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La Dama de las Camelias de Alejandro Dumas en el Ateneo Puertorriqueño

La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, en el Ateneo Puertorriqueño. Roberto Ramos Perea vuelve a demostrar que los recursos se multiplican en un escenario reducido con un mínimo de escenografía.
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Por Vivian Auffant Vázquez

Publicado: martes, 21 de abril de 2015

La historia de amor es conocida, la pareja Margarita Gautier y Armando Duval son personajes universales, víctimas de las injusticias y desaciertos amorosos. Basada la obra en una protagonista real, Alejandro Dumas inmortaliza el amor entre un hombre y una mujer con diferencias de vida. La pregunta que nos llevaba a la puesta en escena era cómo se presentaría esta adaptación de esta pieza literaria que ha sido llevada a la ópera, al cine y a otras representaciones incluso el ballet. ¿Qué aporta este trabajo escénico?

Esta novela, identificada originalmente con el realismo, es precisamente la línea que sigue Ramos Perea. Destaca la lucha de clases en los diálogos y parlamentos, rememorando la niña abandonada que pasa hambre y deambula por las calles de Paris, que es costurera y trabaja como prostituta hasta que un hombre acomodado económicamente y de títulos nobiliarios, la ampara. Las descripciones no sólo rescatan a la niña de la novela, sino a la niñez excluida de la protección de una familia. Consciente de su clase social y del lugar que ocupa en la sociedad parisina, por medio de Margarita, se expone su mirada con la palabra acertada de lo que ve y de lo que es. Pero sus sentimientos y nobleza no desaparecen, la alegría de vivir le sostiene ante la enfermedad que la devora: tuberculosis. En la representación que realiza Melissa Reyes con gusto y proyección escénica siente su condición de enferma como una sombra que le roba vida y que ella la rescata a girones. Por estas circunstancias puede vivir el amor con Armando, comprenderlo y hasta protegerlo.

La actuación convincente e intensa de Ricardo de Santiago corresponde al personaje enamorado y atrapado en los estereotipos sociales que le influyen para tomar decisiones equivocadas. La adaptación destaca los personajes de Nanine, Gastón, El Duque, el Conde, Prudencia, Armando, y Ernesto Duval el padre de este hombre de posición y linaje. Margarita y su homónimo la Dama de las Camelias insisten en la fragilidad de la flor y su fugacidad de vida igual que su persona mortalmente enferma.

Cada uno de estos nombres representa no sólo su procedencia social, sino su fibra moral. De todos ellos el más conmovedor además de los amantes, en nuestra opinión es Gastón. El amigo fiel que, sabiéndolo, todo respalda a su amiga hasta el último momento. La caracterización de Nelson Alvarado Jiménez es diáfana y discreta como el personaje. La amistad con sus atributos se refleja en esta personalización. Nanine, en la convincente interpretación de Sonia Rodríguez es la que sostiene y ayuda en la clarificación de los distanciamientos transluce la lealtad y el cariño de quien le cuida. El señor Duque estuvo vivido por Andrés López Sierra quien defendió su honor y prestigio. El Conde con la actuación convincente de Luis Javier López y Mayra Echevarría como Prudence hacen el contrapunto de la seriedad con la diversión, actitud de defensa y sobrevivencia de modo natural y persuasivo. El padre de Armando, Ernesto Duval interpretado con la intensidad de Edgar Quiles, director artístico de la compañía, demuestra un carácter noble de quien reconoce la grandeza moral y amorosa de una mujer desprestigiada y cumple la promesa de explicarle a su hijo para el entendimiento final. En la obra que vimos, la reconciliación la puede hacer Armando en vida de Margarita; en la novela no ocurre así , aunque en ambas el padre cumplió la palabra de decirle la verdad del amor y la renuncia de ella por salvar la familia-sociedad que la rechazaba.

Los parlamentos de Margarita y Armando son dinámicos, agudos y conmovedores; mantienen la intensidad de la pasión y conducen a la expectación del final aun cuando se conoce por lecturas anteriores. La parte final del diálogo que Margarita expone con la frase Quiero vivir… ratifica y refleja la pertinencia de la obra. En la sala se recogía la emoción intensa por las relaciones que podemos hacer recordando personas queridas que, conscientes de su partida y sin el respaldo de la salud física, exclamaron también ¡Quiero vivir! Es precisamente en este instante de la escena final que la música magistralmente seleccionada a través de toda la obra, va acompañando la despedida que intensifica el Adagio en Sol Menor de Tomasso Albinoni reconstruida por Remo Giazzotto . Esta pieza contiene un sentimiento intenso, grave, podríamos decir desgarrador de una emoción profunda e inmensa que se traduce en esas notas maestras.

Encuentro que otra aportación en esta adaptación es que Margarita está erguida con el brazo extendido elevándose diciendo: Ya no siento el cuerpo, ante el momento final. Mientras, Armando a su pies llorando, desplomado y abatido sin tampoco fuerzas, le acompaña. Se transmitió la solemnidad del momento último y los deseos de continuar la vida que le hizo jurar que seguiría en honor al amor sublime que sentían.

Ramos Perea vuelve a demostrar que los recursos se multiplican en un escenario reducido con un mínimo de escenografía. El peso de la representación lo llevan los actores que marcaron el dinamismo del diálogo y los movimientos, compartieron el sentimiento de las emociones y destacaron las frivolidades de los despreocupados. Igualmente llevaron la representación que implicaba el vestuario, bien elaborado, con detalles significativos que complementaban y permitían resumir la escenografía y la utilería. Este rasgo se destaca en un espacio reducido donde el cambio de escena es frente al público con las luces apagadas.

Los actores de la Compañía Nacional de Teatro del Ateneo merecen por mérito propio y trabajo demostrado, un profundo respeto de nosotros el público, por el incondicional compromiso con que viven la actuación. Los actores también producen la obra aportando a los vestuarios, la música y las luces. En condiciones de pocos recursos comparten su talento abriendo las puertas a la literatura universal como es La Dama de las Camelias. El apoyo a este teatro es un compromiso moral que se reafirma con cada puesta en escena.

 Aun con la ambientación de la época, la relación del texto original con el de la película “Camille” interpretada por Greta Garbo en 1936, con arreglo de Akins, Marion y Hilton, nuestro dramaturgo elabora hilos que reconstruyen en este siglo las realidades de las intrigas familiares y el espectro de la enfermedad terminal que hoy tiene otros vocablos sinónimos. La adaptación que hiciera el Dramaturgo Residente del Ateneo, de esta novela al teatro, es pertinente y profunda.

Ramos Perea logra tender el puente entre dos tiempos en el fundamento del amor, elemento incondicional y trascendente de la vida.

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