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Dos visiones de Lady Bird

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Publicado: martes, 13 de febrero de 2018

Juan R. Recondo

 

Hace unas semanas le propuse a Juan Ramón Recondo escribir a dos voces/miradas de Lady Bird, filme estrenado el 1ero de diciembre en los cines de NY y cuya fecha de estreno en Puerto Rico fue pospuesta varias veces. Podemos tener diferencias de género y generación pero el gusto por el buen cine es igualito. (MC)

 

Lady Bird (EEUU, 2017) es una celebración a las libres pensadoras, a sus derrotas y a sus triunfos; a sus amistades y a aquéllos que las han herido; a sus sueños frustrados y a sus secretos más profundos; y a las madres perseverantes que las inspiran a ser únicas. Su directora, Greta Gerwig, nos cuenta la historia de una adolescente que ha decidido llamarse a sí misma Lady Bird (Saoirse Ronan). Con sutiles referencias a películas “coming-of-age” como Pretty in Pink (dir. Howard Deutch, EEUU, 1986), Lady Bird sueña con el traje que se pondrá para su senior prom, con entablar una amistad con la chica privilegiada, con su primera experiencia sexual y con ser aceptada en una universidad de la costa este de los Estados Unidos. Estas experiencias que Lady Bird hace poéticas por como las idealiza, son una reacción a su realidad. La protagonista vive en el “wrong side of the tracks” en una familia que enfrenta problemas económicos, no tiene buen promedio en la escuela y carece de la popularidad necesaria para compartir con las chicas de moda. Sin embargo, Lady Bird persevera y, dentro de sus limitaciones, se aferra a su visión poética y a su independencia. El mundo de Lady Bird tampoco es uno que se divide en una lucha entre ella y un sistema aplastante que limita su individualidad. En el colegio, el cura trata a los estudiantes con ternura y la monja que sirve de principal entiende y alienta la creatividad de Lady Bird. La iglesia y las vicisitudes de adolescencia son frustrantes, pero le ofrecen al personaje una oportunidad para soñar y tornar sus situaciones en momentos de comedia muy bien logrados. 

La escena inicial revela la relación más importante de la película. Lady Bird y su mamá, Marion (Laurie Metcalf, en mi actuación favorita de este año), regresan de visitar algunas universidades de California, donde viven junto al resto de su familia. Ambas están emocionadas porque vienen escuchando una grabación de la novela The Grapes of Wrath de John Steinbeck en el radio del carro. La lectura del final de la novela es la música perfecta para demostrar la relación tan profunda entre madre e hija en un momento muy tierno. Pero como toda buena narradora, Gerwig rechaza la dulzura azucarada y la escena desemboca en una discusión sobre el futuro de Lady Bird que termina con un acto de rebeldía peligroso y lleno de humor. La relación entre Lady Bird y Marion es complicada, pero el amor que existe entre ambos personajes es innegable. 

A todo esto, la película también es una canción de amor a Sacramento, la ciudad que Marion adora y que Lady Bird aprende a amar. Gerwig nos construye un espacio a través de las interacciones con los personajes que viven en el entorno de la protagonista. Así tenemos a Julie (Beanie Feldstein), su mejor amiga que sueña con su maestro de matemáticas; Danny (Lucas Hedges), el muchacho serio que le encanta el teatro, y Kyle (Timothée Chalamet), el chico rebelde, a los cuales Lady Bird se siente atraída; Larry (Tracy Letts), el comprensivo padre que sufre de depresión; y Miguel (Jordan Rodrigues), el hermano mayor que viste de negro según la moda gótica y que no encuentra trabajo. Lady Bird quiere escapar de Sacramento porque es aburrido y carece de la energía artística de Nueva York. Pero es allí donde la protagonista goza de la compañía de su mejor amiga y del apoyo de su madre, que la lleva a ver casas adineradas para escapar por un ratito de su realidad. La película es sobre la adolescencia y la nostalgia que nos asalta después del final de esa etapa. Pero, más importante aún, Gerwig nos brinda una historia sobre una madre y una hija obstinadas, retantes y muy humanas. La directora hace de un atardecer en Sacramento la experiencia más hermosa por la manera en que Lady Bird y Marion lo disfrutan. La película está entre mis favoritas del 2017 y la recomiendo a ojo cerrado, especialmente a todo adolescente, a sus madres y a sus padres.

 

María Cristina

 

Este filme dirigido por la actora (Greenberg, Lola Versus, Frances Ha, Maggie’s Plan, 20th Century Women) y ahora directora y guionista, Greta Gerwig, cuenta una historia conmovedora, inteligente, graciosa y perdurable. Por haber tan pocas directoras en el circuito comercial (un gran número de mujeres sí se distinguen en cine independiente y de presupuesto mínimo/shoestring) sus nominaciones a los premios más famosos y prestigiosos (Golden Globes, BAFTA, SAG-el gremio de actorxs, Oscars) han sido celebrados por la prensa, la crítica y el público en general. Lady Bird no intenta competir con el tipo de producción que caracteriza a los filmes de gran público. Se propone y logra todo lo contrario: tener una conversación, pausada e íntima a la vez, entre sus dos personajes principales, Christine (Saoirse Ronan) y Marion (Laurie Metcalf), que a su vez conectan con un tercer personaje, los espectadores.

Hemos visto excelentes filmes de bajo presupuesto de relaciones entre madre/padre e hijo como The Perks of Being a Wallflower (Stephen Chbosky 2012) y Me, Earl and the Dying Girl (Alfonso Gómez-Rejón 2015), pero contamos con muy pocas historias en el cine de la relación diaria—siempre tormentosa en la adolescencia—entre madre e hija. No hablamos de los extremos de Carrie (1976, Brian De Palma) o de Thirteen (2003, Catherine Hardwicke) sino de lo cotidiano, el no verbalizar los sentimientos, el resentimiento por pequeñeces que se vuelven importantes, el deseo de ser independiente, de no parecerse a la madre (y la madre no querer un clone tampoco), de conocer chicos nuevos y dar rienda suelta a sus hormonas, de intentar cosas nuevas que desafíen las expectativas de sus padres y sus compañerxs de clase, de rechazar lo conocido y fácil para explorar lo que parece atractivo y desafiante. Por eso Christine se hace llamar Lady Bird —nombre escogido por ella en rechazo a lo impuesto por sus padres—, no quiere la presencia de su padre o madre en su vida escolar o de amistades (prefiere que la dejen a una cuadra de su escuela para que no vean quiénes son sus padres ni qué auto tienen), hace todo lo posible por separarse de su familia al solicitar a universidades del Este de EU (vive al otro extremo en Sacramento, California), se abalanza a cualquier chico que le gusta y de quien tiene una buena impresión aunque cree su propia imagen y no pueda ver la realidad hasta mucho después. 

Aparte de las excelentes interpretaciones de las dos actoras principales, Ronan y Metcalf, y de un reparto envidiable (los chicos Danny y Kyle, Julie la mejor amiga, Larry el padre, Sarah Joan la monja principal de la escuela, Leviatch el sacerdote, Miguel el hermano mayor y su novia Shelly), el guión es una verdadera delicia. En cada escena estamos con sonrisas o carcajadas y a la vez sintiendo cómo las palabras pueden ser dardos que duelen tanto y que usamos, casi sin querer, contra los que más amamos. Lady Bird es una historia de iniciación de una chica en vías de convertirse en una adulta que intenta penetrar las paredes que adultos como la madre construyen para poder protegerse y proteger a aquellos a quienes tanto aman.

 

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