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Inmigración: la cara de un fascismo a lo Trump

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Publicado: miércoles, 27 de junio de 2018

Por Luis Manuel Arce

 

Lo que ha sucedido por iniciativa del gobierno del presidente Donald Trump con los niños inmigrantes separados a la fuerza de sus padres, recuerda mucho lo que ocurrió con los infantes judíos en el gueto de Varsovia a inicios de la II Guerra Mundial y en otros lugares de población judía. 

Han pasado casi 80 años de aquellas escenas en la capital polaca –reproducidas en tantas películas– en las que los niños judíos eran separados de sus progenitores por las temibles Schutzstaffel (SS), y entre llantos y angustia veían como sus padres y madres eran metidos a la fuerza en vagones del ferrocarril para llevarlos a campos de exterminio en Treblinka. 

Lo que distingue aquella aberración nazi con los niños judíos de esta otra con los centroamericanos es que en Estados Unidos no hay un Treblinka para masacrar a los padres, y en lugar de cámaras de gas los matan de angustia al separarlos de sus hijos.

 La tolerancia cero respecto de inmigrantes centroamericanos y mexicanos tiene igual fundamento político e ideológico que el fascismo de Hitler y como en el nazismo predomina el mismo sentimiento supremacista y discriminador que servía de base al slogan de la superioridad aria.

 Primero con la creación de ghettos, y luego con los campos de exterminio como el de Oswiecin (Auswitz), Adolfo Hitler proclamó preservar la sociedad aria de una contaminación judía sobre la base de criterios maximalistas, como Trump pretende con la construcción de un muro en la frontera con México como si aislar a su propio país de los vecinos más cercanos fuera la solución de un problema migratorio con raíces tan profundas. 

“Estados Unidos primero”, la consiga nacionalista predilecta de Trump, es lo más parecido a los fundamentos del nacionalsocialismo de aquella Alemania aria nacida para dominar el mundo por los poderes atribuidos a esa etnia, los cuales condujeron a la II Guerra Mundial con todas sus malas consecuencias y secuelas que han llegado hasta nuestros días.

 La diferencia entre Hitler y Trump no es muy exagerada ni está precisamente en los niveles de inteligencia de uno y otro, sino más bien en que el fascista alemán odiaba a todos los judíos, incluidos los sionistas, mientras que el neonazi norteamericano es protector de Israel y su principal aliado en las masacres de palestinos y el expansionismo que seguirá sembrando muertos en los territorios árabes ocupados por el sionismo.

 Aunque parezca insólito, en Washington y Tel Aviv con Trump y Nentayahu han convergido hermanados dos dogmas y conceptos ideológicos racistas que chorrean sangre, sudor y lágrimas: el fascismo y el sionismo, una mezcla aterradora.

 Hay un trágico contraste entre lo ocurrido en el gueto de Varsovia y la matanza de palestinos desde la franja de Gaza a quienes francotiradores israelíes cazaban como conejos, incluidos niños y madres.

 Con la separación violenta de sus padres de unos seis mil niños centroamericanos, según cálculos imprecisos, Trump ha ido tan lejos como Herodes cuando inició la cacería a muerte del niño Jesús.

Las imágenes de rostros desesperados y miradas de pánico de miles de criaturas indefensas, los llantos, quejidos y agonías rogándoles a no se sabe quién que los lleven de vuelta con sus padres, ha destrozado el alma hasta de los más insensibles en todo el mundo y al mismo tiempo ha retratado de cuerpo entero a Trump y su pandilla de racistas.

 Esta vez el hombre blanco millonario, hijo de la inmigración como la aplastante mayoría de los norteamericanos que invadieron ese país, despojaron de sus tierras a los grupos étnicos que las poblaban y robaron más de la mitad de México, incluidas las zonas de mayores riquezas naturales y fertilidad, fue demasiado lejos.

 Aturdido o temeroso del volcán social que desató con sus medidas hitlerianas, intentó dar marcha atrás cuando ya era virtualmente imposible reunificar a las familias con niños disgregados e incomunicados en numerosos estados, víctimas irreversibles del maltrato, el abuso sexual y otras horribles penurias. 

Tal vez temeroso de sufrir un final semejante al de Herodes, Trump inculpó a los demócratas al revocar su orden de tolerancia cero contra los inmigrantes aprovechando las flaquezas de un partido que también maltrató descomunalmente a los inmigrantes y el gobierno del expresidente Barack Obama batió récord en las deportaciones.

 El fenómeno de la inmigración, que no es único de América Latina, es parte intrínseca de la decadencia de un régimen social que ha profundizado con su política de saqueo el hambre, la pobreza y las enfermedades en el mundo periférico de las grandes potencias económicas y militares.

 Esos desarrapados, cuya situación la agravan más las guerras y la violencia extrema, ya no pueden ser contenido dentro de sus propias fronteras y buscan desesperadamente refugiarse en los lugares que consideran más seguros para ellos y con más posibilidades de sobrevivir.

 El miedo a la guerra es tan aterrador, la pobreza acumulada es de tal envergadura, y es tan arraigada la visión de que cualquiera puede convertirse en un millonario porque la propaganda les inculca ese credo, que es lógico que sus miradas se dirijan a una Europa que consideran opulenta, y a un Estados Unidos que se precia de ser el país de las maravillas.

 Un supermillonario como Trump, con un cerebro poco acostumbrado a pensar y un alma como páramo y misógina, difícilmente asimile el clamor de una madre que le ha sido arrebatado su hijo, o el llanto de un niño al que la fuerza bruta ha separado de sus padres.

 

Reproducido de: www.alainet.org

 

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