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Malos hábitos de lectura: Ámbar, la ciencia ficción cubana y los anaqueles

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Publicado: martes, 13 de febrero de 2018

Maielis González

 

Tengo una amiga entusiasta de los libros y la literatura, quien es además ladrona regular de bibliotecas públicas. Ella se justifica diciendo que realmente está salvando esos libros que roba de una muerte segura en las derruidas instalaciones que sirven a este fin en Cuba, y que, de todas maneras, ya nadie parece interesarse en la lectura, mucho menos a través de estos procedimientos tan engorrosos: ir a una biblioteca, hacerse un carnet de miembro, rellenar una solicitud de préstamo, esperar pacientemente a que la bibliotecaria o bibliotecario busque y encuentre el ejemplar solicitado... 

“¿Ves?”, me dice con orgullo de superheroína infravalorada, mostrándome un ejemplar de Mientras agonizo de William Faulkner, publicado en 1965 por la Editorial Nacional de Cuba, “Si no fuera por mí ahora este libro, junto con El señor de las moscas y Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario, estaría sepultado bajo escombros, pues me lo pude robar justo antes de que colapsara la biblioteca pública de Jagüey Grande, luego de la última inundación”. Y yo la miro consternada y le doy un poco la razón, sobre todo porque se me ha hecho la boca agua al escuchar mencionar los Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario que compilara Rogelio Llopi en 1967, un libro que es una reliquia inconseguible actualmente; y ya voy armando el plan en mi cabeza para pedírselo prestado a mi amiga y quedarme con él… si total, ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

Hace poco, esta amiga mía acude a mí indignada a relatarme la historia de su última incursión exploratoria en una biblioteca pública, ahora en La Habana, en busca de nuevos libros–víctima que rescatar. Me cuenta que estaba en la sección Infantil/Juvenil de la Biblioteca X, sin más compañía que una madre y su hija de nueve años a la que aparentemente su progenitora pretendía empujar hacia el buen camino del hábito de la lectura, cuando mi amiga nota que la niña está sosteniendo, abierta ante su cara, La estrella bocarriba, la popular novela que Raúl Aguiar publicara en el año 2001 y se convirtiera, entre los jóvenes lectores de aquella generación, en un fenómeno de culto; ahora reeditada recientemente por la colección Ámbar de Gente Nueva. Mi amiga escuchó cómo la niña interpelaba a su madre: “Mamá, ¿qué significa la palabra ‘orgasmo’?”, y vio a la madre abrir los ojos horrorizada mientras le arrebataba el libro de las manos y lo dejaba con brusquedad en un anaquel, para marcharse y nunca volver a aquel pérfido lugar.

Mi amiga contempló la escena boquiabierta, agarró el libro y se dirigió a las bibliotecarias para arengarlas, pues, aunque la etiqueta dijera “juvenil“, aquella novela era demasiado hard core para estar en esa sección y ellas debían saberlo, pues era parte de su trabajo. Sin embargo, sabemos que en la mayoría de los casos el rótulo de bibliotecario o librero en Cuba, y la mayor parte del mundo, hace mucho que dejó de comprender la práctica de la lectura. Antes que libreros, tenemos simples vendedores de libros y por bibliotecarios, custodios o carceleros de estos objetos. Y tal pareciera que todos aplican con rigurosidad la máxima de que “un buen comerciante nunca consume de su propia mercancía”, tal y como decía el personaje de un popular teleplay cubano de ya hace algunos años (“La vida en rosa”, si no recuerdo mal, se llamaba) que se dedicaba a vender clandestinamente las novelitas rosas de un escritor “serio” venido a menos. De modo que las bibliotecarias de la Biblioteca X miraron con cara de consternación a mi amiga y se quedaron con el libro en el mostrador hasta que ella abandonó el recinto, posiblemente para colocarlo de vuelta a donde estaba.

