Opinión / Siete días

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El ébola se alimenta del pasado

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 14 de octubre de 2014

África vive una nueva tragedia, la del ébola, un virus que mata y que se propaga con gran facilidad. Las imágenes que llegan de un grupo de países del oeste africano –Sierra Leona, Guinea, Liberia y Nigeria– erizan la piel. La gente literalmente muere en las calles, como los animales realengos, o languidece en sus casuchas esperando la muerte. Los sistemas de salud, insuficientes y precarios antes del brote epidémico, ahora no existen. Ya pasa de cinco mil la cifra oficial de muertos y todo indica que el número aumentará de manera exponencial durante los próximos meses porque con cada enfermo se contagian docenas en su entorno.

El mundo mira con estupor, pero pocos ayudan. Además de las organizaciones no gubernamentales de tipo humanitario que trabajan en la zona, como la siempre solidaria Médicos sin Frontera, sólo Cuba y un puñado de otros países han enviado ayuda real. En el caso cubano el apoyo no sorprende porque desde que la Revolución nació en 1959 la solidaridad ha sido la norma.

En el resto del mundo, particularmente en la cercana Europa, prevalece el mirar desde lejos. Un caso ocurrido en España –el contagio de una trabajadora que atendía a un enfermo llegado de África– recibe más ayuda de la Unión Europea que la enviada a decenas de miles de africanos que esperan la muerte.

No faltará quien desde alguna plaza europea mire hacia África y piense que esas escenas de extremo subdesarrollo –que la crisis del ébola ha expuesto a niveles casi macabros– son hechura de los propios africanos. Ése es el resultado de sus incapacidades, pensará, de sus guerras internas y sus peleas. Que se las arreglen como puedan, dirá.

La historia, sin embargo, señala otra cosa en cuanto al origen de los terribles problemas que enfrentan los africanos. Durante milenios, los imperios europeos han explotado a todos los continentes del globo terráqueo, pero entre todos ellos sobresale África. Porque está más cerca y era más indefensa, el saqueo sufrido por este continente sobrepasa todos los niveles pensables de la brutalidad humana.

Hasta el siglo XV la relación de Europa con África fue mayormente comercial, incluyendo una limitada trata esclavista. A partir de ese siglo, cuando Europa comenzó a explotar los grandes territorios americanos recién descubiertos, África proveyó la mano de obra para que los europeos acumularan capitales en sus nuevos dominios. Las colonias británicas de Norteamérica llenaron de riqueza a los colonos gracias al trabajo de los africanos. Lo mismo ocurrió en las colonias francesas y españolas del Caribe y en el Brasil portugués. En el resto de Centro y Sur América los esclavos africanos no fueron tan necesarios porque estaban sus pares indígenas, que también fueron esclavizados.

Durante tres largos siglos, millones de africanos fueron cazados igual que los animales y trasportados como tales hasta la lejana América, para que murieran trabajando para algún amo europeo. Debido a ese tráfico inhumano y cruel, que la religión de los europeos aprobaba, África perdió una parte sustancial de su población y muchos pueblos huyeron de las costas, provocando guerras y serios conflictos étnicos al interior del continente. Ese tráfico hizo posible que Europa creciera y acumulara capitales. Sus ciudades se embellecieron con el sudor y la sangre de los africanos.

El fin del tráfico esclavista en el siglo XIX no representó ningún alivio para África porque fue rápidamente sustituido por la explotación colonial, esta vez en los propios territorios africanos. Ya no los cazaban para trasportarlos a América, ahora trabajarían para los europeos explotando los recursos de sus propias tierras.

África fue dividida como si fuera un bizcocho. Los británicos se adjudicaron el sur por ambos lados del continente y muchos otros trozos en el centro y el oeste; franceses y portugueses engulleron grandes pedazos por todos lados, y hasta los belgas, que en Europa no tenían gran presencia, se apoderan del enorme territorio del Congo. Esas apropiaciones no siguieron ninguna lógica poblacional ni étnica. Las fronteras de estas nuevas posesiones siempre fueron arbitrarias, negociadas en alguna capital europea e impuestas a los africanos a la fuerza. Esa división absurda de territorios provocaría en el futuro –todavía los provoca– sangrientos conflictos étnicos y es uno de los factores que explica el continuado subdesarrollo africano.

Cuando los colonizados, luchando a sangre y fuego y superando sus propios conflictos étnicos, conquistaron la independencia de sus pueblos, recibieron países devastados, con mínima infraestructura y grandes necesidades. Durante toda la etapa colonial que, en la mayoría de los casos terminó en la segunda mitad del siglo XX, casi el otro día, los imperios europeos se limitaron a sacar riquezas. Los sistemas educativo y de salud no se desarrollaron más allá del mínimo que la explotación colonial requería. Lo mismo ocurrió con la infraestructura física y con el desarrollo institucional que todo país moderno requiere.

Ésa es la razón por la que África no está preparada para enfrentar crisis sanitarias como la del ébola. La huella que dejó el colonialismo, que luego repercutió en terribles conflictos étnicos y en guerras, dado el trazado arbitrario de fronteras, todavía sigue muy presente. Y los creadores de ese cuadro, los que explotaron a los africanos casi hasta chuparles los huesos, miran desde lejos, con cara de pena porque siguen siendo muy religiosos, a los hombres y mujeres que mueren en las calles. Que se las arreglen como puedan, piensan aunque no lo dicen.

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