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Será otra cosa: Las películas de carretera

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Por Laurie Garriga

Publicado: miércoles, 28 de febrero de 2018

Este semestre enseño un curso sobre las películas de carretera o road movies en el cine hispano. Como con tantas otras cosas en la escuela graduada o, mejor dicho, como parte de mi programa y cronología de enseñanza, este curso se me asignó. Y aunque he modificado algo el prontuario, la clase no ha sido hija de mi ingenio, ni de mis temas de estudios y hasta hace poco tampoco de mis intereses más cercanos. Sin embargo, en preparación, he estado instruyéndome en la materia con más o menos suerte o eso me creo (ya veré qué dirán las evaluaciones en mayo). Y mejor aún, me ha hecho pensar, mucho. 

Comenzamos por estudiar las características de la road movie, género que se considera de origen estadounidense y que surge a mediados del siglo pasado debido, en gran manera, a la movilidad individual y al desarrollo de autopistas, carreteras y proliferación de autos. Identificamos algunas características presentes en estos filmes que nos ayudarán a analizar cada obra. Hablamos, por ejemplo, de la travesía (qué motiva el desplazamiento), la búsqueda de libertad, de los obstáculos, de los protagonistas (que usualmente se trata de un dúo), la máquina/carro o el medio de transporte, los obstáculos del viaje y las complicaciones, el paisaje, la mirada al otro y al país y el destino. Y aunque no es un curso de cine del todo –el cine es el contexto cultural a través del cual practicamos, discutimos, pensamos y utilizamos la lengua– también se habla de planos, ángulos, los sonidos y la banda sonora al estudiar los largometrajes. 

Vamos, entonces, casi al mambo, vemos clásicos como Bonnie and Clyde, Easy Rider y, en un salto de décadas, Thelma and Louise. La idea de empezar con este tipo de películas, me ha comentado mi supervisora, es partir desde lo común para poco a poco alejarlos de su geografía y entrar en otros viajes y caminos, en español. “De lo contrario, si es muy ajeno, puede que no respondan al curso”, me dijo. La clase es pequeña y está compuesta por once estudiantes de Comunicaciones cuya segunda concentración es español. La mayoría de ellos son de distintas partes de Estados Unidas con la salvedad de Sam, una muchacha portuguesa. Los estudiantes han respondido de manera favorable. Algunos se entusiasman más que otros, pero en general, comentan, participan y preguntan.

Hace unas semanas, superadas, pensé yo, las películas aclimatadoras, taquilleras y populares en inglés y en español (véase Y tu mamá también o el fragmento “El más fuerte” de Relatos Salvajes), vimos dos road movies latinoamericanas de cine independiente, ambas de trama lenta y con pocos acontecimientos y personajes. En clase, Jim, un joven del curso, me preguntó, entre sorprendido y molesto, qué cómo podían considerarse road movies estas películas en las que realmente no pasa mucho. Para él no lo eran, de ninguna manera, porque debían ser entretenidas, con más acción o retos para los personajes. Con su comentario comenzó una discusión que me ha tenido pensando hasta ahora. Algunos estudiantes dijeron que el cine independiente tendía a ser diferente y respondía menos a la velocidad o a la pirotecnia. Que en momentos estas películas podían ser tediosas –ciertamente–, pero que los hacía pensar. Sam opinó que la lentitud de las películas hacía que nos enfocáramos en otros elementos y proveía otras perspectivas y finales abiertos. Que les hacía reflexionar en cómo podía ser un viaje en carro por Chile o Argentina o qué podría motivarlo. Que como hemos visto las road movies son híbridos, algunas son comedias, otros dramones, otras películas de suspenso. Yo, como moderadora, argüí que precisamente parte de la labor del curso es ver y analizar cómo se ha trabajado el género de la película de carretera en el cine hispano y para lograrlo hay que ver qué y cómo se ha hecho. Jim explicó que para él los protagonistas tenían que sufrir muchos desafíos para que sea una buena película de carretera (ya no, como hacía cinco minutos, una road movie per sé). Y que no le habían gustado las películas. Si supiera que a mí tampoco pero que fueron filete para despertar conversaciones como ésta.

Me parece que nos topamos con algo en la discusión de los otros días. No sé si sea la idea de que el cine debe ser divertido o entretenido siempre o tal vez que así deben ser las clases de español (animadas, leves, joviales). Que para muchos no hay espacio para las complejidades, preguntas, para los silencios o para las historias incómodas en español. Y quizás el consejo de mi supervisora me advertía que no debía espantarlos o aburrirlos (si mi record es 1 de 10, no estoy tan mal). La próxima película en agenda se llama Lisboa, una road movie española de suspenso, que seguro le agradará a Jim porque hay persecuciones, triángulos amorosos y entuertos. Yo, mientras, voy en el curso, poniendo un poquito de aquí con un poquito de allá, o como los versos de Garcilaso llevándolos alguna vez por entre flores, a cuchillo de palo.

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