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Ventanas y calles sin nombre

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Publicado: miércoles, 19 de julio de 2017

Jorge Prieto / Especial para En Rojo

 
 

A esta hora el paisaje, mudo, 

es como un puerto sosegado de silencio y sombra. 

Luis Pales Matos, Litoral: reseña de una vida inútil

 

Camino por las calles de Miramar en búsqueda de algún posible apartamento en alquiler. Sé que la frase se ha utilizado en incontables ocasiones, pero el silencio en esta ciudad que no existe es ensordecedor. Es como encontrarse con la muerte de la muerte, si se cree que la parca pueda tener algo de mudez. 

Las voces humanas no se escuchan. Lo que resaltan son los sonidos del paso de los carros, que frente a tanto silencio resultan estremecedores. A esto lo acompañan el eco de algunos grillos junto al ladrido de los perros y el chirrido generado por un transformador eléctrico que quiere estallar, como si buscara de alguna manera romper con la normalidad. 

Es un lugar sombrío, en donde las calles no tienen nombres y los rostros se esconden detrás de ventanas que a su vez se encuentran cubiertas de rejas. Pero esa sombra no sólo se concentra sobre Miramar. Se podría generalizar este ejemplo a un sin número de espacios urbanos y suburbanos que no son habitables. Lugares que se destacan por sus aceras estrechas y accidentadas que denotan el profundo repudio que se le tiene al caminante.  

Además de tener que enfrentar el insoportable calor del húmedo y perpetuo verano caribeño, el caminante se tiene que defender de los conductores y sus carros encolerizados. Pero tal vez, lo que haga más difícil la experiencia del caminar, aun para un misántropo de carrera, sea la absoluta soledad que se observa en la calle, esa ausencia de rostros que más allá de una que otra aparición fugaz permanecen escondidos, ausentes. A pesar del reto que implica el gesto de caminar por estas calles de poca existencia, no sería justo decir que el espacio por el que me muevo no despierta emociones. Creo que habría que formularlo de otra manera. Es precisamente en esa ausencia de emociones, en esa esterilidad donde no parece posible que ocurra el más nimio de los acontecimientos, que la experiencia del paseo se hace sobrecogedora. El exceso de vacío termina cargándose de profundas emociones.

Poco a poco voy descubriendo el por qué se nos hace tan difícil orientarnos. La mayoría de las calles en esta parte del sector que se inclina hacia la Fernández Juncos no tienen nombre. Sé que estoy en la calle Hoare porque el letrero que me anunciaba la salida que debía tomar en el expreso lo decía. Pero con toda probabilidad, si hubiese emprendido el viaje completamente a pie, tendría que haber hecho uso del GPS para identificar el lugar en que me encontraba. Iba a terminar necesitando un sistema de satélite que me indicara mi posicionamiento. Pero no vale la pena llamarse a engaño. Ese posicionamiento no dejaría de estar lleno de dudas e incertidumbres. Y es que, a pesar de la precisión y la claridad de estos sistemas satelitales, la sensación de encontrarme en un lugar que reclama más narración, más escritura y más vida terminaría imponiéndose.

 Posicionarse y tener sentido del lugar en que nos encontramos no es asunto fácil. Y más cuando no contamos, en esta isla del Caribe, con una ciudad. Incluso las zonas aburguesadas como Miramar no pasan de ser un ejercicio de urbanismo disparatado y defectuoso. Vivimos el producto de una planificación que optó por la división y la parcelación de la siempre incompleta totalidad. Y esa división, esas formas de distancia y enajenación, se escriben sobre los cuerpos que habitan como pueden la ciudad frustrada. Para corroborar esto sólo hay que atreverse a dar unos pasos en cualquier dirección.

Tomemos por ejemplo el cuadro que nos encontramos observando ahora. Se trata de una señora cuyo semblante denota que ha vivido muchos tiempos de distintos colores y matices. Mira hacia ninguna parte sentada en una mecedora de mimbre sosteniendo una tasa humeante de porcelana blanca en su mano izquierda. La casa es de una belleza impecable, como la taza y la cabellera blanca de quien la habita. Desde afuera uno se puede imaginar el alto techo del interior con terminaciones de madera y el decorado victoriano. Y eso es todo lo que se puede hacer. Y es lo que verdaderamente importa, imaginar. Porque esta casa es una propiedad privada en todos los sentidos. Las ventanas no se abren, se encuentran herméticamente cerradas y protegidas por esos barrotes que se inspiran en las rejas carcelarias. Hasta nosotros no llegan los olores que salen de la tasa humeante porque en ese lugar los aromas no circulan, también se encuentran atrapados. 

Hago esta observación a las 6:45 de la noche. A penas quedan unos pequeños rastros de la luz del día. Mencionar la hora es importante porque marca una transición. En esta zona, el cambio del día a la noche encierra una particular violencia. Es como si se produjera un apagón: de la luz a la oscuridad total. Pero esta oscuridad poco tiene que ver con los escasos postes que iluminan las calles durante la noche. Encierra un elemento más simbólico y mucho más siniestro. El espacio urbano, el lugar en que nos encontramos, cuyo nombre enfatiza la preciada localización que le permite mirar al mar, se desvanece con el advenimiento del crepúsculo. Miramar deja de existir cuando la oscuridad nocturna no le permite ver el mar. Tal vez sea por eso que se repite en muchas personas el anhelo de tener días más largos, tiempos de luz más prolongados.

Las fachadas de las propiedades son desiguales. La desigualdad en este caso se agradece. Toma la forma de variaciones, de edificios que guardan un parentesco pero que no se repiten. En una calle se mezclan la limpidez y el deterioro. Aquí las ruinas y lo impecable son contiguos, restos que se miran de frente. A través de las estructuras se aprecia el paso del tiempo, los efectos del salitre, la lluvia y las raíces que las recorren. Las paredes descoloridas que no han sido pintadas durante mucho tiempo poseen una belleza conmovedora. Se transforman en pieles que no maquillan sus imperfecciones. Por un momento se nos ofrece la posibilidad de creer que las historias no sólo se encuentran adentro, tras las ventanas, logrando convencernos de que hay incontables historias en las afueras, historias que se mueven según dicte la brisa proveniente del mar o la basura que se abandona en las aceras.

 

 

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