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Lo que nos salva: Respuestas de Nelson Sambolín

Albizu está en el patio de mi casa del Maestro Nelson Sambolín
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Publicado: martes, 13 de febrero de 2018

Nydia Fernández / Especial para En Rojo

 

Albizu 

Don Pedro Albizu Campos. La primera vez que yo oí de ese personaje fue porque estuvo apoyando a los obreros de la Central Aguirre, en una huelga. Mi papá trabajaba en la Central Aguirre. Nosotros vivíamos en el barrio El Coquí, un barrio compuesto por la capa más bajita de la clase trabajadora de la Central, y ésos eran los huelguistas. Yo oí mencionar a Albizu porque los trabajadores lo llamaron. Creo que Albizu tuvo que cruzar una verja de alambre de púas [ríe] para poder llegar. Recuerdo de mi niñez que, había un comité del PIP y era lo que quedaba [del tiempo de la huelga]. Recuerdo que el local estaba hecho de palmas de coco; las pencas de las palmas se entrelazan y crean como unas paredes, con un tejido de las hojas de la penca bien bonito. Y ése era el local, que le decían “la Casa de los Pipiolos”.

Cuando llegué a Río Piedras a estudiar en la Universidad [1963], yo no tenía esa experiencia de ver una ciudad, una universidad. Todo era bien nuevo para mí. Y recuerdo que en el recinto había una asociación de estudiantes nacionalistas. Recuerdo una persona —Jorge Nogales—, que era el presidente de la Asociación de Estudiantes Nacionalistas (sí, ése es el nombre). Él escribió una cosa, no recuerdo dónde fue publicada, pero en el título, o en algún punto importante del escrito, decía: Albizu está muerto. Bien muerto”. Tomando eso como base es que él desarrolla su escrito. Además había otra persona, Benjamín, no recuerdo el nombre, que organizó una exposición [colectiva] que se llamaba “La imagen de Albizu”. Yo empecé a conocer sobre ese personaje y a leer cosas que se decían sobre él, o cosas que él decía, a ver imágenes de Albizu y del Nacionalismo. Nosotros, en el Taller Bija [1970-1987], hicimos un portfolio de fotografías del Nacionalismo, que se utilizó para recaudar fondos para el taller. También se hizo un cartel, que lo hizo Rafa, Rafael Rivera Rosa, sobre don Pedro. Nosotros éramos un taller, que lo componíamos Rafa y yo, y René Pietri, que era como el administrador, y, contrario a lo que se decía, no éramos un taller del MPI. Nosotros éramos un taller independiente en el que colindábamos ideológicamente con el MPI. Por lo tanto, nos poníamos en esa línea y hacíamos imágenes sobre asuntos culturales, asuntos políticos, asuntos artísticos. Hicimos mucho trabajo, ¡mucho trabajo! Increíble. Yo lo pienso y me canso [ríe].

Entonces, cuando se cumplen los 50 años de la muerte de Albizu [2015], que no se hizo nada, yo tenía eso en mente. En el 1965 murieron dos personajes bien importantes para mí: Albizu —que yo me enteré de la muerte de Albizu porque un compañero de hospedaje, Carmelo Rodríguez, llegó llorando al hospedaje porque Albizu había muerto— y Rafael Hernández. Los dos murieron en el 1965. Así es que en el 2015 se cumplían 50 años de ambos personajes y no se atendió, a ninguno de los dos. Lamentablemente. Y yo pensé en, de alguna manera, aportar algo a la memoria y escribí como una pequeñita obra de teatro en la que se encuentran Albizu y Rafael Hernández. Y hablan. Hablan de boleros, de canciones, de música, algunas cosas ideológicas; Albizu le cuestiona a Rafael Hernández si es “destino” o es “tirano”. Y Rafael Hernández le contesta, en la obra, le dice: “tirano”. Ahí Albizu también destaca el aspecto poético, literario, de la obra de Rafael Hernández y le declama una canción; no la canta porque [mi] Albizu no sabía cantar pero sí podía declamar y le habla a Rafael Hernández de esta canción que empieza: “Desmayo de una lágrima / que inútilmente clama”. ¡Wow! Qué forma de empezar una canción. 

