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Otra mirada a la antillanidad

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Por Felix Ojeda Reyes

Publicado: martes, 9 de enero de 2018

Los dirigentes políticos y militares de las guerras independentistas cubanas del siglo diecinueve no fueron capaces de promover posiciones coherentes de solidaridad entre las islas del Caribe. Así lo informa el distinguido historiador cubano Ramón de Armas –ya fallecido. Y esa es una verdad histórica que no podemos ocultar. Lo opuesto sería dejar tales asuntos en manos de nuestros enemigos, capaces de adulterar los registros de la historia para sacarles el mayor provecho político. Reitero entonces que en la Cuba de aquella época había pocos abanderados de la antillanidad, ese sentimiento revolucionario que tiene su manifestación más concreta en la aspiración de enlazar y confederar a todos los países de las Antillas.

He mencionado este asunto, pero debo informar también que hubo honrosas excepciones. La primera es José Martí, Apóstol de la Independencia de Cuba. La segunda es Antonio Maceo Grajales, figura emblemática del movimiento revolucionario antillano. Y la tercera excepción que quiero aludir es la del dominicano de nacimiento, pero cubano por devoción, Máximo Gómez Báez.

Nadie puede poner en duda que el revolucionario dominicano era un guerrero audaz. Una y otra vez Gómez le ofrecería a Puerto Rico su espada de libertad para iniciar la guerra contra el coloniaje español. Pero si decir Gómez es decir solidaridad entre las Antillas, lo mismo se puede decir del Dr. Ramón Emeterio Betances, a quien con tanta justicia se le ha llamado Padre de la Patria puertorriqueña. 

El 24 de febrero de 1895 el patriotismo cubano inicia una nueva guerra de independencia. Gómez le infundiría aliento a una campaña insólita: la política de la tea incendiaria. Las llamas de la revolución destruirían las siembras del tabaco, el latifundio azucarero, las haciendas del café, el lujo y las riquezas españolas. Valiéndose de la tea Cuba trató de poner en marcha la doctrina de la no rentabilidad del coloniaje. Si la provincia dejaba de ser productiva, España se vería obligada a desocupar su territorio. Pero el autor de aquella extraña cruzada no tenía propiedades en Cuba. Escuchemos a Gómez exponer sus motivos para creer justa la política de la tea:

cuando puse mi mano en el corazón adolorido del pueblo trabajador y lo sentí herido de tristeza, cuando palpé... alrededor de toda aquella asombrosa riqueza, tanta miseria y tanta pobreza moral; cuando todo esto vi en la casa del colono, y me lo encontré embrutecido para ser engañado, con su mujer y sus hijitos cubiertos de andrajos y viviendo en una pobre choza, plantada en tierra ajena, cuando pregunté por la escuela y se me contestó que no la había habido nunca... entonces... me sentí indignado... y en un instante de coraje... exclamé: ¡Bendita sea la tea!

Ramón Emeterio Betances estuvo al lado de Gómez en todo momento, infundiéndole aliento desde París a la insólita campaña. Ahora bien, el 7 de diciembre de 1896 tropas españolas abrieron fuego contra una columna insurrecta. El general Antonio Maceo se desplomó de su caballo. Junto a Maceo caería también el joven Francisco Gómez Toro, hijo del general en jefe del Ejército Libertador. Deplorando aquella terrible desgracia Gómez le escribe a la viuda de Maceo una carta admirable:

Mi buena amiga: Nuestra antigua amistad... acaba de ser santificada por el vínculo doloroso de una común desgracia. Apenas si encuentro palabras con qué expresar a Ud. la amarga pena y la tristeza inmensa que embargan mi espíritu. El general Antonio Maceo ha muerto gloriosamente sobre los campos de batalla... Con la desaparición de ese hombre extraordinario, pierde Ud. el dulce compañero de su vida, pierdo yo al más ilustre y al más bravo de mis amigos y pierde en fin el Ejército Libertador a la figura más excelsa de la Revolución.

