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POEMAS para la tormenta

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Publicado: martes, 12 de septiembre de 2017

Tormenta

Mario Benedetti

 

Un perro ladra en la tormenta

y su aullido me alcanza entre relámpagos

y al son de los postigos en la lluvia

 

yo sé lo qu convoca noche adentro

esa clamante voz en la casona

tal vez deshabitada

 

dice sumariamente el desconcierto

la soledad sin vueltas

un miedo irracional que no se aviene

a enmudecer en paz

 

y tanto lo comprendo

a oscuras / sin mi sombra

incrustado en mi pánico

pobre anfitrión sin huéspedes

 

que me pongo a ladrar en la tormenta.

_______________________

 

Tempestad con silencio

Pablo Neruda

 

TRUENA sobre los pinos.

La nube espesa desgranó sus uvas,

cayó el agua de todo el cielo vago,

el viento dispersó su transparencia,

se llenaron los árboles de anillos,

de collares de lágrimas errantes.

 

Gota a gota

la lluvia se reúne

otra vez en la tierra.

 

Un solo trueno vuela

sobre el mar y los pinos,

un movimiento sordo:

un trueno opaco, oscuro,

son los muebles del cielo

que se arrastran.

 

De nube en nube caen

los pianos de la altura,

los armarios azules,

las sillas y las camas cristalinas.

 

Todo lo arrastra el viento.

 

Canta y cuenta la lluvia.

 

Las letras de agua caen

rompiendo las vocales

contra los techos. Todo

fue crónica perdida,

sonata dispersada gota a gota:

el corazón del agua y su escritura.

Terminó la tormenta.

Pero el silencio es otro.

 

 

Plena del Menéalo 

Luis Palés Matos

 

Bochinche de viento y agua...

sobre el mar

está la Antilla bailando

–de aquí payá, de ayá pacá,

menéalo, menéalo–

en el huracán.

 

Le chorrea la melaza

bajo su faldón de cañas;

tiemblan en goce rumbero

sus pechos cocoteros,

y vibrante cotelera,

de aquí payá las caderas

preparan el ponche fiero

de ron con murta y yerbira

para el gaznate extranjero.

¡Ay, que se quema mi Antilla!

¡Ay mulata, que me muero!

Dele a la popa, chiquilla,

y retiemble tu velero

del mastelero a la quilla

de la quilla al mastelero.

 

Fija la popa en el rumbo

guachinango de la rumba.

¡Ay, cómo zumba tu zumbo

–huracanada balumba–

cuando te vas de tumbo en tumbo,

bomba, candombe, macumba,

si el changó de Mombo-Jumbo

te pone lela y tarumba!

¡Cómo zumba!

 

Y ¡qué rabia! cuando sabia

en fuácata y ten con ten,

te vas de merequetén

y dejas al mundo en babia

embabiado en tu vaivén

¡Ay, qué rabia!

 

Llama de ron tu melena.

Babas de miel de acaoban.

Anguila en agua de plena

pon en juego tus ardites

que te cogen y te roban...

¡Cómo joroban tus quites!

¡Ay que sí, cómo joroban!

 

En el raudo movimiento

se despliega tu faldón

como una vela en el viento;

tus nalgas son el timón

y tu pecho el tajamar;

vamos, velera del mar,

a correr este ciclón,

que de tu diestro marear

depende tu salvación.

¡A bailar!

 

Dale a la popa el valiente

pase de garbo torero,

que diga al toro extranjero

cuando sus belfos enfile

hacia tu carne caliente:

–Nacarile, nacarile,

nacarile del Oriente–.

 

Dale a la popa, danzando,

que te salva ese danzar

del musiú que está velando

al otro lado del mar.

Ondule tu liso vientre

melado en cañaveral;

al bulle-bulle del viento

libre piernas tus palmar;

embalsamen tus ungüentos

azahares de cafetal;

y prenda fiero bochinche

en el batey tropical,

invitando al huele-huele

tu axila de tabacal.

 

Mientras bailes, no hay quien pueda

cambiarte el alma y la sal.

Ni agapitos por aquí,

ni místeres por allá.

Dale a la popa, mulata,

proyecta en la eternidad

ese tumbo de caderas

que es ráfaga de huracán,

 

y menéalo, menéalo,

de aquí payá, de ayá pacá,

menéalo, menéalo,

¡para que rabie el Tío Sam!

en el huracán.

 

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