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Una parada en Venezuela

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Por Arturo Massol Deyá

Publicado: martes, 9 de enero de 2018

Si previo a llegar te cuestionan ‘para qué vas’ y estando allí te cuestionan ‘qué haces aquí’, sabes que has llegado a un lugar diferente en un tiempo especial.

Llegar a la Gran Caracas representó para mí una parada personal de asuntos por dilucidar con amores ocultos y giros humanos que bien podrían servir para un guión de telenovela venezolana. Ni Diego de Lira, el pasado rey de las promociones de WAPA TV, tendría que invocar mucho de su ingenio para competir por el rating. Pero eso será, en su momento, otro texto. Lo importante fue llegar tras conseguir una complicada visa turística (“Es la política de la reciprocidad”, me explicarían luego) y perder el vuelo de Nochebuena.

Al mediodía del día de Navidad, junto a María de las Mercedes, tocaría suelo venezolano. Una gigante terminal virtualmente desocupada ya anunciaba el aislamiento que se agudiza de afuera para adentro y de adentro para fuera. Venezuela está en guerra. La confrontación e intervención política reina en una sociedad en transición con polos bien definidos entre chavistas y escuálidos. 

Con el paso de los años, la pobreza disminuye mientras los ricos ya no son la clase privilegiada y de exclusiva protección. En esta marea, la antes meca suramericana del turismo desapareció, al menos por lo pronto, y la riqueza del petróleo ya no está al servicio exclusivo de una minoría privilegiada. Por otro lado, la democracia electoral, con un sistema de votación electrónico incluyendo huella digital para prevenir el fraude, se instauró para garantizar el reclamo popular. Y ese reclamo consecuentemente idealiza a una figura cuyo nombre sustituye al esperado de un ideal. Somos chavistas -como los cristianos a Cristo- afirman y reafirman muchos. El Nuevo Testamento es la Constituyente, donde se esbozan los derechos y las responsabilidades. Ahora hasta el más pobre los conoce y los reclama, un paso de avance. 

Por su parte, los escuálidos o la oposición son como una especie de derecha clasista que no vive feliz en una democracia que no los elige a ellos para gobernar a favor de sus intereses. Y es que los pobres son más y ganan las elecciones sobre los más pudientes que insisten en acaparar la riqueza venezolana. La oposición no parece presentar propuestas ni reformas, sólo plantea derrocar al Estado. No hablan del acceso a la educación, ni a la salud o a la vivienda digna. En su lugar, organizan y subsidian güarimbas callejeras (escaramuzas y violencia) para desestabilizar el País. Pero esta estrategia también parece fracasada, no sin antes costar numerosas bajas: puentes dinamitados, sabotaje de servicios, conflictos entre vecinos, soldados, policías y ciudadanos quemados o asesinados al igual que cientos de modernos autobuses y camiones de mantenimiento eléctrico. Recordar acá en Puerto Rico el pasado 1ro de mayo, cuando una masa muy enojada por el robo público rompió ‘cuatro’ cristales en la zona bancaria trae a la vista la enorme hipocresía e inconsistencia analítica, la manipulación y puritanismo mediático, político y social de los que somos víctimas.

En Caracas, no pisamos cuarto de hotel. La visita tenía incluida una habitación en la casa de Yoaní y Diego. Con su gentileza, vivimos, conocimos, investigamos un pasado y sufrimos la realidad actual. Creo que si fueran ellos los que nos visitaran en Puerto Rico, podrían decir las mismas cosas: “¡Pero Diego, cuidado con los hoyos!”, advertía Yoa a cada vuelta. Qué dirían si manejaran por nuestras carreteras en Puerto Rico, me decía calibrando la hipérbole de su lamentación. Las colas para sacar ‘reales’ de máquinas ATH estériles era pan nuestro de cada día como acá tras el paso del Huracán María. Pero si, desde afuera, devaluaran el dólar virtualmente a unos centavos, ¿no serían acá igual de inservibles? Es todo secuela de una misma guerra económica en progreso.

Otras colas inmensas son igual de visibles cuando los bachaqueros se movilizan -prevenidos de antemano- para acaparar productos regulados. Los bachaqueros son principalmente gente humilde que hace largas colas aquí y allá para comprar y acaparar productos básicos a precios de quemazón. Mejor que trabajar, hacer estas filas genera mayor rendimiento con la reventa de los productos a precios de explotación, puro salvajismo capitalista. 

