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Reflexiones sobre la calle

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Publicado: miércoles, 19 de julio de 2017

Cristina Pérez Díaz / Especial para En Rojo

 

1.

En el espacio suburbano de Trujillo Alto, salir a caminar no era posible. Al menos, no lo era para mí. La calle era peligrosa. Las aceras, invadidas por pastos enormes, reforzaban sutilmente el mensaje: no camines. De todo modos, había pocos lugares a los que llegar. Los que había, se volvían más lejanos porque estaban cerca del caserío. Covadonga era el reino del terror en mi imaginación infantil. De allí venían los tiros que escuchábamos a menudo en nuestro apartamento. La calle era el lugar donde te podían pegar un tiro. La idea del caserío como nicho de una violencia omnipresente se imponía en mi imaginario de la calle, haciendo de cualquier recorrido a pie por las cercanías de mi casa un reto a la muerte. 

En ese encierro paranóico que genera la narrativa de la violencia y sobre todo, de la calle, como el espacio donde el pobre despliega su violencia irreprimible, la calle no conectaba mi casa con el afuera. A la ciudad se accedía sólo en coche. A salvo de todo encuentro.

Tampoco la escuela me proveía una puerta de escape. El recorrido que determinó mi tránsito por la ciudad de lunes a viernes desde que tuve dos hasta los diecisiete años, conectó repetidamente el mismo punto. A (mi casa) con el punto B (mi escuela) por medio de un automóvil. Prescindiendo casi por completo de mis pies. (¿Qué tipo de cuerpo articula este trazo?) Estaba prohibido salir caminando del colegio. Por seguridad. A lo más, a riesgo de ser castigada, cruzabas el puente que conectaba el colegio con un pequeño centro comercial, donde podías darte a la aventura, limitada a tres opciones: Walgreens, Subway o Baskin n’ Robbins. Como la invitación no era terriblemente tentadora, yo me quedaba tranquilita dentro del colegio hasta que mi mamá me venía a buscar. Carro, tapón, casa. Y el resto del mundo: enmudecido o transmitido por televisión.

No fue hasta que estuve en cuarto año que la calle se me abrió un poco. Con la excusa de gestionar alguna actividad del Consejo de Estudiantes, me gané la libertad de entrar y salir a gusto. Descubrí que podía ir caminando al casco de Río Piedras: comenzaba tan pronto te atrevías a cruzar el portón posterior del colegio que nos protegía de esa zona de peligro. (Por esa libertad envidiaba a los estudiantes de la UHS y de la Central, tan cerquita de todo y con los portones abiertos.) Para mí fue una revelación, explorar a pie un casco urbano. Mis viajes, sin embargo, se limitaban a compras de chucherías, cuya búsqueda nunca me llevó tan lejos como la calle Amalia Marín, donde estaba La Tertulia. 

No es que las librerías me fueran ajenas. Desde niña con mis padres frecuentaba La Tertulia, Thekes, Borders y, cuando ya jangueaba sola por el Viejo San Juan, entraba con frecuencia a Cronopios. Pero el trayecto dependió siempre del carro, y por lo tanto de una voluntad que quisiera llegar hasta ese lugar específico. Los libros no llegaban a mí por algún mecanismo ajeno, aleatorio, inesperado, muchos menos cotidiano. Nunca un libro tuvo que ver con un traspié, con un despiste, con un paseo ocioso. Nunca tuvo que ver con un encuentro cuyo único motor es la búsqueda abstracta de uno mismo. Nada que ver con mi propio andar buscando mi ciudad propia.

Esa lejanía de los libros, para mí, tiene todo que ver con lo lejana que estaba la calle en mi experiencia suburbana, sobre protegida y un tanto paranoica. Tiene todo que ver con la incapacidad de salir a caminar y dar mis pasos a la errancia citadina. Tiene todo que ver con una violencia real y con una narrativa de la violencia imperante que hace de las pocas calles existentes una zona (metafísicamente) intransitable. 

 

2.

Un buen día amanecí en el Distrito Federal de México sin la más puta idea de qué hacer. Pero recién había cumplido dieciocho años y allí estaba con toda una ciudad por delante. Me vestí: camisilla blanca, malla color fucsia, mahones baggy, botas negras, el pelo teñido de rojo, la pollina cortita y cuadrada. Con esa armadura ligerísima, abrí la puerta de la casa y salí. 

Esa fue la primera sopresa. Podía salir a caminar. 

No llevaba mapa ni se habían popularizado todavía los teléfonos con GPS, lo que es más, mi celular ni siquiera tenía servicio en México. La avenida, con sus aceras casi del ancho de un callejón, se extendía a mi paso como si no pensara terminarse nunca. Después de ¿hora y media? decidí subirme a una guagua pública que me llevara de regreso al punto de partida en el sur de la ciudad. La estrategia había sido simple: caminar por una sola avenida para después volver sobre mis pasos. Al subir le pregunto al chofer si va a Tlalpan, me dice que sí, pago mi pasaje y sigo. Al cabo de ¿cuarenta y cinco minutos? le pregunto si falta mucho para llegar a Tlalpan y ahora me dice que eso quedaba en la otra dirección, que estábamos en el centro de la ciudad. 

Me bajo, y ya que estaba perdida, me fui a perder más. 

(Parada en el medio de quién sabe dónde, lo que más me impactó fue el sonido de la urbe prolongándose a mi alrededor. Como mil pájaros de metal. Digo “cómo” , porque todo era, a lo más, similar.)

