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32 con 8; los límites de la máquina y el movimiento

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Por Sofía Gallisá Muriente

Publicado: lunes, 8 de febrero de 2016

    Cuando el artista hondureño Adán Vallecillo llegó a Puerto Rico en abril del año pasado, lo único que tenía claro era que quería desarrollar un proyecto en la Isla a partir de la noción de abstracción implicada que llevaba explorando a través de su trabajo. Para Adán, la capacidad de abstraer es un proceso de selección y depuración que nos distingue como humanos de los demás animales. Aplicado a objetos sin funcionalidad estética, puede generar lecturas sensoriales y afectivas a través de la forma, el color y el material. En su proceso artístico, frecuentemente trabaja a partir de objetos y pigmentos creados con los excedentes de procesos industriales capitalistas. Por ejemplo, creando pinturas a partir de colores extraídos de un vertedero, o instalaciones utilizando cartones descartados de vendedores ambulantes. En estos casos, la seducción estética se vuelve un medio para hablar de situaciones sociales y políticas concretas. 

Adán había visitado la Isla previamente durante sus días como estudiante de sociología para tomar un taller junto a Pepón Osorio en la Escuela de Artes Plásticas en el año 2000. Ha regresado varias veces a ofrecer talleres, desarrollar proyectos y exhibir su trabajo. En esta visita en abril del año pasado, venía como artista invitado por la organización Beta-Local en el Viejo San Juan, donde trabajo como codirectora, interesado en utilizar este espacio como base para reconectar con colegas, y desarrollar una exhibición. Su llegada coincidió con que una de las becadas de la organización, Nicole Delgado, comenzaba a establecer una imprenta y espacio de experimentación gráfica en Santurce llamado La Impresora. En el proceso de habilitar el espacio, contacté a Carlos Jiménez, quien trabajó por décadas en Impresora Nacional, pensando que este nuevo proyecto de impresión podría aprovechar papel, muebles y equipo que quedara por liquidar. Carlos respondió inmediatamente y nos invitó a visitar las antiguas facilidades, y una vez llegó Adán y nos comentó acerca de su trabajo y su búsqueda, lo invitamos a acompañarnos. 

“Tener ese primer contacto con la maquinaria que fue parte de la imprenta que tuvo un papel relevante pero silencioso en la izquierda de Puerto Rico por 40 años fue como una revelación. Fue pensar que no tenía que ir a ningún otro sitio a buscar nada sino que ahí estaba”, recuerda. El lugar parecía estar congelado en el tiempo; el último periódico impreso aún colgaba de la rotativa, habían radios colocados cerca de las distintas áreas de trabajo y las piezas de metal engrasadas por todas partes aún ensuciaban. “Fue como profanar un sitio arqueológico, donde hubiera preferido quedarme pensando, catalogando, rastreando y recogiendo” dice ahora Adán, lamentándose de que la visita no duró más que unas horas y que el trabajo de contextualizar ese lugar y los objetos que había recogido ha tenido que suceder a través de conversaciones y entrevistas póstumas. Aquel día, le preguntamos a Carlos de todo; nos explicó cómo había llegado a trabajar allí, las dinámicas cotidianas entre los trabajadores y para qué servían un sinnúmero de herramientas y máquinas. Se hizo evidente inmediatamente que el sitio había sido no sólo un proyecto político, industrial y comercial del independentismo, sino un proyecto de vida para los que lo trabajaron desde el 1971 hasta el 2014. Nos llevamos unas cosas con prisa y quedó la conversación pendiente.

Adán ha estado cuestionándose las implicaciones de ser político desde la práctica artística a lo largo de su trayectoria. El interés en generar diálogo y espacios de encuentro con su trabajo es también una manera de acercarse a otras personas y procesos históricos, desarrollando estrategias que permitan responder o participar de alguna manera. En más de una ocasión, sus gestos han provocado sospecha, y negociar ese escepticismo que puede provocar el arte contemporáneo es también parte de su posicionamiento artístico y político. En Tegucigalpa, por ejemplo, marchó una vez portando lo que llamó “Pintura política”, un estandarte monocromo pintado de rojo sin ninguna consigna, que se interpretó como burla o provocación y alteró a un grupo de jóvenes que lo confrontaron. En Ayotzinapa, a dónde fue por su cuenta a ser testigo y partícipe de las denuncias de los 43 estudiantes normalistas mexicanos desaparecidos, lo miraron raro cuando se presentó como artista meses después de que se había ido la prensa, y tuvo que ganarse la confianza del grupo poco a poco. 

