Bookmark and Share Bajar en formato PDFComentariosVer foto galería

Mañana te escribiré otra vez

Ver foto galeríaVisita la foto galería (2)

Publicado: miércoles, 28 de noviembre de 2018

Minou Távarez Mirabal

 

Años 1960-1961

 

La paz llegó también porque regreso a luchar a mi tierra, y como tengo el corazón completo con la parte de sangre que me diste para siempre, y como llevo las manos llenas de tu ser desnudo, mírame, mírame, mírame por el mar, que voy radiante, mírame por la noche que navego, y mar y noche son los ojos tuyos”.

 

Yo podría empezar a contar la historia de estos años al revés. Es decir, regresando a aquella tarde agosto de 1961 cuando hice mi primera comunión en el Colegio Inmaculado Concepción de La Vega y mi padre, recién liberado de la cárcel llegó a buscarme, trayéndome a vivir con él a una ciudad que ya había recuperado su nombre, Santo Domingo, para no separarnos más hasta dos meses antes de que se marchara a Las Manaclas. O tal vez podría comenzar aún después, en ese día de finales de diciembre de 1963 en el que me enteré de la manera más absurda que él ya no vendría a buscarme más, que él estaba muerto.

Así de intrincados quedaron para siempre los acontecimientos que nos arrancaron de una vida privada y familiar hasta culminar en mi orfandad y la de mis hermanos en los momentos exactos en que mis padres y mis tías entregaron su sangre a la tierra donde germinarían sus sacrificios…

…Lo dos, papi y mami, actuaron desde el primer momento con una conciencia preclara de lo que estaban haciendo, con una lucidez política y militar fuera de lo ordinario y con la convicción de que era posible que cayeran en el camino, como tantos otros habían muerto por declarar la guerra al tirano.

Un ensayo escrito el 3 de febrero de 1946 en el colegio de La Vega, que mi madre tituló “Recuerdo de los Santos Ejercicios Espirituales que celebré en el colegio en mi último año, con el Reverendo Quevedo”, nos puede dar la clave de lo importante que era para Minerva –de 19 años- pensar la muerte y vivir sin dejar de hacer lo que había que hacer, consciente de su humana, y mortal, condición.

El texto es una especie de resumen de las ideas, convicciones y principios que no quería abandonar al alejarse de la vida escolar. “Si hago estos apuntes es porque sé que soy débil” explica, puntualizando de forma muy lúcida –y en momentos lúdica- lo que había incorporado como aprendizaje fundamental para su vida espiritual. Uno de los apuntes, separado de los otros y escrito con su caligrafía Palmer apresurada –a la que tanto se parece la mía para mi desconcierto- recordaba el memento mori latino:

Pensar todos los días: “Acuérdate que tienes que morir.”

En cuanto a papi, su convicción de que partía hacia una muerte segura en las montañas es más que proverbial. Así se lo comunicó a mamá Dedé después del Golpe de Estado contra el gobierno constitucional de Juan Bosch, cuando antes de pasar a la clandestinidad se despidió de ella en Ojo de Agua, y le pidió que se encargara de nosotros, sus hijos.

De modo que ese compromiso asumido el 6 de enero de 1959, día en que mami planteó la necesidad orgánica de hacer algo en casa de mi tío Yuyo D’Alessandro, fue un pacto de vida o muerte entre ellos dos con su pueblo, con la historia de nosotros, con su patria.

Empezaron las reuniones clandestinas, la búsqueda de armas, los contactos con los exiliados, los viajes a posibles escenarios para implementar la guerra de guerrillas, la elaboración de principios y manifiestos, la atención constante a Radio Rumbo en Venezuela, a Radio Rebelde y al triunfo de la revolución cubana, el descuido de las empresas económicas emprendidas para el bienestar familiar, las ausencias prolongadas y el reclutamiento efectivo a todo lo ancho y largo del territorio nacional de cientos de jóvenes en quienes –como en ellos- había germinado el desencanto, la indignación y la ira ante tanta barbarie.

Tía Teté, recién parida de mi hermana Jacqueline, tío Leonardo, tío Pedrito, nina Patria, su hijo Nelson, tío Jaime Ricardo Socias y muchos otros familiares también conspiraban. El sentimiento antitrujillista latía en cada familia de mis padres. Me cuenta Simón Tomás Fernández que en septiembre u octubre de 1959 papi lo contactó y le asignó la tarea de conseguir materiales que sirviesen para la fabricación de bombas, ya que su condición de funcionario de la Secretaría de Obras Públicas le facilitaba esa tarea sin despertar sospechas. Cumplido el encargo, le extrañó la dilación de un nuevo contacto, así que buscó a Cayeyo Grisanti y le preguntó preocupado si había visto a Manolo. Este le contestó que si quería verlo sólo tenía que ir a la isa de los domingos en la mañana en la Catedral de Santiago, pues ahí se citaban y aprovechaban para contactar nuevos aliados para la causa.

