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El nuevo año del zar

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Por Manuel de J. González

Publicado: miércoles, 20 de diciembre de 2017

En diciembre de 1916, en medio del desastre que representaba la Primera Guerra Mundial para los ejércitos rusos, el zar Nicolás II escribió en su diario que el año que terminaba había sido “maldito”, pero que seguramente el 1917 sería mejor. A pesar de su pensamiento “positivo” y de los rezos que el muy devoto monarca debió haber encargado, ya sabemos lo que le ocurrió a él y a su régimen en aquel nuevo año. 

En diciembre 2016, a la espera del nuevo año, muchos puertorriqueños recurrieron al mismo pensamiento positivo del monarca ruso un siglo antes porque también había razones de sobra para aspirar a un cambio. Al cabo de una década en declive, con la recesión económica trasmutada en depresión, buena parte de los puertorriqueños decíamos que no se podía aguantar más y esperábamos que el nuevo año nos trajera algún alivio.

Sin embargo, el mismo comienzo de 2017 nos avisó que las penurias no terminaban cuando en los primeros meses la Junta que nos gobierna impuso un súper austero plan fiscal que aceleraría la caída económica. La implantación de ese plan draconiano estaría en manos de una nueva administración de gobierno liderada por Ricardo Rosselló, un inexperto aspirante a científico que llegaba con aires de salvador y quien de inmediato se rodeó de gente muy similar a él. 

Cuando llegó la temporada de huracanes en el segundo semestre ya las expectativas positivas del nuevo año habían desaparecido. La Junta exigía medidas adicionales de austeridad y acudía al tribunal para que las impusiera, mientras desde los gobiernos de aquí y de allá no aparecía una sola idea que apuntara hacia una nueva estrategia de desarrollo económico con visos de realidad. Todo indicaba que nos encaminábamos hacia otro año perdido en el que el lento hundimiento económico y el desasosiego social seguiría acentuándose. 

Al llegar el noveno mes del año, las autoridades públicas responsables de crear y mantener la vital infraestructura que sostiene la actividad económica –Energía Eléctrica, Acueductos, Carreteras y Puertos– estaban en igual o peor situación que el gobierno central. Con ingresos menguados, desprovistas de crédito y operando con presupuestos que sólo daban para lo más básico, las mencionadas autoridades se hundieron aún más con el peso de los nombramientos políticos que otra vez llegaron como enjambre hambriento. El pequeño esfuerzo que había hecho la administración anterior para “profesionalizar” la administración de estas entidades, todas de importancia vital ante cualquier expectativa de cambio, desapareció tan pronto se nombraron las nuevas juntas de directores. Allí llegaron aquellos a quienes se les debía favores desde la última campaña política junto con ahijados de los nuevos líderes. Uno de aquellos ahijados se llamaba Ricardo Ramos. 

El panorama de las autoridades públicas era tan desesperanzador, debido al enjambre de políticos que las invadió, que la propia Junta le “recomendó” al gobernador Rosselló que cesara la práctica de llenar de fieles sus juntas de directores. Pero desde Fortaleza ni siquiera movieron un dedo.

Entonces en el noveno mes nos visitaron dos señoras llamadas Irma y María quienes, aunque estuvieron poco tiempo en nuestro país, nos dejaron recuerdos imperecederos. 

Lo que sucedió tras la partida de estas dos señoras no es necesario describirlo porque todo posible lector de este artículo lo conoce muy bien porque lo vivió y lo sigue viviendo. Sólo es pertinente decir, como conclusión, que aquel gobierno inexperto de principios de año, cargado de favorecidos políticos y de ahijados, multiplicó los horrores de los huracanes. Desde que las señoras Irma y María finalmente se fueron el 20 de septiembre hasta el final del año, nuestro país retrocedió al siglo XIX y, en ciertos lugares, a la edad de bronce.

Y si el gobierno isleño, con la Junta a cuestas, probó ser incompetente, los que vinieron a auxiliarnos, muestran similar característica. El ya olvidado jefe de la AEE, Ricardo Ramos, fue reemplazado por el muy pomposo Cuerpo de Ingenieros del Ejército quienes, por eso de dar un pequeño ejemplo, en tres meses sólo han podido traer a Puerto Rico alrededor de 10 mil postes para el alumbrado público de los 52 mil que a principios de octubre se estimaron necesarios. 

Junto al pomposo Cuerpo de Ingenieros ha estado FEMA, de cuya incompetencia mejor no hablamos. Lo único que nos falta añadir es que, además del Cuerpo y de FEMA, llegaron en son de auxiliadores decenas de senadores y representantes, acompañados de ayudantes y relatores. Todos nos miraron, mejor dicho, nos inspeccionaron, se condolieron de nuestra desgracia y tras exprimirse una que otra lágrima, asfixiados por el calor tropical, se fueron. Dos meses después, todos los que vinieron a inspeccionar los daños y a retratarse abrazando algún refugiado, votaron a favor de una nueva ley federal de impuestos que le asesta un golpe a las empresas manufactureras que sobrevivieron los huracanes. 

En esas estamos al llegar al final del año 2017. Como el zar ruso en 1916, volvemos a pasar revista sobre el año que termina y a mirar esperanzado hacia el que comienza. Lo que le pasó al zar Nicolás en 1917 se parece mucho a lo que ocurrió en Puerto Rico en 2017. Las esperanzas que lanzamos todos al aire en diciembre de 2016, como las del devoto zar, no funcionaron. Ahora que volvemos al mismo ritual para recibir el 2018 tenemos que rogar porque no nos suceda lo mismo que aquel ex monarca en 1918. 

 

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