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CLARIDADES: La intervención yanqui en Cuba

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Publicado: martes, 13 de febrero de 2018

La  guerra organizada  por  José Martí, en  1895, hubiera conducido, inevitablemente, a la independencia de Cuba. A pesar de la voluntad española de defender su enclave colonial “hasta  el último soldado y la última peseta”, el Gobierno de Madrid no se encontraba en condiciones de aniquilar la insurrección  mambisa.  Como ha señalado el profesor Louis A. Pérez, a principios de 1898 estaban presentes todos los síntomas de la completa catástrofe española, de lo cual estaban conscientes los gobernantes norteamericanos. El triunfo mambí era solo cuestión de tiempo. Ese fue el momento en que el Gobierno de los Estados Unidos llegó a la conclusión de que la fruta ya estaba madura y se apresuró a intervenir en el conflicto. Todo su accionar diplomático apuntaba a que el objetivo era arrebatarle a la metrópoli ibérica lo que quedaba de su imperio colonial —las islas de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, todas ellas estratégicas posiciones para el proyecto  expansionista norteamericano— allende  los mares, en el Caribe y en el Lejano Oriente. El presidente  William McKinley prefería lograr estos objetivos sin llegar a la guerra, pero ella se hizo inevitable por dos razones:

1. España no quería ceder a las demandas cubanas y

2. el Gobierno norteamericano no estaba dispuesto a dar el único paso que le evitaría: reconocer la beligerancia  de los insurrectos cubanos y suministrarles  la ayuda necesaria para terminar la contienda.

Esta última medida hubiera sido decisiva para convencer  a  Madrid de que era preferible  buscar una salida negociada al conflicto. Pero implicaba aceptar la independencia de Cuba y, como ha señalado Philip S.  Foner a partir de  sus exhaustivas  investigaciones “la política de los Estados Unidos hacia Cuba, que culminó en el empleo de la fuerza contra  España, tuvo su raíz en el desarrollo del capitalismo monopolista y su búsqueda de mercados”. Por su parte, el profesor Walter LaFeber ha señalado: “En 1898, McKinley y los hombres de negocios  querían la paz, pero buscaban beneficios que solo la guerra podía proveerles. Examinando desde la perspectiva de la década de 1960, el conflicto hispanoamericano no puede ser visto ya como una ‘espléndida guerrita’. Fue una guerra para preservar el sistema americano.

Contrario a las reales intenciones del presidente William McKinley, con la presión popular y a instancias de los legisladores más progresistas, el 20 de abril se aprobó la llamada “Resolución Conjunta”, por la cual el Senado y la Cámara de Representantes de los Estados Unidos declararon que “el pueblo de la isla de Cuba es, y por derecho debe ser, libre e independiente” y proclamaron que “a partir de ahora, los Estados Unidos niegan cualquier disposición o intención de ejercer la soberanía, la jurisdicción o el control de la citada Isla”. Este Documento puso límites a lo que el gobierno imperialista de McKinley podía hacer en el caso de Cuba (no así en el de Puerto Rico, Filipinas y Guam). Sin embargo, no impidió que el objetivo de sojuzgar a la Perla de las Antillas se consumara por otros medios.

A pesar de que el mando militar norteamericano en Cuba, se apoyó en el Ejército Libertador para efectuar todas sus acciones —lo cual resultó decisivo para una rápida conclusión de la guerra— se comportó desde el primer momento como la jefatura de una fuerza de ocupación, ignorando en sus disposiciones a los patriotas cubanos. Un ejemplo de esto se pudo observar cuando, de forma unilateral, aceptó la rendición de las tropas españolas en Santiago  de Cuba, y en otras plazas, sin siquiera permitir la participación de los jefes mambises en estas ceremonias. Con posterioridad, se comprobó que no era esa una actitud excepcional de la jefatura del Ejército yanqui, pues el Gobierno de la República de Cuba en Armas no fue invitado tampoco a las conversaciones de paz en París, donde se discutió el futuro de la Isla. 

 

Fuente: Crónica de un Fracaso Imperial – Carlos Alzugaray

 

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