En mi memoria de niña, sin embargo, la imagen que quedó grabada fue una muy distinta: la de una estilizada mujer probándose frene al espejo un uniforme olivo y una boina sobre un corte de pelo “a lo boy”. Era mi madre.

Otro recuerdo muy vivo que tengo de ella –ya para entonces asumido su pseudónimo, “Mariposa”- es cuando aferrada a sus piernas, desde mi altura de niña la miré hacia arriba llorando y me mandó a callar. Los caliés habían venido a buscarla a la casa de mis abuelos en Montecristi. Una de mis tías me cargó mientras mami le pedía que me buscaran chocolate. Mamá Fefa rogó: “Déjenme ir con ella”, y la cortante respuesta de Minerva que “No pida nada”, apresurándose a desengancharme de su cuerpo para marchar a la cárcel.

Develado el complot contra Trujillo fraguado por el Movimiento 14 de Junio, presidido por Manolo y con Minerva como columna vertebral de su militancia, cientos de jóvenes fueron apresados en todo el país. Las mujeres fueron las últimas en caer pues los hombres, en medio de torturas salvajes, hasta el último momentos intentaron proteger sus nombres. los de las más activas, sin embargo, salieron a la luz.

La primera en llegar a la temible cárcel de La 40 fue tía Sina, quien sufrió torturas físicas y psicológicas terribles. Las próximas huéspedes femeninas en aquél antro de vejación humana, de desesperación y muerte –Minerva, María Teresa, Adela Morel, Dulce Tejada, Miriam Morales y Fe Violeta Ortega- recibieron otro tipo de tortura, no menos espantosa.

Escuché de los labios de Fausto Rodríguez Mesa, dirigente del 1J4 en San Juan de la Maguana, que estando él y sus compañeros desnudos en el lugar al que llamaban “Coliseo”, en la línea de espera para ser sentados en la silla eléctrica, trajeron a varias de las presas, para que presenciaran las torturas que infligían a sus esposos o compañeros. La presencia de Minerva fue de una gallardía imposible de imaginar en aquel inmundo contexto. Los mismos guardias reaccionaron intentando doblar aquel ser enhiesto e inalcanzable en su apostura. Transcurrido la escena como la relata mamá Dedé en sus memorias:

“Fausto Rodríguez Mesa (…) escuchó a uno de los calieses decirle a Minerva que se dejara de tanta altivez, pues alguna vez podría ser que alguno de ellos quisiera casarse con ella. La respuesta de Minerva vino como una bala que los estremeció a todos: Despreocúpense, que eso no va a ocurrir nunca, porque a nosotras no nos gustan los guardias y menos si son asesinos como ustedes”. 

Lo que para mí queda de esa memoria es la mirada de Don Fausto a mi madre. Son las palabras de Don Fausto al decirme que nunca, nunca, ninguna presencia en su vida, anterior o posterior, había llenado tanto espacio de dignidad como la de Minerva en aquella única vez que la vio en La 40.

La cárceles estaban repletas y el país asemejaba una olla de presión con tantos cientos de prisioneros, hombre y mujeres provenientes de todas las zonas del país, jóvenes y no tan jóvenes, de familias de tradición opositora y de hijos de connotados trujillistas, campesinos, obreros, profesionales… Por primera vez, como le dijo en esos días Toño a tía Teté mientras cosía: “…pero por poco los tumbamos” y que el régimen sufría “remeneón” de proporciones considerables: una de las tantas probables razones que decidieron al tirano al liberar a las presas políticas el 7 de febrero. “Libertad” que no era más que una prisión domiciliaria con todos los movimientos controlados, aunque tenía la “ventaja” de que mi mamá y mis tías podían visitar a sus esposos, quienes ya habían sido trasladados al penal de La Victoria. Y podían seguir conspirando. Minerva aprovechaba cada visita a La Victoria no sólo para ver a Manolo son para contactar a los demás presos e intentar reorganizar el movimiento. Así –es uno de los jueves de visitas- la conoció José Israel Cuello cuando se le acercó para preguntarle por sus contactos que no habían caído. “Minerva era una extraordinaria líder política a la que Trujillo no podía vencer, puesto tanto si la mantenía en prisión como si la soltaba estaba legitimando su actividad opositora y no sabía qué hacer con ella”, afirma José Israel.