 

Por qué ahora

Es una emergencia. Puerto Rico necesita pegarse de las raíces más fuertes, las que tengan más salud. Y la gente, en lo más profundo y en lo más íntimo, sigue recordando a Albizu de diferentes maneras. En los diálogos cotidianos y ante situaciones de falta de integridad, sacan ese ejemplo y esa bandera como lo que nos puede sacar adelante y lo que nos puede salvar. Igualmente, además de la cosa cotidiana, cualquier, digamos feria de arte o fiesta popular donde salen a relucir imágenes de personajes puertorriqueños, la imagen que sale es la de Albizu. Yo no he visto que hagan camisetas con la imagen de Muñoz Marín. No he visto que un artesano haga un grabado de Muñoz Marín o qué sé yo. Esos son personajes pasajeros. Cuando se aspira a algo firme, se va a lo incuestionable, a lo que es seguro. 

 

En el jardín

Soy una persona de patio, una persona de jardín. En mi casa, la mayor parte del tiempo la paso en el patio, y si puedo cocinar ahí mismo, mucho mejor. Y si voy a pasar un buen rato de solaz, como dicen, me voy al jardín. Yo siempre tengo muebles de jardín y siempre cuido mi jardín. Y yo me imagino que don Pedro también cuidaba su jardín [ríe, bella metáfora]. Y, como si fuera un sueño, yo, que soy dulce para esas cosas, me imaginé, sentado en aquel asiento en el patio de mi casa, que yo pudiera hablarle. Estoy seguro que él me sonreiría. 

Imaginé a Albizu al lado de un sillón que yo tengo, un sillón de metal, de éstos como de terraza, de los años 50, que yo rescaté de un vertedero y lo restauré. Ahí yo me siento en mi patio, en mi sillón y al lado de un jarrón bien grande con trinitarias de cinco colores— son un espectáculo de luz. Y yo quería, también, estudiar el fenómeno de la luz: cómo cae, cómo altera el color, el color de la piel y el color de todo. La luz es como una sonrisa. La luz puede reirse. Tiene eso. Tiene eso. Yo tengo plantas en mi balcón, plantas dondequiera. Cuando una planta florece, yo sé que está feliz. 

 

Gracias, Quique

Hay una señora, de nombre —si mal no recuerdo—, Nereida Sambolín. De Ponce. Me la presentó Quique Ayoroa Santaliz. Y yo hablé con ella de Albizu porque ella era bien cercana a Albizu; era persona de confianza. Siendo pariente mía también, pudimos hablar desde una distancia bien cortita. Las cosas que me habló me dieron a conocer a un Albizu bien agradable, coloquial, persona conversadora. Y empecé a hacer la comparación con cierta imagen que se propagó de personas estridentes, beligerantes. Mucha gente compró esa imagen. Mucha gente compró esa imagen y la reprodujo. Y ésa es una idea, la idea de “Patria o Muerte”, que... yo creo que Albizu estaba un poco más arriba de eso. No es Patria o Muerte, es Patria y Vida

 

Año 2015

Me interesaba, en esa efeméride, que se hubiera hecho cine, que se hubiera hecho poesía, que se hubiera hecho música, que se hubiera hecho convocatorias a la juventud para estudiar y entender mejor el Nacionalismo y las figuras relacionadas con el Nacionalismo. Pensé que, el granito de arena, como dice mucha gente, que yo podía poner era una imagen de cómo yo lo pensaba, de cómo yo lo veía. Y yo lo veía al lado de mi trinitaria, con todo ese color ponceño, porque las trinitarias son del Sur, les gusta el sol. Les gusta el sol fuerte. Yo cultivo trinitarias, las colecciono y tengo de todos los colores, colores en la hoja, colores en la flor. Veo a Albizu como un componente de ese paisaje. El Sur es eso.

