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CUENTOS

Publicado: miércoles, 28 de febrero de 2018

 Félix K. Gandía

 

 

Gato desnudo

 

El gato me miraba. Nos miraba. Es decir, cuando abrí los ojos para verte noté que el gato tenía sus ojos ocupados en los míos. Fue como verme en un espejo. No que parezca un gato, sino que al cruzarnos la mirada sentí la evidencia de que estaba desnudo. Yo, quiero decir. Él siempre lo está.

 En resumen, abrí los ojos para verte, para convencerme de que lo que estabas haciendo era cierto. Pero antes de ver tu cabellera derramada como una noche de hebras ocurrió que me di cuenta de la verdad. Soy un animal. Lo sabía desde hace tiempo. Pero el gato me lo había confirmado en un momento en el que me sentía humano. 

 A ver si me hago entender. No tenía ropa puesta. Tu vestido estaba en el suelo. Y el gato ahora nos miraba a los dos. Es tuyo. Doméstico. Dormilón. Resulta que ahora es sabio. Abrí los ojos y el felino dice: eres un animal. No que hablaba (yo sólo escuchaba tu respiración). Es que yo era el gato mirando ese animal horrible al que tú tratabas de comerte. Sólo pude regresarme al volver a cerrar los ojos. Te sentí otra vez. Traté de decirte una palabra de agradecimiento. Algo habría hecho yo en mi vida para que estuviera ahí, contigo. Dejé mis ojos cerrados y acaricié tus orejas. Entonces sentí la lengua áspera sobre mi frente. Abrí los ojos y allí estaba, a dos pulgadas de mi cara. Lo empujé diciéndole no, no. Y entonces me preguntaste ¿estás bien? “Soy un animal”dije, porque no supe que más decir.

 –¿Te molesta el gato?

 Mi temor era que si te decía que sí, que me molesta que me mire y me pase la lengua de lija por la frente, pensaras que pecaba de insensible al cariño del animalito. Esa manía que tiene uno de adivinar lo que piensa el otro. El asunto es que respondí que no, que no me incomodaba. Una suerte de mentira en ánimo de que por el momento me siguieras queriendo. Me acomodé un poco entre tus piernas para besar tu espalda apretando un poquito esa cintura. Dos razones: una, sabía que te gustaba. Dos, quería ver dónde estaba Mawsili (nunca pregunté por el origen de tal nombre). 

 Lo cierto es que me perdí. Esa suave cuenca que hace tu espalda antes de la soberanía de las nalgas trazó un mapa de dulce vértigo. Sólo veía ese espacio, reducido y cósmico. Busqué el espejo que tienes al lado del closet (para verte dos veces y marearme, pura gula). Tenías los ojos cerrados y la sonrisa aderezada a veces por una mordedura chiquita de los labios. Entonces sentí esa rara sensación en la rabadilla. Me hice el loco pero con el rabillo del ojo distinguí la silueta amarilla. Y otra vez la húmeda aspereza, esta vez en la parte interior del muslo.

–¡Hijueputa! le grité, más asustado que molesto.

–Mawsili, no. 

 Me levanté y volví a encontrarme desnudo y precario. Traté de taparme con las manos. Lo acariciaste con dulzura y lo besaste. Al gato. Confieso que sentí un poco de celos. Me senté en el suelo frío. Me mirabas en busca de comprensión. Entendí. 

¿Qué podía decirte? ¿Que el gato libidinoso me sacaba de concentración? Extendí la mano tratando de acariciarlo, arrepentido. Pero lo soltaste. El ni me miró y se alejó jugando con un peine dorado, que más bien parecía los restos de un pez.

Regreso ahora, susurraste. Me quedé solo. El espejo me devolvió la desnudez. Pensé que el jodido espejo era como el animalito que estaba a punto de estropearme la noche. Yo no quería verme, quería verte. Quería que me reemplazaras, que existiera allá afuera contigo, que llenaras la falta, mi propia ausencia. No sé si me hago explicar. El asunto es que Mawsili volvió a entrar a la habitación, mirándome, maullando. Le dije “eres un espejo”. No sé lo que entendió pero se abalanzó sobre mí. Me cruzó el pecho con una pata, de lado a lado. Mi reacción automática fue tomar uno de mis zapatos y lanzárselo con furia. Justo cuando tú entrabas. Y allí estaba yo, zapato en mano, desnudo como un animal indefenso. Tu mirada lo dijo todo. Entonces hablé yo.

–Creo que es hora de irme–

–Sí–

¿Sí? No podía creerlo. Ni siquiera me pedías una explicación. Me vestí. No encontré las medias pero no quería culpar a Mawsili. Zapatos sin medias, otro tipo de precariedad. Me sentí cada vez más torpe. Te pusiste otro vestido. Si fuese un niño hubiera llorado. Era demasiado para mí.

