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Manifiesto de la esperanza transformadora

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Por Marcelo Barros

Publicado: miércoles, 20 de diciembre de 2017

Hay varias formas de celebrar la Navidad. La Navidad del Papá Noel, de las publicidades comerciales y del consumo. En medio de eso, hay la Navidad de las confraternizaciones de familia y amigos. En muchas comunidades, la Navidad está marcada por celebraciones tradicionales. Sin embargo, la propuesta más profunda de la liturgia cristiana de Navidad va más allá de todo eso. Recuerda el nacimiento de Jesús para proponer una renovación de la vida. En los siglos antiguos, los padres de la Iglesia afirmaban: “Cristo se hizo hombre para que todo ser humano sea divinizado”.

Lo mejor es celebrar la Navidad de modo que favorezca ese proceso de una humanización que nos diviniza. La celebración puede renovar en las personas la esperanza en sí mismas y en todo ser humano. Es siempre bueno insistir: todos somos capaces de transformarnos. Celebrar la Navidad es revivir en lo más íntimo de nosotros algo de la inocencia del primer amor. Estamos hechos de amor y para el amor. Estamos en busca de un cielo que está escondido en el propio corazón humano y que puede acoger la vastedad de nuestros sueños. Queremos captar el lenguaje de los corazones que suspira por una mirada, desean una caricia y acogen lo mejor y más profundo que existe en cada persona.

La palabra de Dios nos enseña a ser siempre críticos en relación a la realidad. Los medios de comunicación y muchos gobernantes se han unido en la tarea de probar que el ser humano es visceralmente malo y que la sociedad humana no tiene solución. La propuesta de ellos es intentar de sobrevivir todos contra todos en la barbarie nuestra de cada día. Por eso, la celebración de esa Navidad necesita ser una profecía contra ese pesimismo. El obispo Helder Camara decía: “Cuanto más la noche es oscura, más la madrugada será luminosa”.

A cada año celebramos la Navidad para recordar que hoy, la Belén en la cual nació Jesús es aquí donde vivimos. Nosotros somos los pesebres donde nace el niño que está en nosotros y de cierta forma somos nosotros mismos, como hombres y mujeres nuevos. Vamos a acoger el mensaje de los nuevos mensajeros que nos anuncian la salvación venida del amor divino y nos coloquemos en camino, como los pastores de Belén. Es urgente contradecir el pesimismo de quien no cree más en nada. Vamos a superar el clima hostil de intolerancia y radicalismos que invaden nuestra sociedad y llamar a las personas conocidas o desconocidas para mirar las estrellas y con nosotros cantar la alegría de la fe: “En nosotros, la Palabra si hace carne y habita entre nosotros, aleluia”.

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