 

El proceso de la imagen 

La primera parte fue estudiar las fotografías, y dibujar. Yo no quería un Albizu enfermo. Ni enfermo, ni ‘encojonao’. Estudié bien todas las imágenes. Son imágenes en blanco y negro, imagino que muchas de ellas hechas por el enemigo. Estudié toda la fotografía. Esto por consejo de Lorenzo Homar: “cuando quieres hacer un retrato, tienes que dibujar. Y tienes que aprendértelo de memoria, que lo puedas dibujar sin la presencia del modelo o de la fotografía”. De ese momento para atrás, son bocetos y de ese momento para alante, son retratos. Los bocetos capturan atributos físicos, hasta ahí puedes llegar; el retrato es otra cosa.

A la hora de empezar a acercarme a la pintura, llamo a Alonso, mi hijo, y le digo que vamos a hacer unas fotografías donde yo me voy a disfrazar de Albizu. Y así fue: conseguí el lazo, conseguí el traje. Me vestí de Albizu, asumí la pose del conversador, de la persona que está en el patio con un grupo de amigos; un patio con un aire como de patio interior, con una luz especial. Estaba pensando en un patio interior en una de esas casas de Ponce. Ahí tomamos muchas fotos, todas en pose de conversador, con un grupo de personas pero sin el trago porque lo importante era la atmósfera, la situación la luz; cualquier otra cosa podría distraer. 

 

Conozco bien esa luz, ¡vivo en ella!

Ya en el proceso de pintar, trabajé mucho con la piel, con tratar de ver la piel de Albizu. Cómo la luz se refleja, no solo en la piel, sino en todo el rectángulo, en todo el microcosmos. Eso lo incluye todo— los ojos y los dientes, y el blanco del mueble. Cómo la luz rebota del blanco del mueble y lo toca todo. Yo quería eso. Estudié a Rembrandt. Rembrandt, que era un pintor bastante oscuro, sabía dónde tirar el relámpago, el azote. El tipo... sabía mucho. Hay un rojo que yo llamo Rojo de Rembrandt —no sé cómo lo hacía. Pero yo juego con conseguir esas cosas. Soy un estudioso de la pintura, de verdad. 

Tú mencionas los cuadritos de luz bajo el sillón en el cuadro. Sí, estoy bien consciente de cosas que surgen [en la obra], que no es que uno las esté pensando, es que uno las tiene adentro ya. Hay unas esquinitas por ahí que son pinturas de por sí. Eso me recuerda a Carlos Raquel Rivera. Estudié mucho a Carlos Raquel y hay esquinitas de Carlos Raquel que son pinturas de por sí. Porque hay que atenderlo todo. Una pintura es un espacio que Dios no hizo y que delegó en uno. Así es que uno es responsable de todo lo que suceda en ese mundo. En ese rectángulo, uno tiene que atenderlo todo, cuanta esquinita hay, cuanto color hay, cuanta línea hay, cuanta micro-escena hay. 

 

Cruzado el mar

Yo veo lo mismo nuestro, pero con más importancia para la gente que ha tenido que estar fuera de Puerto Rico, que han hecho su vida fuera del País. ¿Qué otra cosa puede darle carne, darle sentido a ser lo que nosotros somos, que no sean los pilares de la nacionalidad? Los que se inventaron esto de ser puertorriqueño. ¡Esta palabra no la inventó la Real Academia! Inventamos esto porque, ¿qué podía ser esta isla para el imperio español? Un sitio que era “propiedad de nosotros” [España], como un terreno; también para los norteamericanos es lo mismo, un terreno, una finca, una propiedad. El resto lo inventamos nosotros. Nosotros tuvimos que inventarnos a nosotros mismos. Y nosotros somos lo que somos porque nosotros lo decidimos. Y, ¿quiénes lo decidieron? Nosotros. Lo que se llama el Pueblo de Puerto Rico. Y sus mentes más claras le dieron sentido a una cosa que es intuitiva. La nacionalidad es intuitiva, alguien tiene que pensarla. Pero el origen es del corazón. 

