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Será otra cosa: Contra natura 1

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Por Beatriz Llenín Figueroa

Publicado: martes, 20 de marzo de 2018

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

–El mundo es eso– reveló. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. 

Eduardo Galeano, “Un mar de fueguitos” 

(El libro de los abrazos)

 

 

Durante los últimos días de junio de 1969, en el Stonewall Inn de la calle Christopher, en la ciudad de Nueva York, se encendió en Estados Unidos el fuego que arde de una mecha siempre alerta, milenariamente, en todo el planeta. Una multitud de cuerpos disidentes, raras, cuir, negras, mestizas, empobrecidas, le opuso la fuerza de su convicción a la fuerza represiva y violenta de la policía. La última, como acostumbraba hacer, se disponía a realizar una redada de desalojo, apropiaciones violentas de cuerpos diversos, arrestos arbitrarios y toda suerte de estrategias para continuar infundiendo el miedo que hoy, seguimos combatiendo. Uno de los cuerpos protagonistas fue Sylvia Rivera, trans-boricua de Nueva York, quien convirtió su vida en la lucha toda como “transgender activist, advocate for drag queens and other gender non-conforming people, and the voice and support for countless queer youth.”2 Lo que vino a llamarse la rebelión de Stonewall se evoca todos los años a fines de junio con salpafueras cuir en todo el planeta. Quien se acerca, se enciende. 

Durante los primeros meses del año 2005, en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico, se encendió en el oeste de nuestro país el fuego que arde de una mecha siempre alerta, milenariamente, en todo el planeta. Un estudiante, Johnny Miranda, declaró la necesidad de un salpafuera cuir en el Recinto, espacio de muchos modos opresivo, y actuó en pos de conseguirlo. Lo que vino a llamarse el Coloquio ¿Del otro lao? se evoca cada dos años en un evento que organizamos desde el amor a todas las diversidades y desde el compromiso político por otra vida posible en nuestro archipiélago. Quien se acerca, se enciende.

Solo consigno dos fueguitos del mar infinito que es el archipiélago puertorriqueño, dondequiera que estemos. Uno de esos fuegos –Stonewall– es más reconocido y visible que el otro –nuestro Coloquio en Mayagüez–, pero ambos nos enlazan con el mar inmemorial de fueguitos disidentes y rabiosos que saben bien, en el cuero y en la carne, que otros modos de convivencias, de gestas políticas, de amores colectivos, son posibles y urgentes. Lo saben no solo porque los imaginan a futuro, sino porque los construyen aquí dentro, aquí mismito, en nuestra realidad, todos y cada uno de los días. 

La séptima edición del Coloquio ¿Del otro lao?, que coincidió y se unió al Paro Internacional del 8 de marzo, tuvo como eje temático “Trans, inter y otras rutas urgentes para el devenir cuir.” Dedicamos el evento a todos los cuerpos disidentes, raras, cuir, pero, muy especialmente, a aquellos que se identifican como trans e intersex. Si algo nos queda claro cuando nos ocupamos de aprender (y el Coloquio ofrece mucha oportunidad para hacerlo), es que las personas trans e inter son quienes más nos acercan al fin del heteropatriarcado que tantas vidas ha asesinado, literal y simbólicamente. Los cuerpos trans e intersex han sido, indudablemente, protagonistas de nuestras luchas cuir por la justicia, y debe ocasionarnos rabia para la acción que, a la vez, hayan sido tantas veces olvidadas, en el panorama general de los modos en que se cuenta la historia y, aún más trágicamente, al interior de nuestras propias luchas. 

Hace más de 40 años, Monique Wittig escribió que nuestras luchas persiguen no solo romper el contrato heterosexual (lo que llamó “el pensamiento de la dominación”), sino “destruir políticamente, filosóficamente y simbólicamente las categorías de ‘hombre’ y ‘mujer’” (El pensamiento heterosexual y otros ensayos, énfasis añadido). Los cuerpos trans e inter cumplen en su propia carne ese objetivo radical y liberador. Honramos, pues, sus cuerpos, sus voces, sus cuentos, sus deseos, sus ganas, sus pasiones. Reconocemos y celebramos sus fuegos que arden, todas y cada una de sus llamas, que viven y mueren demostrando que la especie humana no es más ni menos que cualquier otra especie: una continua evolución, un devenir incesante, o en los versos de Ernesto Cardenal:

parientes todas las especies

de las orquídeas a las lombrices

bacteria gradualmente dinosaurio

luego el dinosaurio se volvió ave

también nuestro ancestro molusco

Sólo hay un animal

En un universo cuántico no local

donde estamos interconectados

a pesar de distancias inmensas 

(El origen de las especies)

 

Destruyamos, pues, el régimen sanguinario de las esencias puras, que mata en nombre de la natura. Destruyámoslo porque sabemos que la naturaleza lo que dicta es trans-formación y entre-cruzamiento sin confines, sin límites, sin policías: “Lo que Darwin descubrió […] es que estamos entrelazados / si uno resucita / resucitan todos” (Ernesto Cardenal). A quienes nos quieren muertas de miedo, de dolor o de cuerpo, les gritamos: “nos tienen miedo porque no tenemos miedo;” son ustedes la contra natura. 

 

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