Opinión / Editorial

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Sacudirnos de la enfermedad colonial

Publicado: martes, 5 de diciembre de 2017

Pobreza, desempleo, postración económica, emigración masiva, corrupción pública y privada. A varias generaciones de puertorriqueños y puertorriqueñas les enseñaron con insistencia que éste sería el cuadro tétrico y desesperanzador que ocurriría si Puerto Rico fuese un país independiente. Todo el dominio del sistema colonial en Puerto Rico se predicó sobre el catastrófico fracaso que representaría una “República”, al estilo de las repúblicas latinoamericanas entonces –llamadas bananeras– frente a la certeza y seguridad que ofrecía nuestra relación política y económica con Estados Unidos. No se hablaba de colonia, ni de dominación y subordinación, ni de que dicha relación se consumó por vía de una invasión armada. Sólo se decía que ellos eran grandes y fuertes, y nosotros pequeños y débiles, y que su protección era necesaria para que Puerto Rico se desarrollara y no cayera bajo el peso de sus propias debilidades. 

Ya sabemos que eso fue una vil mentira, y que el cuadro de males que hoy vivimos no es el resultado de una república fallida, sino el fracaso de un sistema colonial que ha amarrado por más de un siglo el destino de Puerto Rico a los designios de una metrópoli insensible y un sistema capitalista salvaje e insaciable.

A partir de la invasión armada de Estados Unidos en Puerto Rico en 1898, la sociedad puertorriqueña pasó por un proceso de domesticación y adoctrinamiento que ha tenido repercusiones profundas en la consciencia individual y colectiva de nuestro pueblo. Se ha llegado al extremo absurdo de intentar proyectar la invasión armada de nuestro país como un acto amistoso. De acuerdo a esa teoría, en 1898 Estados Unidos era una especie de “imperialismo bobo” que venía a salvarnos del absolutismo de España y de nuestros propios vicios. Míseros y enfermos, para los puertorriqueños y puertorriqueñas de la época la victoria de Estados Unidos en la guerra contra España, y su ocupación y dominación de nuestro territorio, representaba su mejor oportunidad. Así lo aseguraban el nuevo gobierno militar y los evangelistas de la colonia que en aquel entonces ya se acomodaban en torno al nuevo régimen.

Ese acondicionamiento perverso y la dependencia que ha creado en la psiquis de nuestro pueblo durante más de un siglo, se tambalea ahora de la manera más cruel, tras el paso devastador de un poderoso huracán. María ha dejado al descubierto al Puerto Rico saqueado y desgastado por una relación colonial que ha aplastado todo intento de desarrollo propio, creando dos castas igualmente parasitarias: la política enquistada en los partidos coloniales –Popular y Nuevo Progresista– y la empresarial representada por negociantes cuyas ganancias dependen de que la colonia se mantenga, aunque sea languideciendo. 

Por los beneficios que les reporta su dependencia enfermiza de Estados Unidos para su supervivencia política o la de sus lucrativos negocios, estos individuos no se avergüenzan de caminar por Washington como ánimas en pena, en actitud suplicante y con la mano extendida, a la espera de recibir una respuesta condescendiente o cualquier migaja que el gobierno de Estados Unidos les quiera soltar, ya sea desde la Rama Ejecutiva, el Congreso y su criatura, la Junta de Control Fiscal, o incluso, desde el Tribunal de Quiebras Federal. Hasta ahora, en esta etapa post María, solo han recibido regaños o desdén dondequiera que han asomado la cara. 

No es cualquier ayudita la que esperan. Piden miles de millones que esperan refuercen la alianza con los “colmillús” de siempre, que en Puerto Rico y Estados Unidos, trabajan afanosamente no para restaurar a Puerto Rico, sino sus bolsillos. De eso se trató el sonado contrato con la empresa Whitefish para la restauración del sistema eléctrico, como tantos otros que se han otorgado o están esperando para otorgarse; todos son parte de la próspera “industria de desastres” que saca sus garras siempre que ocurren grandes tragedias colectivas.

Hoy, a poco más de dos meses desde María, y cuando Puerto Rico lucha desesperadamente para levantarse después del desastre, desde los círculos de poder en Washington le mantienen en ascuas con una nueva ley de reforma contributiva que, aunque no se refiere directamente a Puerto Rico, sí puede eliminar el último incentivo que sostiene lo que queda de producción industrial en nuestro país. Nuevamente el Imperio, insensible y desdeñoso, acomoda sus fichas para su beneficio, dejando a Puerto Rico en la estacada, como lo ha hecho siempre desde 1898. Nuestro pueblo conoce lo que pasó tras el arribo de las tropas estadounidenses con la destrucción de nuestra moneda, nuestra economía, y las conquistas autonómicas que se le habían arrancado a España. También sabe lo que pasó con la industria azucarera, y con la de la aguja, y con las petroquímicas y otras industrias relacionadas, y con las bases militares, y con la ley de incentivos industriales que permitió las empresas 936. 

Hoy, las señales que llegan desde Estados Unidos con respecto al destino político de Puerto Rico no son confusas. Claramente, no parecen dispuestos a disponer de éste o de ninguno de sus territorios, pero tampoco se inclinan a anexarlos. Más bien apuntan a que su preferencia es que continúe sin alteración el presente estatus colonial, o territorial, como le llaman ellos. Por eso, la presión de los anexionistas por la estadidad ha enfrentado una muralla infranqueable en el Washington republicano. Para ellos, Puerto Rico es una carga que tiene cada vez menos utilidad práctica para los intereses de su nación.

Le toca entonces a los sectores más alertas de nuestro pueblo, aquellos que no quieren ni la colonia permanente ni la anexión, reflexionar cómo la independencia, tan ultrajada en el discurso público colonial, ha devenido en la única opción política y económica que tiene al pueblo puertorriqueño para construir una sociedad nueva y próspera basada en el ejercicio de su soberanía. 

La eliminación de la injusta Ley de Cabotaje que nos impuso Estados Unidos en el 1920, sobre la cual parece haber un amplio consenso de que constituye una carga desmedida e irrazonable sobre nuestra economía, podría ser un punto de comienzo para la conversación necesaria sobre cómo explorar ese nuevo camino y comenzar a sacudirnos de la enfermedad colonial. Esto es especialmente crucial ahora que entre distintos sectores importantes de nuestro pueblo comienza a madurar la idea de que los intereses de Estados Unidos y los de Puerto Rico no son coincidentes en esta coyuntura histórica.

 

 

 

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