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Casa desvencijada

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Por Francisco A. Catalá Oliveras

Publicado: miércoles, 19 de julio de 2017

Cuando se intenta describir la situación de Puerto Rico abundan, con distintos matices, las referencias a la contracción económica, el desempleo, la emigración, la insuficiencia fiscal, el endeudamiento público, el desbarajuste presupuestario, las dificultades operacionales del aparato gubernamental, la debilidad de la gestión empresarial privada, la descomposición social, la corrupción, la inseguridad, la desconfianza, la incertidumbre… Esta lista puede tornarse interminable y angustiosamente monótona. Como si no fuera suficiente, hay que sumar todo lo vinculado a la Junta de Supervisión (Control) Fiscal, entre otras cosas la invocación de la cláusula territorial o colonial para crearla, el polémico nombramiento de su Directora Ejecutiva, el intenso intercambio epistolar con el Gobernador y la pobre y poco transparente ejecución en sus tres principales areas de competencia, a saber estabilización fiscal, reestructuración de la deuda y revitalización infraestructural.

El puertorriqueño “de a pie”, como se dice por ahí, resume la compleja e interminable lista de problemas en breves y sencillas interrogantes. “¿Qué nos pasa?” “¿Por qué no salimos del hoyo?” Sus contestaciones son igualmente sencillas. “No podemos.” “La culpa la tienen los políticos.” “Esto no lo arregla nadie.” “Estamos desorganizados.” 

Ciertamente, las preguntas y respuestas lucen simples y fatalistas. Sin embargo, quizás expresan más elocuentemente el mal de fondo de la sociedad puertorriqueña que muchos estudios de asesores, expertos en vender “soluciones” pero no en enfrentarse a la raíz de los problemas del país, sobre todo si hacerlo no está incluido entre sus obligaciones contractuales o si intentarlo contraviene las mismas.

El desarrollo, el aumento en la disposición de bienes y la reducción en la generación de males, se frustra más por la incapacidad o falta de voluntad política para forjar buenas instituciones que por la carencia de recursos. Cuando el andamiaje institucional de la sociedad es inadecuado se trastocan prioridades, se dilapidan recursos, se obstaculizan las innovaciones y se ignoran o desprecian recursos que están al alcance de la mano, sean éstos, materiales como tierra, capital y ubicación geográfica, o intangibles como destrezas, conocimiento, experiencias históricas y acervo cultural.

¿Qué son las instituciones? Son instrumentos normativos o, expresado de la forma más sencilla posible, las maneras de ver, organizar y hacer las cosas. Generalmente se usa una definición amplia en la que caben el idioma, el dinero, las leyes, los sistemas de pesas y medidas, las empresas, los modales en la mesa y sume y siga. En fin, se incluyen tanto las organizaciones sociales (empresas, sindicatos, entidades gubernamentales, partidos políticos, universidades, etc.) así como las normas formales e informales que la rigen y que pautan el comportamiento de los miembros de la sociedad. 

Una parte fundamental de tal instrumental institucional son una serie de poderes políticos para, por ejemplo, negociar tratados con otros países, controlar los flujos de importación y exportación de bienes y de factores de producción, establecer normas sobre la transportación y las comunicaciones, disponer para el uso y conservación de los recursos naturales, estructurar el sistema tributario, articular las relaciones laborales, definir la política monetaria y reglamentar la intermediación financiera. Se trata de un conjunto de capacidades legales críticas que actúa como condición necesaria para el desarrollo.

No obstante, contar con dichas capacidades no es suficiente. Se requiere manejo adecuado del instrumental institucional --incluso la negociación sobre el uso de dichas capacidades en distintas instancias internacionales-- para orientar el ordenamiento interno del país y su inserción en la red interactiva que se llama mundo en función del desarrollo sustentable.

Mientras más completa es la caja de herramientas mejor se realiza el trabajo. Esta vieja ley la invocan los carpinteros hasta para construir una casa de muñecas. De lo contrario, la casa quedará desvencijada.

La caja de herramientas institucionales de Puerto Rico siempre ha estado prácticamente vacía. Por ello, aún en los momentos de crecimiento, su economía ha sido disfuncional.

Cuando no hay voluntad política para conquistar los poderes que no se tienen, terminan por menoscabarse los pocos poderes que nominalmente se tienen; y las sucesivas administraciones gubernamentales quedan encajadas en un perverso síndrome de impotencia e incapacidad. Entonces, se hace evidente la fragilidad de la casa y la inminencia de su desplome.

Podrán intentar venderse remedios a la crisis aquí y allá. Para tal tarea sobran asesores y políticos a la carta… Pero para poder rehacer la casa la única solución de fondo es la conquista, con todo su instrumental, de la caja de herramientas. 

 

El autor es economista.

 

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