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Aguanten el certificado de defunción

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 5 de diciembre de 2017

Nota: En días recientes se ha generado un debate sobre la muerte del independentismo, CLARIDAD exhorta a nuestros colaboradores a debatir sobre el tema, aquí el compañero Manuel de J. González esboza algunas ideas. –AMF

 
 

En 1960 muchos daban por muerto el movimiento independentista puertorriqueño porque después de un período de auge en las décadas anteriores, había llegado a un punto mínimo en las elecciones de ese año.

Diez años antes, en 1950, el nacionalismo se había jugado su última carta, protagonizando una insurrección armada que conmovió el país. Tras ésta fracasar todo su liderato fue reprimido y al comenzar la década del ’60 permanecía encarcelado. Aquel movimiento pujante y motivador, que había generado apoyo de sectores populares, ya formaba parte de nuestra historia trasmutado en un ejemplo de “valor y sacrificio”, sin existencia real. 

La otra vertiente del independentismo, la electoral, también llegaba a menos en 1960. Tras el claro giro colonialista que dio el Partido Popular Democrático (PPD) a mediados de la década del ’40 cuando, a instancias de Luis Muñoz Marín, declaró incompatible ser independentista y militar en esa agrupación, un grupo importante de Populares ayudó a fundar el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en 1946. Seis años después, en las elecciones de 1952, el PIP se convirtió en el segundo que más votos recibió, desplazando de esa posición al tradicional movimiento anexionista. Pero a partir de ese año comenzó a perder apoyos, llegando al extremo de perder su franquicia electoral en 1960.

Mientras eso les ocurría a las fuerzas políticas independentistas, el país sufría cambios que llevaron a muchos a pronosticar como inevitable la “asimilación” cultural a Estados Unidos y la incorporación como estado a la federación norteamericana en poco tiempo. El programa de industrialización impulsado dos décadas antes rendía frutos, alimentado por el enorme excedente de capital que se produjo en Estados Unidos tras el fin de la guerra en 1945. Puerto Rico fue uno de los mercados hacia el cual se exportó ese capital y con las fábricas llegaron las urbanizaciones al estilo estadounidense y las grandes empresas de consumo, acelerándose lo que para algunos era un proceso irreversible de “americanización”. El “rock & roll” sonaba en la radio y un torrente de gente iba a comprar al nuevo Sears, no a González Padín. 

La gran ola migratoria hacia Estados Unidos, desatada tras el fin de la guerra, seguía con similar fuerza a principios de los ’60, vaciando los campos de jóvenes. En las comunidades emigradas aparecía una nueva generación de puertorriqueños que tenía el inglés como primer idioma, los que luego alguien llamaría “nuyoricans”. La interacción de esa nueva generación con sus familiares de la Isla estimulaba la creencia de la inevitable asimilación.

Esas nuevas realidades alimentaron el pesimismo, por no decir derrotismo, en muchos sectores, manifestándose en la producción literaria y ensayística de aquellos años. Los cuentos terminaban en suicidios tras el desplazamiento del criollo por el invasor (El Josco), las obras de teatro en la muerte inevitable del emigrado (La Carreta) y los ensayos nos hablaban de la “docilidad” congénita de los puertorriqueños.

Ése era el ambiente en 1960. En cambio, ¿cuál era la realidad puertorriqueña diez años después, en 1970? Al comenzar esa nueva década ya el otrora movimiento moribundo había dado paso a otro vigoroso que impactaba con fuerza la vida puertorriqueña manifestándose en diversas formas de lucha, incluyendo otra vez la vertiente armada. Una organización fundada en 1959 por jóvenes provenientes del PIP, el Nacionalismo y grupos socialistas – el Movimiento Pro Independencia de Puerto Rico (MPI) – estaba organizada por todo el país y desarrollaba un intenso trabajo de masas en las principales áreas urbanas. Su influencia sobre los sectores estudiantiles y de trabajadores ya era grande y lo sería aún más en los cinco años siguientes, tras convertirse en 1971 en Partido Socialista Puertorriqueño (PSP). El PIP, por su parte, presidido por un liderato joven, había dejado atrás el estancamiento transformándose en una organización militante de gran impacto. 

El flujo de militantes hacia esas organizaciones provenía de las universidades. Igual que en el resto del mundo (ver Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX) el desarrollo de la educación superior en la década del ’50 creó las bases para las luchas estudiantiles de las décadas siguientes. En Puerto Rico, una organización fundada en 1956, la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI) y otras que nacieron después, dirigieron una lucha muy activa en los campus y luego le suplieron una gran legión de militantes y dirigentes a las organizaciones nacionales. También impactaron y ayudaron a desarrollar un nuevo movimiento sindical, expresándole solidaridad a sus luchas y aportando cuadros.

Curiosamente, las comunidades puertorriqueñas que surgieron de la emigración hacia Estados Unidos, jugaron un papel importante en aquel renacimiento del independentismo. ¡Y fueron los hijos de los emigrados, hablando mayormente en inglés, los cuadros principales de las organizaciones patrióticas desarrolladas allá! Desde su fundación, el MPI planteó que los emigrados y sus descendientes son parte de la nación puertorriqueña que, como resultado de la nueva realidad, había quedado dividida en dos grandes partes. La lucha que se desarrolló corroboró esas tesis. A principios de la década del ’70 se comenzó a publicar en Nueva York una edición de CLARIDAD –el periódico que en 1959 había fundado en Puerto Rico el MPI– que, reconociendo la realidad de la emigración, era bilingüe.

La trasformación se había producido en apenas ocho o diez años. Ahora, en la segunda década del siglo XXI, el movimiento independentista puertorriqueño está otra vez en crisis y, como en 1960, en distintos medios ha surgido una muy necesaria discusión sobre cómo reactivarlo. Como entonces, ya surgen algunas voces que se apresuran a escribir el certificado de defunción y, prediciendo otra vez la “inevitable” anexión de nuestro país, hasta ven a los independentistas incrustados en una facción del liberalismo gringo. (Por cierto, que hijos de la colonia militen en organizaciones políticas de la metrópolis, no es nada nuevo ni mucho menos malo. Entre muchos otros, uno que se llamó Ho Chi Minh lo hizo).

Esa discusión es muy útil y ojalá siga. Yo fui parte de la generación del ’60 y desde entonces comprendí que los procesos sociales, y las fuerzas políticas que nacen de ellos, son desiguales y están repletos de avances y retrocesos. También aprendí que, como sucede con todo pueblo colonizado, lo que estimula la lucha de independencia es la existencia de una nacionalidad. (¡Vean el ejemplo de Cataluña!) En el caso puertorriqueño la nacionalidad está más fuerte que nunca y mientras esa sea la realidad, habrá lucha.

 

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