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Se revela otra mentira de Muñoz Marín

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Publicado: miércoles, 19 de julio de 2017

Arturo Morales Carrión, como Subsecretario de Estado del ELA, fue un estrecho colaborador de Luis Muñoz Marín. Historiador de profesión, dejó un diario en que relata la verdad de cómo y por qué se otorgó el indulto de Pedro Albizu Campos en 1953, año en que Muñoz y Washington se preparaban para llevar el ELA a Naciones Unidas. 

Morales deja al descubierto la mentira oficial de entonces de que Muñoz otorgó el indulto ante una petición que le hizo José Figueres, entonces presidente de Costa Rica. No hubo tal iniciativa de Figueres, todo fue un montaje de Muñoz en un chanchullo con Figueres.

A continuación el relato de Morales Carrión:

 

Desde hace meses, comentamos en pequeños grupos el dilema que plantea Albizu. ¿Lo dejamos en la cárcel? Si muere al fin y al cabo se nos convierte en mártir. ¿Lo echamos afuera? Vuelve a su importante fanatización y provoca otra revuelta innecesaria y sangrienta, otro intento patético y estéril de sabotear nuestras instituciones democráticas. ¿Qué hacer pues? Muñoz discute a veces en alta a voz el asunto. Pero es claro que le perturba su conciencia democrática.

Yo creo en el indulto. La muerte en la cárcel precipitaría a mi juicio una era sangrienta en Hispano-América, no habría forma de borrar el minuto del martirio. Si el riesgo se ha de correr, que ocurra en un clima donde se han despejado dudas, donde se haya probado la indudable tolerancia, la profunda comprensión de los valores democráticos que arruina a nuestro gobierno.

Hay varios que piensan como yo: Ramos Antonini, Jorge Font Saldaña, Trías, desde luego; Víctor Gutiérrez Franqui. Pero a Muñoz no hay quien le ponga el cascabel. Nos rebate agriamente. Pero se va asentando el sedimento. La prensa estimula. Teófilo Maldonado, hábil periodista, da la noticia de que el estado de Albizu se empeoraba. Hay reunión en Trujillo Alto. Muñoz recibe informes de los médicos. Pero no suelta prenda.

El día 19 de septiembre me manda a buscar. En la mañana, hemos hablado largamente sobre los documentos de Naciones Unidas y las posibles contestaciones a los reparos de las delegaciones asiáticas y orientales. Hemos hablado asimismo del último tema de preocupación muñocista: el monifatismo. O sea el peligroso hibridismo cultural que nos amenaza si no nos cuidamos. Muñoz ve en la anexión un peligro real. La asimilación disminuye la capacidad expresiva, empobrece la aportación del pueblo. Esos son los temas de la mañana.

Regreso a casa. Es el cumpleaños de mi hijo menor. Tengo amigos y parientes que concurren a una pequeña fiesta infantil. De pronto llega uno de los chóferes del Gobernador. Quiere que vaya a Trujillo. Me sospecho que es algo importante y dejo la fiesta. Al llegar Muñoz me pide que le acompañe al patio. Caminamos juntos. Hablamos en voz baja. He aquí su idea: escribir una carta a Figueres que yo debo llevar personalmente. Explicaría a Figueres la convergencia de combatir el mito de Albizu. Que Figueres escriba solicitando el indulto pero aclarando a la vez la naturaleza del Estado Libre Asociado, el carácter del PIP y del nacionalismo. Muñoz indultaría entonces a Albizu y contestará a Figueres, poniendo los puntos sobre las íes. Me pide máxima discreción. Que prepare los borradores correspondientes y vuelva a las 10 del domingo. Ver a Figureres significa salir para Montevideo y Buenos Aires y regresar inmediatamente. La noticia del indulto debe recibir máxima publicidad periodística. Me vuelvo a casa. El domingo es día de tensión. Ramos Antonini me visita en la mañana; luego, otros amigos. Además, apenas sustraigo tiempo para el encargo. Le llevo a Muñoz un borrador del cual ha de aprovechar los primeros y últimos párrafos. Consultamos a Trías. Comienza entonces el drama silencioso.

Preparo rápidamente el viaje. A los poquísimos que han de enterarse de que voy al sur la razón es buena: se interesa hablar con Figueres sobre la situación de Puerto Rico en la ONU. Toreo a Teófilo en el aeropuerto. Muñoz llama a Figueres por teléfono y le anuncia la salida del emisario. La entrevista debe ocurrir en Montevideo.

