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América Latina y el Caribe hoy: Con los pies en la tierra*(1)

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Por Julio A. Muriente Pérez

Publicado: miércoles, 28 de febrero de 2018

“…la justicia no se entrama de manera natural 

en la urdimbre de la vida… el bien no siempre vence en el reino de este mundo… los ideales que llenan los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser derrotados e incluso desaparecer de la faz de la Tierra.” 

Gerald Martin

Gabriel García Márquez, Una vida

 

…el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

Gabriel García Márquez, sobre Salvador Allende, en Chile, el golpe y los gringos, marzo de 1974.

 

Absurdo suponer que el paraíso

es sólo la igualdad, las buenas leyes.

 El sueño se hace a mano y sin permiso,

arando el porvenir con viejos bueyes.

Silvio Rodríguez

 

Hagamos todo lo posible, empleémonos a fondo, para que no se pierda lo mucho que hemos avanzado, para que esas generaciones de revolucionarias y revolucionarios que nos reemplazarán no tengan que volver a empezar, no tengan que caminar de nuevo lo que ya hemos caminado, para que acumulen sobre lo acumulado por nosotras y nosotros, para que construyan sobre lo que nosotras y nosotros construimos, para que alcancen metas superiores que hoy nos parecen sueños distantes.

Roberto Regalado

América Latina y el Caribe: ofensiva imperial y resistencia de los pueblos

II Encuentro Centroamericano de Solidaridad con Cuba. 2017

 

Introducción

Han sucedido muchas cosas en Nuestra América en los últimos tiempos; hechos importantes, que han de haber provocado consternación en quienes, de otra manera, se sentían confiados y seguros del presente y sobre todo, del porvenir. Esa seguridad se ha estremecido. Una vez más la vida nos recuerda que los procesos de cambio social, obstinados como son, suelen ocurrir en regiones de altísima sismicidad social, política, económica e histórica. Que no serán un paseo. Que se darán si se dan, que tomarán el tiempo que tomen, pero que no hay garantía alguna. Que el enemigo está ahí, como desde siempre, presto a impedir que se mueva una hoja; y todavía más.

Me refiero, está claro, a las elecciones presidenciales de Argentina en la que los peronistas de Cristina Fernández fueron derrotados contundentemente por la derecha dura; a las elecciones legislativas de Venezuela en las que la oposición recalcitrante apabulló al PSUV, dos millones de cuyos electores tradicionales simplemente se quedaron en sus casas, a la continua situación de violencia y desasosiego desatada por esa oposición extremista y desaforada y las amenazas cada vez en mayor tono desde Washington; al referéndum de Bolivia en el que Evo Morales intentó sin éxito enmendar la constitución para poder ser reelecto a la presidencia; a la destitución de la presidenta en Brasil, Dilma Roussef y la toma de forma democrática –no faltaba más–, del gobierno por una pandilla de corruptos; unida a la frenética persecución de que es objeto el ex presidente Lula por esos mismos desalmados que han tomado el gobierno. Más recientemente, a la confusa e inquietante situación política y social por la que atraviesa Ecuador. Antes, los golpes de Estado perpetrados en Honduras y Paraguay. Después, la situación complicada por la que atraviesa el gobierno de El Salvador dirigido por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Para quienes promovemos el cambio social profundo y radical en América Latina y el Caribe, son todas malas noticias que exigen explicaciones y análisis profundos y honestos. Intento hacer aquí un acercamiento general, a partir del reconocimiento de la gravedad del momento que vivimos. 

No podemos conformarnos –una vez más– con echarle la culpa a alguien: al enemigo imperialista, a las oligarquías, a las burguesías, a los poderosos. Claro que ésos y otros van a hacer lo indecible para impedir que la humanidad entera se enrumbe en otra dirección que no sea la que ellos han impuesto por tanto tiempo, sobre todo en época de unipolaridad y neoliberalismo. 