 

Siempre el Sur

Vuelvo a lo original. Que la primera vez que oigo de Albizu es en mi barrio. Pero si dices Ponce, yo pienso en Ponce y Guayama. De hecho, hay una canción de Lucecita, se llama De Ponce a Guayama: [cantando] “De Ponce a Guayama siete días yo te hablaré...” Y luego dice, “y en El Coquí una plena yo cantaré”. Entre esos pueblos tan importantes que son Ponce y Guayama, dos grandes ciudades, está El Coquí. Como barrio, satélite digamos, de la Central Aguirre, que era el centro de empleo más importante, El Coquí se convirtió en punto de encuentro. Y así está en los programas de las Fiestas de El Coquí, que están ahí, impresos en blanco y negro, cómo la gente de Ponce, de San Antón, de La Playa, y otros barrios, venían a El Coquí para encontrarse con los de Guayama. ¿A qué? A bailar y a cantar. En El Coquí había varias plazas de baile. Las más importantes eran La Gallera y La Plaza de los Cabros. Yo iba a los bailes de bomba, pero iba por la madrugada, porque Mami no me dejaba salir de noche. Si me iba temprano, parecía que iba a la gallera. Ahí estaban todavía los bailadores. Nosotros íbamos, la muchachería, porque había desayuno. Que era vianda con bacalao. Nosotros nos poníamos por la orillita, tú sabes, y las mujeres que estaban sirviendo, después que les servían a los músicos y a los bailadores —es lo principal—, nos daban la señal. 

Mami nos llevaba en Semana Santa a la procesión de Ponce, que era la más grande, a verla. Fletaba un carro, el carro de Sondico, que tenía un carro público, y nos llevaba. Era en la Plaza de las Delicias donde terminaba todo y ahí esperábamos la llegada de la procesión. Eso era, para un niño, ¡imagínate! Exacerba la imaginación, es como teatro. Ver esas mujeres y esos hombres cargando con las imágenes, con esa devoción. Yo me fijé en todo eso, de hecho, quería ser sacerdote. Con eso era que yo soñaba. Porque a mi barrio llegó el Padre Delfín Vecilla de las Heras, un español que se metía a los bares de El Coquí. El Padre Vecilla me enseñó a nadar. Porque uno de los premios, como yo servía como monaguillo, era ir a la casa de los González, una quinta en la playa. Me enseñó a jugar billar. Era un maestro. ¡Me regaló un billar! De juguete pero bastante grande. Yo lo ponía por las tardes al frente de mi casa, que había como una acerita, y yo lo ponía ahí, bien chévere, bien nivelaíto, como tiene que ser, y venían los chamacos a jugar billar, apostando. Era a un chavo. El que perdía, tenía que pagar dos chavos: uno al ganador y uno a la Casa, que era yo. Y, como yo jugaba y era ganador [ríe], los dos chavos eran para mí. Como yo tenía el billar en mi casa, yo practicaba más. Además, tengo que admitir que siempre he tenido mucha habilidad manual. 

Guayama. Era el pueblo más cercano, una gran ciudad. ¡Bella! Y Mami, que era quincallera, compraba su mercancía en Guayama, que era un pueblo de mallorquines. Los Fontané, los Nieves, eran grandes almacenes porque el puerto de Arroyo estaba activo todavía. Mi mamá me llevaba, ella compraba para revender. Ponce y Guayama eran, y todavía lo son, esos dos grandes polos que miden el Sur, desde el este que es Guayama, hasta el centro-oeste, que es Ponce. Ahí sucede todo. Esa es la cuna de la Danza y de la Plena. Era el verdadero Caribe. Fue a donde llegaron todas esas familias que hablaban “Dutch” —holandés—, francés, inglés. Hay unos cuentos bien interesantes, de Rafael Aponte Ledée, el gran músico, de que mucha música que él oía, la oía en francés, en Guayama.

 

 

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