A mí me hizo gracia la anécdota, no obstante, tuve que reconocer que las bibliotecarias no tuvieron toda la culpa de que se diera una situación como aquella, pues ahí estaban incidiendo otros factores más coyunturales. Por ejemplo, el hecho de que sea Gente Nueva la única editorial que se ocupe de publicar últimamente los géneros de fantasía y ciencia ficción y que esta literatura cargue, universalmente, con el estigma de ser un entretenimiento para niños y jóvenes.

Realmente es encomiable la labor que ha venido realizando la editora Gretel Ávila desde la colección Ámbar de Gente Nueva, pues se ha convertido en la plataforma de publicación de muchos jóvenes autores con propuestas interesantes que, por pertenecer a la fantasía y la ciencia ficción, posiblemente hubieran sido postergadas o desatendidas en otras casas editoras. Cuba es uno de los países de habla hispana con una de las tradiciones literarias más consistentes en el género de ciencia ficción, que se cultiva con asiduidad desde el triunfo de la Revolución en 1959. Autores como Ángel Arango, Agustín de Rojas y más contemporáneamente, Yoss o Michel Encinosa, se han encargado de demostrar que, por su profundidad filosófica, su tratamiento de temas centrales para el mundo contemporáneo y su incidencia en el pensamiento prospectivo, la ciencia ficción ha dejado de ser un género exclusivo para los más jóvenes. 

En el caso particular de la literatura cubana, la ciencia ficción se ha contaminado con muchos de los rasgos de los diferentes estilos o movimientos que se sucedieron en el llamado mainstream de la literatura. Un caso notable lo encontramos en el subgénero del ciberpunk que comenzó a ser publicado en Cuba a finales de la década de 1990 y utilizó muchos de los códigos del llamado realismo sucio: lenguaje con tendencia al argot popular, escenas de sexo explícito, reflejo del bajo mundo, visiones de una sociedad decadente. Estos rasgos todavía prevalecen en buena parte de las propuestas de los autores que escriben ciencia ficción hoy en Cuba. Y estas propuestas casi exclusivamente consiguen ver la luz por la venia de la colección Ámbar, que, dígase de paso, es una colección pensada para jóvenes, no para niños; y, no seamos inocentes, se trata de los mismos jóvenes que almuerzan, plato en mano, viendo CSI o el capítulo de “La Boda Roja” de Juego de Tronos, sin una pizca de consternación. De modo que una literatura que hable de sacrificios rituales de vírgenes o clanes genéticamente modificados que deben matar para sobrevivir en el mundo post–apocalíptico que habitan, no es que les vaya a sacar ahora los colores. 

Ámbar ha tenido que sortear innúmeros obstáculos, objetivos y subjetivos, para publicar los libros que hoy pone a disposición de su público. Ha sabido aprovechar la flexibilidad de estos géneros (si nos ponemos rigurosos, La estrella bocarriba no es estrictamente ciencia ficción ni fantasía), el desprejuicio de sus autores de ser vinculados a una editorial que “publica para niños” y la ineptitud de ciertas instituciones que no ven en esta literatura más que barrabasadas fantasiosas e inútiles. Esta colección actualmente está ocupando un lugar fundamental, que en otros tiempos ocuparan colecciones como la Dragón de Oscar Hurtado o aquella que publicara los Premios David de Ciencia Ficción, para la difusión de esta clase de literatura en Cuba. Así que su equívoca colocación en los anaqueles de nuestras librerías y bibliotecas públicas es un daño colateral que, particularmente, estoy dispuesta a tolerar.

Sin embargo, mi amiga, que es una mujer de acción, dentro de sus responsabilidades de heroína robadora de libros, últimamente, ha empezado a incluir la de revisar que los libros estén ubicados en las secciones pertinentes de las bibliotecas públicas. Yo, más holgazana y contemplativa, gasto unos minutos en imaginar qué le respondió la madre a su hija de nueve años cuando ésta siguió insistiendo en que le explicara qué significaba la palabra “orgasmo”. Después continúo paladeando el prólogo de Llopi a la antología de Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario que ahora tengo en mi poder.

 

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