayo. Dentro de las “novedades” de estos años (nunca muy nuevas, por cierto), podemos apreciar lo que se conoce como el “sharing economy” (“la economía del compartir”, “economía solidaria”, etc.), distintos intentos por superar la lógica de la competencia económica a través de modelos más sociales, cooperativos, locales. Estoy de acuerdo con Han cuando advierte que sería “un error pensar que la economía del compartir... anuncia el fin del capitalismo”. Pero no porque estos esfuerzos sean insignificantes; en muchos casos, son pasos positivos en el camino hacia un mundo más justo. Eso sí, son insuficientes, porque la lógica que ha guíado a la economía – bajo su fase “fordista” o industrial”, bajo el capitalismo tardío, bajo el neoliberalismo – continúa siendo la lógica de la ganancia a partir de la propiedad privada sobre los medios de producción. La economía solidaria convive con ella, no la cambia por completo. Un cambio de la lógica de competencia y ganancia privada requiere cambios sociales y económicos profundos, estructurales. Por esto se hace necesario aspirar a la revolución, y por fin poder terminar con un sistema económico – el capitalista – que, a la vez que se amplía, empobrece y destruye las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el ser humano. Nada más el hecho de que esta aspiración se mantiene viva, que sigue animando a miles, millones de personas alrededor del mundo, debiera ser razón suficiente para reconocer que aún hoy es posible el movimiento. 

 

[1]https://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_691913.html

 

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