Fueron también meses de terror agazapado, constante. Recuerdo que cuando nos levantábamos en las noches para ir al baño o a la cocina, debíamos hacerlo agachaditos para que nuestras cabezas no alcanzaran las ventanas de cristal. Los caliés pernoctaban sus pasos malditos en la galería; se movían toda la noche alrededor de la casa, amparándose en las sombras, pero dejándonos saber que estaban allí. Para atenuar el peso de su vigilancia mi abuela decidió cambiar las modernas ventanas de vidrio por unas de madera, de modo que se les dificultara mirar hacia adentro. Creo que aquellos ventanales todavía andan por ahí guardados en la Casa Museo.

El 18 de mayo, estando mi tía Teté con bronquitis, regresaron a buscarlas y las encaminaron a lo que sería su última prisión. Recuerdo como ahora la frazada verde con figuras geométricas blancas con la que mamá Chea envolvió a tía Teté rogando a gritos que no se la llevaran con aquella fiebre de 40ºC. Once días pasaron en La 40 y dos meses y medio en La Victoria. Como esta segunda vez sólo se las llevaron a ellas dos y a tía Sina, al llegar ya condenadas a La Victoria, las recluyeron juntas en una misma celda, en la que mi mamá pasaría sus horas esculpiendo, bordando y cosiendo ropitas para mi hermanito y para mí. Al pedir yeso, telas, hilos, materiales e instrumentos para trabajar y entretenerse, insistía Minerva que tanto ella como tía Teté los necesitaban más que la comida.

También me cuentan que mami daba ánimos a los demás prisioneros con sus canciones desentonadas. A voz en cuello, para que se escucharan más allá del pabellón de mujeres cantaba los versos de El ratoncito Miguel “…vaaaamos a ver quién va a arrancarle a Misifú el corazón”.

Las cartas de La Victoria son pétalos desgarrados, arrancados a dentelladas por las fieras de aquel infierno de sangre, muerte, gritos. La de mi madre con la savia de esas espinas que ella, con la nobleza que siempre la caracterizó, decretó dulcemente anestesiar. Las de mi padre, dictadas por el fuego que había templado el acero en su cuerpo tornándolo en un mapa de cicatrices irreversibles a las que se sumaría el trágico asesinato de la mujer que amaba.

Ella, viajando hacia él. Él, viajando hacia ella. En aquel mar de leva de la historia de ambos, prisioneros los dos en el mismo fortín de la maldad y con las manos extendidas sin poder tocarse, se escribían con los dedos y con los pensamientos. Se me ocurre que aunque no podían estar juntos, nunca estuvieran más cerca que en aquella distancia franqueada por unos cuantos muros y unas tétricas rejas….

…De modo que de las cartas que se intercambiaron en la cárcel sólo se conservan las de papi a mami y una sola de mami a papi, llena de claves para conocerla; un tesoro en lo breve que hilvanan las palabras heridas pero no asesinadas. En mi búsqueda arqueológica de esta correspondencia, esa carta apareció entre los papeles que quedaron en casa de mi hermano Nelson…

…Según cuenta mamá Dedé, al salir de esta última prisión mi mamá las sacó escondidas dentro de su ropa interior. Yo las encontré, a mediados de los ochenta, guardadas en el discreto bolsillo de una carterita de noche. Ninguna está fechada, de modo que están transcritas en el orden en que las encontré.

Papi estuvo preso desde el 13 de enero de 1960 hasta el 26 de julio de e1961. Mami y tía Teté fueron apresadas y puestas en libertad en dos ocasiones. El 9 de agosto, luego de haber pasado por dos mazmorras, tres mamotretos de juicio, dos condenas, fueron puestas en libertad nuevamente. Ahora sabemos que la decisión de sacarlas de La Victoria y recluirlas a una prisión domiciliaria formaba parte del macabro plan orquestado directamente por Trujillo para asesinarlas, cosa que sucedería junto a nina Patria y Rufino de la Cruz el 25 de noviembre de 1960.

 

Fragmento del ensayo final del libro de las cartas recopiladas por la hija de Minerva Mirabal y Manolo Távarez.

 
 

  (0) Comentarios




claritienda Partiré