Vuelo, pues, por primera vez hacia el Sur. Carcasa, luego el gran salto sobre la selva; luego Río; luego Sao Paulo (aquí el avión por poco choca con otro avión y estamos a punto de un trágico y definitivo accidente). El 24 me pongo en Montevideo. Me recibe un buen amigo norteamericano, Tony Allen, ahora alto funcionario de la Embajada. Tengo instrucciones precisas de no revelar la verdadera naturaleza de la misión. Pero la ONU es gran pretexto.

Veo a otros viejos amigos en la Embajada. Le explico al Embajador nuestro esfuerzo por hacer entender en Hispano-América la verdadera realidad de Puerto Rico. Habló del ofrecimiento de Figueres de convencer a los gobiernos en su jira presidencial. En la embajada se me quiere organizar un programa de entrevistas y conferencias. Rehuso cortésmente. Debo permanecer en el más completo anonimato.

Como el embajador de Uruguay Don Enrique Rodríguez Fabright había sido avisado de mi viaje a Uruguay, el Ministerio de Relaciones Exteriores al que Fabright notifica, quiere ponerse en contacto conmigo. El consejero de la embajada de los EEUU, Eddie Trublood, arregla la visita protocolar. No me gusta mucho el sistema porque con Trublood presente no había ocasión de profundizar en ciertos problemas.

Decido, sin embargo, hablar con franqueza. Explico al Director General del Ministerio todos los antecedentes del caso de Puerto Rico. Señalo la orientación de los partidos y la tercera solución que encarna el ELA. La explicación me sale precisa y contundente. Advierto que el diplomático uruguayo, Luis Guillot, se ha interesado. No menciono, desde luego, el problema inmediato de Naciones Unidas. Pero a juzgar por la pregunta que se me formula, los funcionarios uruguayos lo tienen bien presente.

La gestión es satisfactoria. El gobierno parece entender. Se halla impresionado con el carácter de nuestra evolución democrática. Además, hay afinidades evidentes. El clima de comparación y libertad del Uruguay se me antoja admirable. Camino a paso rápido por las calles de la ciudad. El conocimiento de este mundo es apresurado, pero lo suficiente para formar impresiones concretas.

En el hotel me comunico con el Cónsul de Costa Rica, Don Enrique Martin, Gerente del Banco Mercantil de Uruguay, hombre afable y servicial quien me entrega un cable de Muñoz. 

El cable reza así: “Importante, trates de ver a Figueres lo más pronto posible Buenos Aires. Ahorrar todo tiempo posible es importante”. Visto el acento de urgencia: dos veces la palabra importante. He salido martes de Puerto Rico, he llegado miércoles en la noche a Montevideo. Es jueves ahora. No hay tiempo que perder pues Figueres estará el viernes en Buenos Aires y el sábado vendrá a Uruguay. 

Martin me arregla pasaje para temprano el viernes. Informo a los amigos. Se me queda pendiente una invitación del Ministerio para hablar “entre latinos solamente” sobre Puerto Rico.

A las maletas, al coche y al avión. Montevideo me despide en día gris, nublado. Cruzo el célebre estuario en gran hidroavión. Son las diez de la mañana y de pronto nos metemos en una nube negra. Parece media noche. Ahora está allá abajo en la enorme extensión del litoral de la bella ciudad argentina.

Aterrizaje feliz. Me espera Gilbert Chase, el hábil musicólogo; ahora agregado cultural de EEUU en Argentina. Nos conocemos desde Washington y yo he facilitado la reciente visita a Puerto Rico. Vamos al Alvear Palace, allí está Figueres. Noto reserva en Chase. En Buenos Aires hay que tener cuidado con lo que se habla. Me advierte de la posibilidad de micrófonos secretos. Escribo en un papel: “Debo ver inmediatamente a Figueres. Aquí en este hotel. Me esperaba a las 10:30 –Quiere saber antecedentes caso de Puerto Rico ante ONU para hablar con jefes de estado en países que visite.” Chase entiende. Prometo ir por la Embajada. Allí se podrá hablar con libertad. Chase se despide. Doy una llamada y cinco minutos después estoy frente a Figueres con la carta en la mano. La primera parte de la reunión se ha realizado con éxito, pese al susto de San Paulo.

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