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Espiritismo, el Viejo, un bacalaito y la independencia

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Por Egberto Almenas

Publicado: martes, 20 de marzo de 2018

Auna botánica de su propiedad se dedicaba por entero mi madrina. En la trastienda separada por un cortinaje de teatro también oficiaba como médium. Mi hermano y yo, a la sazón de unos seis y ocho años, a veces la ayudábamos con los arreglos de su dispensario para las curas espirituales. Y ella en gratitud generosísima nos pagaba por jornada un tesoro. ¡A peseta por cabeza! ¡Cómo nos enriquecíamos a nuestro parecer y, sin saberlo aún, en más de un sentido!

 

I- Un milagro

Resulta que una tarde hallamos cerrado aquel tabernáculo adonde se daban cita hasta las ánimas de tiempos muy remotos. Mientras esperábamos a que volviera a recibir la clientela todavía doliente de carne y hueso, nos divertíamos inventariando a través de la vitrina los bienes conjurantes con los poderes del más allá. Entre ellos, figuraba un cromo con la faz de quien sintió mi hermano como que lo miraba a través de los párpados caídos. 

La pintura de marras representa el paño de la Verónica del relato apócrifo según el Evangelio de Nicodemo, atribuida a Gabriel Cornelius von Max, pintor austriaco nacido en Praga, y aficionado de la parasicología, de cuya paleta tenue nace el aire algo místico de sus trazos. Data de 1915, el mismo año de su fallecimiento. 

En eso llegó mi madrina. Que ¡qué!, exclamó, mientras abría la puerta. Que ¿te abrió los ojos? Días después cunde la gloria en el barrio. Mi hermano, el elegido por virtud de la mirada mesiánica, se instituía como el niño apóstol de la fe sincrética. —Pero si solo se trata de una ilusión óptica, nos dijimos entre nous. ¡Y esta gente nuestra se la cree de veras! 

 

II- En todas partes cuecen habas

No el viejo, ateo incólume según corresponde a todo rojo que a su vez defendía la independencia fundada en el humanismo de acción, estrictamente lógica y racional, la de la “fe matemática” que inspiraba a Hostos. Ni de creyentes heredamos nosotros sus hijos el apodado “gen de Dios” de la bioquímica, a la merced del cual nuestra especie suele confundir un sentido innato de optimismo con la expresión religiosa.

Además, hasta el día de hoy, la comisión del Vaticano encargada de certificar milagros entre el aluvión de solicitudes recibidas desde todas las partes del mundo los tamiza de primera instancia conforme a dos criterios preferenciales. A saber, 1) el acaecimiento sobrenatural debe haberse ejercido como respuesta a la devoción, o bien a las oraciones cursadas exclusivamente a santos acreditados, y 2) solo ameritan considerase los milagros susceptibles a lapsus o incomprensiones todavía pendientes en la ciencia. Y, claro, como suele suceder con los atascos que engorran aún más las gestiones burocráticas, este proceso formal en manos de la realeza pontífice oriunda de Italia muchas veces responde asimismo a sobornos de los interesados en cuestión.  

Tutto il mondo è paese, en todas partes cuecen habas, rezongaba el viejo. Tampoco son pocos los milagros revocados a raíz de los deslices celestiales, agregaba, ni pocos a quienes la Iglesia ahora quisiera descanonizar. A veces le basta echar a correr un rumor que tache a los impropios de su grey, como aquel que censuraba las mariconerías del papa embellecedor de Roma, Paulo II, y su muerte de un infarto masivo mientras lo penetraba un paje. La infalibilidad del Todopoderoso, a la hora de elegir a sus vicarios, a veces se le duerme en la corriente. 

 

III- Deleites temporales  

Poco después de fundada en 1903 la Federación de Espiritistas de Puerto Rico, su latencia consonante con la secularización del pensamiento se hizo sentir a través de las recomendaciones de su comité de unidad y desarrollo. Su punta de lanza consistía en crear centros con escuelas y bibliotecas basadas “en principios racionalistas y laicos”, y de ahí irrigar también, mediante clínicas propias, la calidad de sus cuidos a la salud mental y física. Sin beatificación oficial alguna, llegaron a contarse más de un centenar de estos centros estratégicamente espaciados de punta a punta en el país.    

Fe y ciencia, ¿cómo conciliar dos dominios entre sí mutuamente excluyentes? El espiritismo puertorriqueño a mediados del siglo XIX calcaba la exploración translímite a la que se aventuraban los ramales del conocimiento y la imaginativa en Europa. Frente a la incertidumbre imputada al desenfreno en el orden material, la sugestión de un mundo incorpóreo infundía la antítesis equilibrante sobre todo en los escritores afiliados bajo la rúbrica del modernismo. A fin de cuentas, las sesiones desembocaban en metafísica presta cuando menos a la doma del progreso y su escalada hacia el bien común. Ponerse al día en el reino de las intangibilidades sedujo incluso al clero más juicioso. En cambio, como era de temerse, el Sumo Pontífice Pío X pronto lo amonesta mediante su encíclica de 1907. Más que nunca le apremiaba “guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe”.

Así la asiduidad con que los espíritus se expresaban en la lengua inglesa despertó en América Latina cierta yankifobia (Rufino Blanco Fombona), “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” rezaga no obstante la descolonización de Puerto Rico, donde ya desde la época española despojarse del maltrato implicaba “gozar de los deleites temporales del pecado”. Y ello no sólo de acuerdo con la misma Biblia que días antes de la invasión de Estados Unidos por la ensenada de Guánica invocaban los presbíteros a favor del nuevo imperio. También en los entrometimientos de Washington se divisaba, sin más, un plan divino. El senador republicano y expansionista de entonces Albert J. Beveridge argüía que “no en vano ha estado Dios preparando durante milenios a los pueblos teutónicos y angloparlantes. Nos ha hecho adeptos en el gobierno para que nosotros se lo administremos a los pueblos salvajes y seniles”.

 

IV- Mejores luces

El mismo Martín Lutero se angustiaba de no poder desenmarañar tanto desacierto biblicista. “De haberlo sabido, jamás me habría dedicado a ser predicador”, se quejaba después de zamparse una jarra de cerveza. Siglos después, el otro, Martin Luther King Jr., se siente obligado a remendar las moralinas del evangelio. Lo del buen samaritano, virtud hueca, chantaje: La verdadera compasión no radica en tenderle de paso una moneda al mendigo sino en restructurar hoy por hoy, bajo mejores luces, la estructura que produce mendigos. Multiplíquese cada año por dos el acopio total de nuevos saberes del año anterior y se obtiene esa cantidad de luz que así crece desde que la ciencia es ciencia y el fuego, fuego. Sea como sea solemnizada, la fe a cambio de la “vida eterna” después de muertos, inutiliza.    

“Quiero comerme un bacalaíto” fueron las últimas palabras del viejo poco antes de morir. Era uno de sus muchos deleites temporales, ajeno a las tramoyas entre los seres que esperan de este mundo y los de ultratumba. Entre sus amuletos espantabrujos más preciados ostentaba una escopeta de dos cañones. No hubo velorio, sino noche de bohemios. Nada del signo ese atroz de la tortura y el sacrificio papanatas de los cautivos. Lo enterramos libre en una lomita cerca del campo donde afincó su estirpe materna, con música de Andrés Jiménez, y la bandera en alto de Puerto Rico, la del azul celeste. Sonaron a modo de salva los versos de su compueblano José Gautier Benítez. Y allí yace bajo su sol de fuego. Fuego, fuego, en más de un sentido. ¡Vaya!

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