Tras un fallido intento de Golpe de Estado en el 2002 y la oposición perder continuamente las elecciones, se acentúa ahora la trinchera de esa guerra económica. Los precios regulados para alimentos de la cesta básica son medidas del Estado para asegurar la alimentación. Sin embargo, el bachaqueo quiebra su finalidad. La hiperinflación es, hoy por hoy, el arma de destrucción masiva de una intervención externa con la asistencia de una oligarquía nacional que bombardea las calles venezolanas con sus estrategias económicas. Las víctimas colaterales son todos menos aquellos con acceso al dólar que, en el mercado negro, permite un cambio privilegiado. Si un turista usara su visa para comprar una cuarta de jamón cocido estaría recibiendo una factura de $36. Mari hizo el experimento y le costó. No hay turista que resista. Sin embargo, con el cambio entre cuentas de venezolanos con acceso al dólar la historia es diferente. Ese jamón habría costado medio dólar. La oligarquía está privilegiada con la especulación de ‘Dollar Today’ en el mercado ‘negro’. En las tiendas nadie rotula los precios. Catalizan el robo ‘a mano armada’ elevando los precios de los productos a capricho. Hoy es uno, mañana otro. Dos, tres, ocho hasta 100 veces más que el día anterior. 

“¿Ves esta margarina?”, me preguntó Yoaní saliendo al comedor desde la cocina donde nos preparaba una tradicional arepa venezolana. Era parte del ritual para completar la etapa de bienvenida. “En octubre pagué 4,000 bolívares. Luego la vi en 11,000 y ahora a finales de año está en 110,000”. A no ser por su peculiar habilidad de hacer cuentos con gran humor, aquello sería para echarse a llorar.

Se ahoga a un pueblo entero y se bombardea cualquier esfuerzo del Gobierno para enfrentar la embestida económica. El último día de 2017, el presidente Maduro anunció otro aumento de 40% en el salario nacional y ya al día siguiente se esfumaba con aumentos en las mercancías del sector privado sin justificación alguna. Parecería como si la intención final de la oposición fuera que el salario promedio mensual no alcance ni para un desayuno, apostándole al hambre como ‘chantaje democrático’ para lograr un cambio de gobierno.

En contraste, ¿qué define lo ridículo? El precio de la gasolina. Con el equivalente en bolívares a dos décimas de centavo de dólar fue suficiente para llenar el tanque con 30 litros de combustible. Subimos el Cerro Ávila a pie y luego en el teleférico, las escalinatas del Calvario, andamos tranquilamente las calles de la ciudad, trepamos a diario el techo de la casa de Yoa y Diego para ver en el paisaje una ciudad con contrastes entre cerros y colinas sobrevoladas por mandas de guacamayas. Mientras los cerros albergan los ranchos o favelas, a los asentamientos de clase media y alta en geografías análogas se les llaman colinas. Visitamos el Hospital Vargas, donde se iniciaron los acontecimientos de una novela venezolana por escribir. Vimos la universidad pública municipalizada con pequeños recintos satélites que permiten una oportunidad educativa para muchos en más partes del territorio. Centros de Diagnóstico Integral por doquier y Barrio Adentro en los cerros marcan una gran diferencia en el acceso a la salud en comparación con el pasado. Las misiones de miles de médicos cubanos complementan este esfuerzo que incluye ya una transición para una clase médica nacional venezolana. El ‘gentrification’ que desplaza a la clase media y pobre en muchas partes de Estados Unidos o Puerto Rico se da allá más bien a la inversa. Se han construido casi dos millones de nuevas unidades de vivienda en zonas urbanas, donde los pobres ahora viven al lado de los ricos y alejados de los cerros. Esto no le gusta a las clases pudientes, como tampoco les gusta que modernos teleféricos y trenes livianos transporten a su gente desde las favelas a zonas adyacentes a centros comerciales privilegiados y otros espacios urbanos. Son muchos los choques que arden en una especie de herida social que no cicatriza. Pero, ¿por qué no? El choque es necesario.

Un proceso de cambio social se ha gestado con las reglas de la democracia electoral. De pronto, para unos, sus resultados son inválidos por razones incomprensibles y justificando así una intervención externa. Afirman que hay que devolver la democracia a Venezuela. ¿A qué se refieren? ¿Cómo sería Venezuela sin obstrucción externa? ¿Será posible una reconciliación? Entre dos polos, una respuesta afirmativa parecería inalcanzable. Por lo pronto, la ruta por delante sigue cuesta arriba previo a que el encanto de una Venezuela sin guerra reabra de adentro para afuera y de afuera para dentro. Esta parada sigue pendiente para muchos, yo querré volver antes. 

 

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