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Selección de Cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci 10

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Publicado: martes, 12 de septiembre de 2017

[Parte de una selección de las Cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci, editadas y traducidas por Manuel S. Almeida para Claridad.]

 

17.

27 de febrero de 1928

Queridísima Giulia,

recibí tu carta del 26 de diciembre de 1927, con el sello del 24 de enero y la última notita. He estado tan feliz de recibir estas cartas. Pero ya me había tranquilizado desde hace algún tiempo. He cambiado mucho, en todo este tiempo. En ciertos días he creído de haberme vuelto apático e inerte. Hoy pienso haberme equivocado en el análisis de mí mismo. Ya no creo ni tan siquiera de haber estado desorientado. Se trataba de crisis de resistencia al nuevo modo de vivir que se imponía implacablemente bajo la presión de todo el ambiento carcelario, con sus normas, con sus rutinas, con sus privaciones, con sus necesidades; un conjunto enorme de cosas pequeñísimas que se suceden mecánicamente por días, por meses, por años, siempre iguales, siempre con el mismo ritmo, como los granitos de arena de una clepsidra gigantesca. Todo mi organismo físico y psíquico se oponía tenazmente, con cada una de sus moléculas, a la absorción de este ambiente exterior, pero cada cierto tiempo necesitaba reconocer que una cierta cantidad de la presión había logrado vencer la resistencia y a modificar una cierta zona de mí mismo, y entonces se producía una sacudida rápida y total para rechazar de un golpe al invasor. Hoy, todo un ciclo de transformaciones se ha ya llevado a cabo porque llegué a la decisión tranquila de no oponerme a lo que es necesario e inevitable con los medios y en los modos previos, que eran ineficaces e ineptos, sino de dominar y controlar, con un cierto espíritu irónico, el proceso en curso. Por otro lado, me he convencido que nunca me convertiré en un perfecto filisteo. En todo momento seré capaz de tirar fuera con una sacudida, el pellejo mitad asno y mitad borrego que el ambiento desarrolla sobre la propia piel verdadera. Quizás una cosa no volveré a obtener nunca más: dar a mi piel natural y física el color ahumado. Volia no me podrá más llamar el compañero ahumado. ¡Temo que Delio, a pesar de tu contribución, estará tal vez más ahumado que yo! (¿Protestas?) Este invierno he permanecido casi tres meses sin ver el sol, más allá de algún reflejo lejano. La celda recibe una luz que está entremedio de luz de cantina y luz de acuario.

De cualquier modo, no debes pensar que mi vida transcurre así de monótona e igual a como a primera vista podría parecer. Una vez adquirida la costumbre a la vida del acuario y adaptado el aparato sensorial a recoger las impresiones tenues y crepusculares que fluyen (siempre poniéndose desde una posición un poco irónica), se comienza a enjambrar alrededor todo un mundo, con su vivacidad particular, con sus leyes particulares, con su curso esencial. Sucede como cuando se echa una mirada sobre un tronco viejo medio deshecho por el tiempo y por la intemperie y después, poco a poco, se detiene siempre más fijamente la atención. Primero sólo se ve alguna humedad de hongos, con algún caracol goteando baba que se arrastra lentamente. Después se ve, un poco a la vuelta, todo un conjunto de colonias de pequeños insectos que se mueven y se fatigan, haciendo y rehaciendo los mismos esfuerzos, el mismo camino. Si se conserva la propia posición extrínseca, si uno no se convierte uno en un caracol o una hormiga, todo eso termina por interesar y hacer pasar el tiempo.

Cada detalle que logro captar de tu vida y de la vida de los niños me ofrece la posibilidad de tratar de elaborar alguna representación más vasta. Pero estos elementos son demasiado escasos y mi experiencia fue demasiada escasa. No obstante: los niños deben cambiar demasiado rápidamente en esta edad como para que yo pueda seguirlos en todos sus movimientos y tener una buena representación. Ciertamente en esto debo estar muy desorientado. Pero es inevitable que así sea. Te abrazo tiernamente.

 

Antonio

 

18.

30 de abril de 1928

Querida Giulia,

recibí tu nota del 3 de abril. Tania me ha trasmitido las noticias en torno a la vida de los niños. Estoy contento.

Un periodo de mi vida carcelaria está por terminar, porque el 28 de mayo tendré el proceso. No sé dónde seré arrojado después. Mi salud está bastante buena. Supe por las autoridades judiciales y carcelarias que se han publicado muchas inexactitudes sobre mi situación: que me moría de hambre, etcétera, etcétera. Lo que me ha molestado mucho, porque creo que en situaciones semejantes jamás se debe inventar ni exagerar. También es verdad que faltan los medios para corroborar las cosas, y en realidad yo no sé más de lo que me han dicho. Pero tú siempre has estado informada por Tania por lo que no has tenido motivos para inquietarte. No quiero escribir para afuera; quizás me lo permitirían, pero no quiero por principio. Por ejemplo, recibí recientemente una extraña carta firmada Ruggero, pidiendo respuesta. Quizás la vida carcelaria me habrá hecho más desconfiado de lo que requeriría la sabiduría normal; pero el hecho es que esta carta, a pesar de timbre postal, me ha irritado. ¡Incluso ahí se dice que mi salud debe ser mala! O de que las noticias que hay son en ese sentido. Estuve mal los primeros meses, después del viaje Ustica-Milán, pero luego reposé y me repuse satisfactoriamente. Estudio, leo, dentro de los límites de las posibilidades, que no son muchas. Un trabajo intelectual sistemático no es posible por falta de medios técnicos.

Querida Giulia, siento mucho tan escasas noticias sobre tu vida y sobre la vida de los niños. Temo que en el futuro éstas sean aún más escasas: ésta es la más grande preocupación para mí.

Te abrazo tiernamente querida

 

Antonio

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