El arte es un espacio de libertad que resiste las formas y metodologías predeterminadas, y siempre será sospechoso porque no se conforma a definiciones definitivas y opera muchas veces desde su propia lógica. Así mismo, se permite entretejer ideas, personas, objetos y lugares insospechados o aparentemente desconectados para crear nuevas lecturas y significados. Asumir el poder del medio artístico y la agencia del ser artista, con un grado saludable de autocrítica, es asumir también la posibilidad de comunicarse con la historia y el entorno a través de la visualidad. Visto así, el arte quizás sea el lugar desde donde recuperar la memoria de la minucia cotidiana, los procesos internos y los gestos políticos que han quedado afuera de la mirada dominante y las narrativas heroicas. El artista se permite operar fuera de la lógica comercial que hizo obsoleta la tecnología de Impresora Nacional, cuando confrontó las exigencias de los rotativos que se imprimían allí y sus anunciantes. A otra escala y desde otro momento, puede retomar las máquinas y las ideas de los que las operaron para transformarlas, sirviendo como puente al presente. Puede poner en valor las formas y estéticas de su espacio de trabajo, romper con le belleza hegemónica y construír una muestra a partir de las piezas de una máquina vieja o los paños que por años recogieron los excedentes de la tinta que se imprimía sobre el papel. 

La conversación que surgió a partir de la visita a Impresora Nacional se extendió por meses entre todos los presentes, alimentando el proceso de conceptualización de La Impresora en Santurce como reflexión acerca del trabajo en colectivo y las implicaciones políticas del trabajo de comunicar y diseminar publicaciones. Además, ofreció una ventana hacia formas de compromiso ideológico y consistencia en la práctica que escasean hoy día, que parecen ancladas en otro momento y en otra lógica de organización política, tan frecuentemente añorado. Puso en evidencia esa brecha que se expande y se contrae entre generaciones en Puerto Rico; “los viejos” buscando pasar el batón en sus términos y “los jóvenes” peleando con las contradicciones que parecen tan claras desde su realidad. 

Hace unas semanas, Adán Vallecillo regresó a Puerto Rico y se sentó a conversar con Carlos Jiménez, Jorge Rodríguez Escribano y Víctor Sánchez, quienes laboraron por décadas en Impresora Nacional. Se unieron a ellos, Nicole Delgado de La Impresora, quien había heredado guillotinas, mesas y papel de la imprenta, y Diego de la Cruz, quien comparte espacio de taller con éstos en la estación de experimentación con materiales MAOF en Santurce. El artista Omar Obdulio Peña Forty asistió en la grabación de sonido. El intercambio fue una oportunidad agradecida de remembranza para los compañeros que le dieron vida a Impresora, cuyas vidas también se transformaron por la experiencia de haber creído en ese proyecto y el movimiento que lo propulsó cuando la policía y el FBI hicieron imposible el imprimir en ningún otro lugar. 

Los tres entraron a trabajar muy jóvenes, el mayor tenía 23. Ninguno sabía mucho de imprentas ni maquinaria, pero había un sentido de compañerismo generoso con el conocimiento y comprometido sin importar las circunstancias. Aprendían mirando, asistiendo y relevando a otros. Todo el mundo hacía de todo. Trabajaron turnos largos, cobraron medios sueldos cuando no había suficiente dinero y en los primeros años se lanzaron a la calle a hacer parte de la distribución de CLARIDAD ellos mismos. Salían a veces del turno de trabajo para hacer un turno de guardia, velando por la seguridad de las instalaciones que en dos ocasiones fue víctima de atentados y de donde salieron compañeros heridos de bala. No tenían patrono, su explotación era autoimpuesta y formaba parte de un compromiso con el proyecto de comunicación del Partido Socialista Puertorriqueño y este semanario. Cuando faltaba el dinero para pagar las cuentas, se movilizaban aliados a buscar donaciones, o se mandaba a alguien a cabildear en Fomento. Sus hijos se criaron corriendo por la imprenta, ayudando en el kiosko del Festival de Claridad y jugando en las fiestas de Navidad masivas que organizaban entre ellos. Se organizaban en brigadas de trabajo para ayudar en las viviendas de los demás compañeros, llevando comida, bebida y herramientas, y dándose unas cervecitas al final del día. “La palabra colectivo para nosotros era sagrada. Nosotros sentíamos ese orgullo y eso que nosotros vivíamos y practicábamos allí trascendía impresora... Lo vivíamos, lo disfrutábamos, eso dio pie a todo”, menciona Víctor Sánchez en la conversación, cuya grabación forma parte de la exhibición de Vallecillo. Pasaban más tiempo con sus compañeros de trabajo que con sus familias, y se volvió una escuela de formación en todos los sentidos; no sólo aprendieron a imprimir, sino a comunicarse, a convivir, a relacionarse con otros y con sus ideas. 

