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CUENTO: El gordo Remington

The Love Call
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Publicado: martes, 9 de enero de 2018

Flavia Hoffman Rivera

 

Remington quería pintar alguna batalla pero aquí no pasaba nada que no fuera una garza blanca y el tiempo. Se había lastimado un tobillo en algún escarceo cayendo más por su propio peso y el fango que por fuego enemigo. Los enemigos aquí, en esta otra isla, eran el calor, la humedad y la carne enlatada que era mejor arrojar en el camino. Le torturaba el pensar que su primo, Eliphalet, tenía razón: fabricar y vender armas es mejor que ir a la guerra. Era el negocio del futuro y del presente. Cualquier cosa, pensó, es mejor que ir a la guerra. Sobre todo él que al caminar cien metros en aquel monte parecía un búfalo herido, que tuvo suerte. 

Nelson Miles apenas paseó por la costa sur de la isla. Para Remington era una gran decepción. Su pincel había logrado escenas de realismo casi fotográfico en los que el general, cazador de indios, miraba al horizonte seco y árido. Fumaba su pipa. Por supuesto, en ninguno de esos retratos mostraba los ciento cincuenta cadáveres de indios, la mayoría mujeres y niños, en la masacre de Wounded Knee en Dakota del Sur. Lo importante era esa figura épica. Remington había llegado poco después de los tiros a la escena, respirando profundo. Reparó en que aquella carnicería no se vería bien con las sombras carmine y azul de los caballos. 

Ahora, en esta isla perdida del mar Caribe, podría pintar al General Nelson Miles mirando el océano. El azul del cielo era brillante, si se olvidaba uno de los continuos aguaceros repentinos que inundaban los caminos y que, minutos después, volvía el sol a rajar las piedras y el cielo a brillar.

Frederick El Gordo Remington no estuvo presente en ningún combate durante toda su vida. Ni encontró nada de lo que le mandaron encontrar. Cuando trabajaba para Harper’s Weekly le pidieron que entrevistara y enviara imágenes de Gerónimo. Nunca sucedió. No sólo el héroe indígena era muy escurridizo. El Gordo Remington era bastante lento y odiaba el calor como un pastor metodista odia el olor a azufre que exhala todo lo que es motivo de pecado, como los tobillos de Sara Lee Swanson mientras canta los coros helados en una iglesia de la lejana Wisconsin. Sin embargo, en todos aquellos lugares a los que llegó tarde, cuando ya no había olor a pólvora, aprendió a pintar la luz de la luna. En eso era bueno. Y en la sombra de los caballos.

Todo el que escribió sobre la conquista del oeste, miró sus trabajos en los periódicos. Muchos años después, cuando el cine se convirtió en una vergonzosa fábrica de mentiras, lo que veíamos eran cuadros de Remington. Su colaboración con Owen Wister, inventor de Ulysses S. Grant, le permitió transformar a los mejicanos que vivían en el sur en blancos descendientes de los sajones alimentándose de tocino y frijoles. Los propios blancos se lo creyeron y comenzaron a vestirse como rancheros mejicanos. Los rancheros mejicanos fueron obligados a cruzar la frontera a balazos.

Ahora, en esta isla perdida del Mar Caribe, El Gordo Remington debe inventar una historia épica. Pintarla. Suda. Suda y tiembla de miedo. Decenas de soldados han muerto aquí. El hermano de Sara Lee Swanson murió de un certero disparo a la cabeza. los demás, treinta o cuarenta, de fiebre amarilla.

–Sudo como un caballo. Mierda. Voy a morir– murmura Remington.

–Siempre sudas como un caballo, Gordo. Te vas a morir, sin duda. Pero no aquí. Ni lo intentes. Nadie va a cargar con tu cadáver– le responde el periodista, joven que ya había saboreado el éxito literario y la miseria. 

Ninguno de los dos vivió muchos años más. El Gordo murió de una peritonitis complicada con su dificultad para respirar cargando 300 libras de peso.

 El periodista murió poco más de un año después, escupiendo sangre mientras terminaba aquella novela.

 

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