En la ciudad de México hay toda una capa densa de vida que se sucede en las aceras. En las vitrinas de algunas tiendas del centro se exhiben trajes de quinceañeras. Coloridos e inverosímiles, exponen todas las ilusiones de la fiesta, como si la muchacha detrás del vestido fuera sólo la excusa para portar la tela. Toda la fantasía está puesta en los colores vibrantes, el brocado, los encajes, y el sueño se cose en la falda enorme del vestido, en donde caben todos los buenos amores que la fiesta quiere augurar. Las calles de la ciudad son como esos vestidos, superficie sedosa del voyeur.

Yo, cual enamorada adolescente, quería apropiarme de ella, al tiempo que me intimidaba la agresividad con que la ciudad parecía caerme encima. Recibía con mirada recelosa y a la vez perpleja cómo se me lanzaban visiones y olores infinitos: 

de tacos, elotes, tamales, tlacoyos, de mango y piña con chile, de jícama o pepino con chile, de panes dulces, ensaladas de fruta, fresas con crema, pósters, discos de música, ¡BIBLIOTECAS PÚBLICAS!, licuados de mamey, gelatinas de yogurt, olor de churros rellenos de cajeta y las inverosímiles gelatinas de agua con flores en su interior, exhibiciones fotográficas en la calle, un centro cultural aquí, un cine acá, el videoclub, la dudosa crema de concha nácar, colecciones de rock latino o nueva trova piratas por un dólar, todas las películas piratas, cine de arte pirata, versiones infinitas de la misma artesanía, los muñecos zapatistas, el olor del copal, la sorpresa efímera de un mazapán de cacahuate, esos dulces de amaranto que se llaman alegrías, los Gansitos Marinela, el café de olla, el misterio de las pulquerías, el unicornio que es la Cineteca Nacional, el gran milagro de las quesadillas de hongo, de huitlacoche, de flor de calabaza, de una salsa picante como dios manda, el silencio de los rosales en los parques, las bugambilias explotando sobre los muros de las casas, esos muros enormes que las cubren, el organillero en la plaza, el extático mantecado de mamey, la rabia de los protestantes en el zócalo, el desconcierto de unos tambores guerreros a un costado de la catedral, la mirada insostenible de una mujer indígena descalza con niño colgado del huipil, y luego miel de Cuernavaca, cigarrillos Alitas sin filtro en papel de arroz, edificios monumentales, un montón de revistas, tantos libros. 

Por mi lista se puede adivinar que en principio la ciudad iguala distintas categorías de existencia en la misma masa informe y enorme. Es evidente también que engordé unas cuantas libras. Pero lo que importa ahora son los libros. Yo, paleta de sandía con chile piquín en mano, caminaba y entre las muchas cosas que salían a mi encuentro estaban siempre los libros. Libros en las calles, calles que llevan a libros. En kioskos de revistas en las esquinas, usados o piratas en alguna acera, o pasas de imprevisto por alguna librería de viejo y allí están, incitando con su voz silenciosa, a ver si te asomas, alguna joyita llena de polvo salta a la vista y te la llevas por unos pocos pesos. También caminando por ahí llegas a una de las librerías grandes, la del Fondo de Cultura Económica, Ghandi, el Péndulo, el Sótano, etcétera. (Los mexicanos dirán que los mexicanos no leen, que casi no hay librerías, que qué barbaridad, pero mi visión de extranjera era otra. Para mí aquello era el paraíso, y una bofetada en la cara: tienes todo por leer.) 

En la Ciudad de México, por primera vez, fueron los libros los que me asaltaron –violencia exclusivamente metafórica. Se volvieron parte del tránsito cotidiano, íntimamente ligados con el acto de caminar por la ciudad. Y eso los acercaba. Podía salir de la librería y sentarme inmediatamente en el parque a leer, había cafés por todos lados, donde podía pasarme horas leyendo y escribiendo en mi libreta, tomando capuccinos y fumando aquellas Alitas sin filtro que ya no se fabrican más. Placeres que, si bien extras, no son pura parafernalia. Mis piés novatos calcando sus trazos sobre una ciudad que se multiplica, se tropezaron con todo lo que no estaba buscando. La gran sorpresa, tropezarse con libros.

 

3. 

¿Qué pasa cuando no hay, propiamente, calle? Y en Puerto Rico (casi) no la hay, en dos sentidos. Primero, que la mayor parte del país vive dentro de trazos rurales y suburbanos; segundo, que incluso en los cascos urbanos donde puede caminarse, la calle está, para muchos, tomada por (el imaginario) de la violencia. 

Me interesa pensar cómo esa carencia de la calle y esa presencia de la violencia afecta la manera en la que los libros circulan y llegan o no llegan a la gente. Cómo esos factores determinan que el circuito de los libros esté restringido a las escuelas y universidades y a las casas en donde ya hay padres o familiares lectores. Y qué tipo de cuerpo ciudadano, qué divisiones de clases sociales y privilegios, crea un trazo urbano en el que los libros tienen tanta dificultad para llegar a los lectores. Y cómo la violencia y la narrativa sobre ella afectan todos los aspectos de nuestra vida, hasta los que parecen más nimios y más ínfimos, como el acto de leer. 

Todavía más. Si tomamos el libro como un fenómeno propiamente urbano, y lo es. Si el placer del encuentro con los libros tiene mucho que ver con la posibilidad de encontrarte con la urbe y con la libertad de tropezarte con lo que nadie te ha impuesto, y en última instancia contigo misma. Si la vida de las librerías y los cafés y los traficantes de libros, de las bibliotecas públicas, los clubes de lectura y los centros culturales son fundamentales para cultivar de un cuerpo ciudadano, tanto como lo son las escuelas y universidades –y quizás más. Si sólo los libros producen escritores. Si...

La calle, me parece, hay que pensarla como una de las tecnologías del libro. 

 

 

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