Algunos renglones más adelante, Gómez añade que a esa pena se le unía la pena cruelísima de su hijo Francisco Gómez Toro, caído junto al cadáver del heroico guerrero y sepultado con él, en una misma fosa, “como si la Providencia hubiera querido con este hecho conceder a mi desgracia –dice Gómez-- el triste consuelo de ver unidos en la tumba a dos seres cuyos nombres vivieron eternamente unidos en el fondo de mi corazón. Ud. que es mujer; Ud. que puede –sin sonrojarse ni sonrojar a nadie--, entregarse a los inefables desbordes del dolor, llore, María, por ambos, por Ud. y por mí, ya que a este viejo infeliz no le es dable el privilegio de desahogar sus tristezas íntimas desatándose en un reguero de llanto.

Enfrentado a la cruel y triste noticia el Dr. Betances también le escribe a la viuda de Maceo enalteciendo al que fue grande en la batalla, grande en el consejo, grande en el patriotismo, “y que con la punta de la espada inscribió en la tierra cubana, de una punta a otra de la isla, su nombre imperecedero...”

Si en verdad queremos darle nombre a la antillanidad recordemos que cuando se exhuman los restos de Maceo y de Gómez Toro el general puertorriqueño Juan Ríus Rivera dicta impresionante discurso. Dos pequeñas cajas, elegantes, sencillas, se colocan dentro de una mayor que guardaría los restos del general Antonio y de su ayudante Francisco Gómez Toro. Los textos escritos en cada caja fueron cuidadosamente redactados por el periodista puertorriqueño Sotero Figueroa Fernández. La boricua Lola Rodríguez de Tió, amiga y admiradora de Máximo Gómez, también se hallaba presente.

Si he hablado de Gómez y si he hablado de Maceo es para informar que el Instituto de Historia de Cuba ha iniciado un proyecto historiográfico de extraordinaria importancia para toda la región Caribe: la publicación de las Obras Completas de los generales Máximo Gómez Báez y Antonio Maceo Grajales. Y para nosotros es un honor extraordinario trabajar al lado del presidente del Instituto de Historia de Cuba, René González Barrios, en el Proyecto Gómez-Maceo. 

Nos sentimos hijos de Martí y de Céspedes, de Betances, Gómez y Maceo, pero también de Mariana Grajales Cuello, Bernarda Toro Pelegrín, Antenor Firmin, Hostos, Luperón y de todos los grandes libertadores de nuestra región, hombres y mujeres que tenían, entre muchas otras, las pasiones de la independencia y la solidaridad entre nuestros pueblos. “Pasiones estas que le permitían caminar sin desfallecer, construir donde se pudiera construir, conspirar donde hubiera que conspirar, hacer acopio de fuerzas, mendigar recursos, predicar, suplicar, debatir, combatir y, si derrotados, empezar de nuevo por donde se pudiera empezar, en un peregrinaje que sólo podía tener fin el día que les alcanzara la muerte, en el triunfo o en la derrota, pero siempre en brazos de nuestras patrias agradecidas”.

 

Palabras de apertura. “Simposio Internacional. La Revolución Cubana: Génesis y desarrollo histórico”. Palacio de Convenciones. La Habana, Cuba, martes 24 de octubre de 2017.

 

Referencias:

1. Ramón de Armas. “Máximo Gómez en la vanguardia revolucionaria antillana”. Anales del Caribe. La Habana. Año V. Núm. 13, 1989.

2. Juan Bosch. El Napoleón de las guerrillas. República Dominicana, 1982. 

3. José Luciano Franco. Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida. Tomo III. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1973.

4. Papeles de Maceo. Tomo II. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1988.

5. Lola Rodríguez de Tió. Obras Completas. Tomo IV. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1971.

6. Félix Ojeda Reyes. Peregrinos de la libertad. Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1992.

7. Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade. Betances. Obras Completas. Vols. I-X. San Juan: Zoomideal, 2017.

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