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Entre la incompetencia y el pitiyanquismo

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 17 de julio de 2018

CLARIDAD

 

Cuando un gobierno privilegia por sobre todas las cosas el compromiso político a la hora de reclutar sus principales funcionarios, difícilmente podrá ser competente. Tampoco puede serlo, si funciona con la típica mentalidad colonizada que enaltece al que viene hablando inglés y con sello de gringo. Ese es el perfil del actual gobierno de Puerto Rico y si su gestión pudiera resumirse en dos palabras estas serían incompetencia y “pitiyanquismo”. 

El gobierno que comenzó a armar Ricardo Rosselló a principios de 2017 ha implosionado varias veces desde aquel mes de enero, manteniéndose en estado permanente de reconstrucción. Aun cuando ha sido la administración colonial con menos taller, ya que la Junta de Control Fiscal (JCF) ocupa desde 2016 los principales campos de la gestión pública, son muy pocas las áreas donde ha demostrado alguna competencia administrativa. 

Para colmo de males, le tocó lidiar con la mayor prueba de fuego para cualquier gobierno, que es la que sobreviene tras un desastre natural. El huracán María sacó a flote las carencias de una administración pública poblada de aprendices que nunca lograron llegar ni a mitad de la lección. Pero además de la gestión tras María, la mala nota se manifiesta en muchas otras áreas. Durante la segunda semana del corriente mes de julio, tras la cadena de eventos en torno a la Autoridad de Energía Eléctrica, hemos sido testigos de un nivel de incompetencia que raya en lo trágico. 

La principal explicación para esa pasmosa realidad es haber pretendido armar un gobierno con los más fieles de la campaña política. Estos son en su mayoría personas jóvenes, algo que de por sí no es malo, pero cuando a la inexperiencia se une el requisito de la fidelidad extrema, la mezcla se torna corrosiva. 

Durante uno de los múltiples escándalos de esta joven administración, el del llamado “Chat de Moca”, vimos que casi todos los que formaron parte de aquella conversación grupal (que juntaba a los más activos en la campaña política) pasaron a ocupar altos cargos del nuevo gobierno. La desfachatez con que aquel grupo conspiraba en una conversación cuasi pública para perturbar el resultado de las elecciones, destilaba infantilismo y fue precisamente esa pequeñez la que trasladaron a los altos cargos públicos con que fueron premiados tras la victoria electoral. Los puestos y “puestazos” fueron ocupados –algunos creados a la medida– por la misma pequeña tropa que se fajó en la campaña, que de la noche a la mañana pasó a ser ejército de ocupación. Esa mentalidad –la de la tropa que viene a arrasar el terreno recién conquistado – fue la que prevaleció. 

Es posible que aquel grupo de militantes entregados a la campaña partidista pudiera haber sido eficiente en la tarea que ejecutaron, pero no es lo mismo destacarse en el fragor electoral que en el gobierno. La lista es grande y en apenas año y medio hemos visto demasiados ejemplos. La propia conspiración del chat, su encubrimiento, la incompetencia criminal desplegada durante la tragedia del huracán, el afán por ocultar los muertos que el desastre natural y la pobre gestión causó, los múltiples casos de corrupción y acoso sexual y, finalmente, la ambivalencia con que el gobierno ha enfrentado a la JCF, son todos ejemplos de lo que estamos señalando. 

La otra palabra que mencioné al principio para describir al actual gobierno es “pitiyanqui”, palabra boricua que hizo entrada en el diccionario de la RAE como “imitador de estadounidense”, aunque allí se la adjudican a Venezuela. (Hasta donde sé la palabra fue creada por nuestro poeta Luis Lloréns Torres y desde sus versos viajó a muchos lugares, incluyendo a Venezuela.)

En lenguaje boricua un “pitiyanqui” es más que simple imitador de gringo. La palabra tiene aquí la carga sociológica con que tanto Albert Memmi como Frantz Fanon describieron al “colonizado”, engendro del más crudo colonialismo. Es aquel individuo que crece, no sólo imitando al metropolitano, sino también despreciándose a sí mismo, mientras pone en la más alta estima todo lo que trae colonizador o llega tras él. A lo de imitador aquí se le añade lo servil, que es lo peor. 

En las administraciones coloniales puertorriqueñas siempre ha habido pitiyanquismo, sobre todo en las del anexionista Partido Nuevo Progresista, pero en este gobierno de aprendices, el servilismo ha llegado a la estratosfera. Cuando quisieron llenar la plaza del crucial del Departamento de Educación miraron hacia Estados Unidos, no para buscar a la versión moderna de Henry David Thoreau, lo que no hubiese estado mal, sino para traer a una tal Julia Keleher quien hasta ese momento sólo se había distinguido por escamotear contratos en la misma agencia pública. Ahora somos testigos del desmantelamiento calamitoso que vive ese Departamento como resultado de la gestión de la señora Keleher. 

Esa tendencia, la de buscar mediocres en Estados Unidos a los que le extienden contratos escandalosos, se ha convertido en norma y en la segunda semana de julio vimos como el asunto hizo crisis en la ya maltrecha AEE. Cuando se vieron obligados a sustituir a los mediocres exmilitantes de la campaña que habían puesto al frente de esa crucial autoridad pública (Ricardo Ramos y Justo González), buscaron en EU a un tal Walter Higgins, a quien le prometieron cerca de un millón de dólares al año entre salario y bonos, estos últimos en clara violación de ley. Ya todos sabemos, con la renuncia de este Higgins y el despelote que siguió, cómo terminó el asunto.

Keleher y Higgins son dos ejemplos de una cadena bastante larga, que sin duda seguirá creciendo porque ni siquiera hemos llegado a la mitad del cuatrienio. 

 

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