Soy un animal, dije.

Sí, respondiste.

Era tarde así que me dirigí a la gasolinera, único lugar abierto en la calurosa madrugada. Compré un cuartillo de leche, atún, galletas. La cajera sonreía. 

Hola. 

Hola. 

Comida de gato, me comentó mostrándome unos dientes perfectos. 

Sentí un escalofrío en la espalda porque tenía razón. 

Soy un animal, le dije. 

Ella lanzó una carcajada.

 

 

Corre

 

Está decidido, va a volarse la tapa de los sesos. Demasiado espacio en esta casa habitada de recuerdos. Terminar así con este cansancio de no hacer nada. Pero llaman a la puerta y lo sacan a golpes del ensimismamiento. Aún no sale el sol. Se levanta a duras penas y pregunta quién es. Yo, responde una voz familiar. Abre la puerta y el escalofrío lo congela por dos segundos. 

• ¿Perdiste el habla?– pregunta el hombre que es exactamente igual al que abrió la puerta. Lleva una caja de zapatos en la mano derecha y un estuche de cuero negro en la izquierda.

• ¿Qué está pasando aquí?

• Tengo que resolver esto. Me quiero volar la tapa de los sesos y me presento dos opciones.

• Quiero despertar.

• Ah, qué asco, qué vulgaridad. No estoy soñando.

• Yo estoy soñando.

• ¿Quién crees que eres?…¿Leibniz?

• Calderón, en todo caso…

• Ni siquiera estoy durmiendo bien…dime, ¿estoy durmiendo bien?

• La verdad es que ya me acostumbré al insomnio.

• Ya decía yo. Tengo dos opciones. Ésta nueve milímetros y unas zapatillas con nombre mitológico para correr y aumentar la serotonina. 

• ¿Nombre mitológico?

• Niké, la diosa griega…

• Ah, sí. Claro. Necesito café. Y es la dopamina lo que aumenta.

• No voy a discutir conmigo. La dopamina entra en el circuito neuroquímico del placer en el que interviene el córtex prefrontal y el estrés detiene la secreción de serotonina por el núcleo del rafe. Son complementarios, comemierda.

• Tienes razón, soy un comemierda.

• ¿Cuál es mi talla de zapatos?

• Pero si eres yo ¿cómo haces esa pregunta?

• Es como en un espejo. El pie derecho es mi pie izquierdo. Y a veces hay una pequeña diferencia…

• Esto es absurdo.

• Bien, me dejo de pendejadas. Con ésta nueve milímetros me vuelo la tapa de los sesos. O con estas zapatillas de correr salgo a la calle y en media hora sudo las ganas de matarme. 

El hombre toma la pistola en sus manos con una cierta indiferencia. Es bastante liviana. Nueva. El estuche incluye unas balas cromadas de diseño atractivo. La coloca en el estuche y sonríe tomando las zapatillas y probándoselas. Perfectas. 

• Las usé una sola vez, hace par de meses– dice el que trajo las opciones.

• Cómodas– comenta el otro.

Se viste con un desgastado pantalón y una camiseta ligera. Hace algunos ejercicios de estiramiento.

• Quedas en tu casa.

• Estoy en casa.

Sale a la calle y comienzan a salir los primeros rayos del sol. Mañana fresca. Brisa. Una suerte de tenue luz naranja lo va llenando todo. Va regulando la respiración. Correr es zen. No hay ninguna intención. Sólo respirar. Renunciar al encanto de la voluntad. Inhalar. Exhalar. Página en blanco. Eso es lo que debo hacer. Trabajar en la cocina. Arreglar el jardín. Ahora concentrarme en la respiración misma. Seguir su ritmo natural hasta que, poco a poco, ya no le prestamos atención. Soy respirado. Hakuin, el maestro, levantaba su mano y le pedía a sus discípulos que escucharan el sonido que ésta emitía. Ahora apenas se escuchan los pasos. Apenas se oye el lento trotar. 

Die grosse befreiung repite el corredor, como un mantra. Se atreve a dibujar una sonrisa. Ni siquiera distingue que en la acera frente a él pasa una pareja de corredores matinales. Se ve tentado a cerrar los ojos y dejarse llevar por esa sensación renovada de bienestar. Esto es lo que debo hacer. Establecerlo como disciplina. Todas las mañanas.

Veinticinco minutos han sido suficientes. Se siente renovado. Se permite una sonrisa. Abre la puerta dispuesto a prepararse un buen desayuno para atacar el día. Carpe diem, piensa, justo antes de resbalar en el charco de sangre, golpearse la cabeza y perder el sentido.

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