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La diversidad en el cine reciente

The Greatest Showman
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Por María Cristina

Publicado: martes, 13 de febrero de 2018

No hay duda que estamos en momentos de cambios de actitudes, de maneras de percibir al otro, de tener una mirada que ve a todxs por igual y que este es el camino a seguir. Lxs que creíamos que la segunda ola/etapa de la liberación femenina de los 1970 era la continuación de la primera ola del sufragio femenino y que los logros legales (derecho al aborto, divorcio por mutuo consentimiento, custodia compartida de los hijos, acceso a universidades de exclusividad masculina, opción y derechos de madres solteras y jefas de familia, leyes contra maltrato, hostigamiento y discrimen por género, etc) eran un indicio de un verdadero camino hacia la igualdad, no acertamos lo que estaba por venir. Aunque la tercera ola feminista (las millenials) escogía dejar a un lado la militancia en las calles (denuncias, marchas, protestas, celebraciones, publicaciones) para concentrarse en cambiar prácticas sexuales, liberar los cuerpos y ver las relaciones como algo siempre en construcción, esta visión privada e individual no detuvo las viejas prácticas de los hombres de poder que seguían poniendo trabas para que la mujer volviera a su sitio: esposa, madre, ama de casa. Tampoco detuvo el uso del poder por los hombres jefes/directores/supervisores aunque muchas mujeres aseguraban que habían adquirido agencia para lidiar a su modo con estas agresiones e imposiciones. Entonces en 2017 surge la denuncia como un arma para desenmascarar a los poderosos tras bastidores y en el escenario público. El primer gran ejemplo lo dan las mujeres que denunciaron la práctica del ahora Presidente de los EU de hostigar, manosear, amenazar y manipular a las mujeres.  Y entonces llega #MeToo.

Casi por azar, esas historias fílmicas que comenzaron en 2016 y se desarrollaron y exhibieron en 2017 reúnen esa denuncia e inclusión que tanto hacía falta en el cine de ahora. Sin duda, Star Wars: Last of the Jedi es el más inclusive ya que Leia Organa es la comandante a cargo de la Resistencia (término que prefiere Naomi Klein para la lucha de las comunidades por sus derechos en vez de resilience que sí es levantarse pero no necesariamente forjar nuevos caminos) y sus sub-comandantes son mayoritariamente mujeres determinadas a proteger a su población y a la vez tomar decisiones militares que favorezcan a la mayoría. En cada generación representada las mujeres demuestran liderato, inconformidad con el status, destrezas e inteligencia igualitarias y comprometidas a hacer todo a su alcance para la supervivencia de la Resistencia. Igualmente la diversidad de etnias está representada por Finn (John Boyega), Poe (Oscar Isaac), DJ (Benicio del Toro), Maz (Lupita Nyong’o), Rose (Kelly Marie Tran) y, por supuesto, su interacción con los robots, androides, animales: C-3PD, Chewbacca, R2-D2, BB-8.

 

The Greatest Showman reúne como elenco a los diferentes y raros por no ser parte de la normalidad (hombre blanco): el gigante, el enano, la mujer barbuda, los trapecistas negros, los siameses, etc. Lo que primero es una casa de horrores para contemplar a estos fenómenos se convierte en un teatro donde dominan la escena y atraen al público por sus talentos. Nada más que ver moverse, bailar y cantar a Keala Settle como la mujer barbuda es un verdadero espectáculo. Y aunque Phineas Taylor Barnum es el maestro de ceremonias (ringmaster) —que domina el movimiento y baile colectivo con el talento de Hugh Jackman— el espectáculo es de todos.

 

En Downsizing de Alexander Payne esa sociedad de clase media blanca se complica cuando todos se achican y salen a relucir las diferencias de clase, etnia y raza. A distancia de las mansiones y de los apartamentos lujosos con poblaciones escasas (accesibles por ellos ser pequeños y poder tener más por menos) están los laberintos donde conviven, en lo que parecen ser cuevas, cientos de personas no blancas que en nada se parecen a Paul (Matt Damon). Son hispanos como Gladys y Sr. Cárdenas o asiáticos como Ngoc. Aquí, a pesar de su diminuto tamaño, no hay suficiente comida ni medicinas para vivir cómodamente como Paul.

 

Phantom Thread de Paul Thomas Anderson tiene como centro a Reynolds Woodcock, un compendio de los diseñadores y modistos más influyentes del Londres de 1950: Cristóbal Balenciaga (con estudios en Barcelona y París), Victor Stiebel y Charles James. Daniel Day-Lewis interpreta su papel con el cuidado y detalle fastidioso de alguien que consideraba sus diseños piezas de arte que reflejaban su propio ser. Pero para que su estudio/casa fuera tan celebrado tenía una hermana (Cyril) que le ordenaba la vida y resolvía el más mínimo detalle que pudiera entorpecer su trabajo; modelos/amantes que moldeaba a su satisfacción y, lo más importante, un ejército de costureras —Biddy, Nana, Pippa, Elsa, Irma, Winn, Elli, Mabel, Amber— que hacían que su sueño se convirtiera en realidad.

 

Wind River de Taylor Sheridan, filme destacado en Cannes pero ignorado por los Golden Globes, Oscares y premios gremiales (quizá por sus lazos con Weinstein para su distribución), aunque tiene como protagonista a Jeremy Renner como Cory Lambert todo su elenco y su localización geográfica y cultural es en una reservación amerindia. El crimen lo investigan Ben, la autoridad dentro de la reservación junto a una mujer agente del F.B.I. Cory no es un forastero ya que su ex esposa es amerindia y tiene un hijo que le permite tener contacto directo con los padres de Wilma. Su identificación con la familia afectada, los Hanson, va más allá de conocerlos por muchos años ya que su hija mayor y Natalie fueron amigas y ambas desaparecen de las vidas de sus familias.

 

El personaje principal de Molly’s Game de Aaron Sorkin parece sacado de las narrativas de #MeToo. Se presenta el trato casi brutal de palabra e intención aunque no físicamente del padre; los insultos y la humillación que recibe de su primer jefe; los acercamientos sexuales que recibe de los jugadores a pesar de siempre decir no; el rechazo de los jugadores a que ella sea la persona más poderosa del juego; y el overkill del FBI para apresar a una sola persona que no tiene un arma ni defensa posible. 

 

The Florida Project de Sean Baker es un filme que requiere mucha paciencia y control para ver. Por un lado la historia se cuenta como si fuera en tiempo real y por otro los personajes son tan frágiles que tan solo esperamos el cuándo todo se va a desmoronar. En este sector de vivienda en Orlando, a pasos de Disney World, viven en cuartos de moteles venidos a menos mujeres solteras con hijos o nietos, padres solteros con hijos y hombres y mujeres que parecen estancados en este lugar y tiempo. Con la excepción de Bobby (Willem Dafoe), administrador y handyman del motel Magic Castle, y de Halley (Bria Vinaite), madre de Moonee, tanto los niños como lxs adultxs no pertenecen a la supuesta mayoría blanca que eligió al actual Presidente. Casi todos los niños que inventan juegos y travesuras para entretenerse en este verano—Moonee, Scooty, Dicky, Jancey —y los adultos a su alrededor— Ashley y Gloria, representan la diversidad poblacional en lugares como Orlando donde tantos puertorriqueños residen ahora.

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