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Desde la Sala

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Perfil de Autor

Por Laurie Garriga

Publicado: miércoles, 11 de enero de 2017

Laurie Garriga

 
 

Hace cuatro años, mientras cursaba una maestría en Literatura española en Madrid, comencé a visitar archivos personales de escritores que se exiliaron antes, en y durante la Guerra Civil (1936-1939). Enamorada como estoy de las ruinas y los secretos, vuelvo siempre al lugar del crimen. Es decir, a escudriñar, descifrar y construir –a través de correspondencia y páginas sueltas– una comunidad de exiliados en América.

No es una novedad hablar del exilio español en Puerto Rico: desde Pablo Casals hasta Federico de Onís y un Nobel de por medio (Juan Ramón Jiménez). A estas fechas, tanto años después de Franco, seguimos en la isla custodiando voces y papeles de muchos expatriados españoles con sus muchas historias, nuestras también, sin lugar a dudas.

Hace algún tiempo visité la Sala Zenobia Camprubí-Juan Ramón Jiménez en la Universidad de Puerto Rico. Buscaba un libro y por equivocación di con un cartapacio con muchísimos papeles de la estudiosa española Aurora de Albornoz. Me sorprendió reconocer su nombre y que ya en varias ocasiones, estudiando a los escritores de posguerra, había leído algunos ensayos suyos. Es más, recordé cuando una profesora en Madrid me dijo, al enterarse de que soy puertorriqueña, que Aurora de Albornoz amó a mi país y que sus cenizas fueron depositadas en el Viejo San Juan. Encontré fotos, artículos, cartas entre ella y la antigua bibliotecaria de la sala (Raquel Sárraga) y recortes de periódicos en ocasión de su muerte. Filólogos con sillones en la Real Academia le rendían homenaje a Albornoz y hablaban de su extensa aportación al campo de las Humanidades y a los Estudios Hispánicos. Todos mencionaban a Puerto Rico al hacer capítulo de su vida y de su formación.

Algunos sobres más tarde encontré su currículum vitae; el resumen de una vida peripatética. Nacida en Asturias en 1926, se exilió con su familia a Puerto Rico cuando era adolescente. Realizó sus estudios de bachillerato y maestría en Literatura Hispánica en la Universidad de Puerto Rico, bajo la tutela de Margot Arce de Vázquez, Juan Ramón Jiménez y Federico de Onís. Dictó cátedra por muchos años en la UPR (luego en España) y contrajo matrimonio con el también exiliado y Decano de la Facultad de Humanidades, Jorge Enjuto. Colaboró con guiones para la radio y la televisión puertorriqueña y española; dirigió la sección de Literatura del Ateneo y publicó varios tomos de poesía. Con una beca de la Universidad estudió dos años en la Sorbona y se doctoró en Salamanca en 1969. Para finales de los años 60 se estableció en Madrid, y allí muere en junio de 1990. 

Gran parte de su trabajo lo dedicó a compilar la obra de Antonio Machado. Además, publicó investigaciones sobre la poesía de César Vallejo, José Hierro y Rafael Alberti. Al momento de su muerte preparaba un estudio sobre el gran poeta nuestro Luis Palés Matos.

“Siempre tuve la impresión de que Aurora era mujer de estar intensamente en una sola parte y por eso me resisto a pensar en ella como ‘puente’, entre Puerto Rico y España”, recordaba en Claridad, Arturo Echavarría.

A estas alturas no debió haberme sorprendido encontrar la copia de su testamento en la sala ni tampoco la mención de Puerto Rico en sus hojas: “he decidido legar en mi testamento la mayor parte de mis libros (concretamente los de poesía y crítica literaria) a la sala Zenobia -Juan Ramón Jiménez de la Biblioteca General de la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras)”.

Creo fielmente que siempre se vuelve a lo que se ama o quizás nunca se deja. He visto pocos casos en que se abracen tan intensamente las querencias como lo hizo Aurora de Albornoz o tal vez como la misma sala Zenobia detenida y contenida en el tiempo y en el amor.

 

El texto original, publicado en Diálogo Digital, ha sido ampliado y alterado

 

 

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