“Solidaridad es una palabra obligada” menciona uno de los trabajadores en la conversación. En un momento, comparten una historia que nunca han contado antes y que les enorgullece particularmente. Hubo un tiempo en que algunos empleados ganaban más que otros por antigüedad, pero algunos de los nuevos estaban pasando mucha dificultad económica y personal como resultado. Los trabajadores decidieron por su cuenta igualar todos los salarios, aunque implicara una disminución de sueldo para algunos, con tal de crear un sistema más equitativo y aliviar un poco la carga de los que llevaban menos tiempo trabajando en la imprenta. Fue una decisión interna, que no afectaba el presupuesto general y por tanto no tenía que ser aprobada por nadie. Tampoco tenía que ser reconocida, ni contada, ni publicada. La escribo aquí porque puede que sea el único lugar donde conste, una vez pase el tiempo y desaparezcan las voces que podrían contarlo. 

Reciclar objetos es también heredar historias, y aunque Adán Vallecillo no pretende contar la historia completa de Impresora Nacional ni contener en sus piezas todo lo que significa ese lugar y la memoria de sus ocupantes, su trabajo despierta una conciencia sobre la riqueza del legado de Impresora Nacional, y lo acerca a muchos que quizás lo desconocen. El proyecto habla del abandono de ideas y lugares, pero también de las implicaciones complejas de desvincularnos de esas historias cuando podrían ayudar a comprender tanto de nuestra realidad actual. El lenguaje del arte es un mecanismo para observar e interpretarlas desde otro registro sensorial y afectivo.

Cuando se levantó originalmente el dinero para fundar Impresora Nacional, se hizo a través de la venta de acciones. Todo tipo de personas compraron acciones en la imprenta y recibieron certificados que los hacían codueños de la empresa. El acuerdo tácito era que jamás serían redimibles, que la operación jamás devengaría ganancias para sus inversionistas. El gesto de comprar acciones era un gesto puramente simbólico, un acto de solidaridad que involucró a muchos que ni siquiera militaban en el Partido Socialista pero que simpatizaban desde otras coordenadas con sus propósitos. Desde este momento presente, inmersos en el debate por pagar otros bonos sustentados también en una economía simbólica o imaginada, esas acciones que se vendieron y fundaron Impresora Nacional parecen cercanas a una pieza de arte. Parecen sustentadas en ideas y esperanzas más allá de la lógica, en el mundo del pensamiento utópico y la lucha por acercarnos a eso otro que podemos ser. 

La exhibición 32 con 8 de Adán Vallecillo estará abierta al público desde el 5 de febrero en El Lobi hasta el 3 de marzo. Se puede visitar por cita previa escribiendo a info@el-lobi.com. El Lobi es un espacio de exhibición de proyectos, una plataforma de producción y un punto de encuentro y discusión de diversas manifestaciones artísticas contemporáneas. Está ubicado en el #621 de la Calle Ernesto Cerra en Santurce.

 

Beta-Local es una organización sin fines de lucro que se dedica a fomentar y apoyar el pensamiento crítico y las prácticas artísticas contemporáneas en Puerto Rico, así como el intercambio de conocimiento entre personas de diversas experiencias y destrezas. Su espacio principal está ubicado en la esquina de la Calle Luna y la Calle San Justo en el Viejo San Juan y para enterarse de su programación y proyectos puede visitar www.betalocal.org

 

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