Pero, en última instancia y más allá de la maldad de los malos, será nuestra gran responsabilidad demostrar que en efecto estamos dando un salto hacia adelante y hacia arriba; que tenemos la capacidad de trascender errores y limitaciones del pasado y de ser superiores a nuestros predecesores en esta faena transformadora. Que somos más fuertes y más capaces. No simplemente que tenemos la razón, pues no basta. Que contamos con la astucia, la destreza y el “juego de piernas”, que reconocemos el carácter sinuoso y accidentado de la vida toda, que no nos atemorizan los tiempos difíciles, que después de todo van a formar parte orgánica y a la larga inofensiva, esperamos, de los tiempos nuevos. Que no nos asimos a consignas deslumbrantes, como si del padrenuestro o del avemaría se tratara. Que tenemos la capacidad de ganar la simpatía, el respaldo y la militancia de las grandes mayorías de nuestros pueblos, sencillamente porque podemos hacer mejor las cosas.

Que, en última instancia, hacemos lo que hacemos y creemos en lo que creemos porque, francamente, no nos queda otra opción. Es la única manera de imprimirle pertinencia y sentido a nuestras existencias. Hay algo de fatalismo en esto. Y de placer también. Lo más desconcertante, insisto, es que no hay garantía ni seguridad. Pero no queda de otra. Sólo la confianza, que no la fe, en eso que llamamos el porvenir. Lo demás, ha dicho en su erudición el Poeta, es la nada.

Mucho menos podemos conformarnos ni confundirnos con los análisis de quienes prenden velas diariamente, rogando al altísimo que se desplomen los procesos democráticos y progresistas que han avanzado durante las pasadas dos décadas en Nuestra América. Ésos son los que afirman, con una seguridad que no tolera discusión, que hasta aquí les llegó la gasolina –casi literalmente– al chavismo, a los bolivarianos, a los de Evo, Correa, Daniel o Raúl, y a quienes les siguen y emulan. Que frente al cataclismo provocado por estos atrevidos y díscolos del siglo veintiuno, todo comienza a volver, inevitablemente, a la normalidad. Que se acabó la época dorada de la izquierda.

 

A propósito del colapso del campo socialista

Una de las grandes frustraciones que produjo en muchos de nosotros y nosotras el llamado socialismo real–a cuya influencia estuvimos sometidos por décadas--fue su colapso acelerado, desenfrenado e incluso imprevisto, luego de que se nos hubiera convencido de que la marcha de la revolución socialista y comunista era a la vez indetenible y ascendente. Todavía recuerdo cómo fanfarroneaba con amigos y alumnos sobre la tercera parte del planeta que ya había alcanzado el socialismo y de cómo sería cuestión de tiempo antes de que prácticamente todos los pueblos siguieran por ese rumbo: primero la URSS y Mongolia; luego los países del este de Europa, más adelante China, Corea, el sudeste asiático, Cuba, África, Asia, en fin, la Tierra. El capitalismo y el imperialismo, inofensivos tigres de papel, estaban acorralados y prontos a desaparecer.

Ello era inevitable, asegurábamos, porque después de todo la justicia tenía que prevalecer sobre la injusticia y el bien tendría que imperar sobre el mal. Eran, en fin de cuenta, cosas del destino, la ciencia revertida en fe, la ideología convertida en religión. Era el determinismo en todas sus vertientes. Sólo faltaba decir que Dios lo había querido así pues estaba de nuestra parte, y así sería.

La caída fue dura, al punto de que levantarse parecía imposible. Hubo incluso algunos que llegaron al descreimiento total, afirmando que estábamos ante el “fin de la historia”; es decir, que el capitalismo sería el ahora y el siempre en el presente y el futuro. Las grandes potencias capitalistas, mientras tanto, celebraron en grande. Desde entonces han querido convencer a la humanidad de que lo que fracasó no fue la manera cómo soviéticos y este-europeos pretendieron construir el socialismo, sino las ideas mismas del Socialismo. Mucho menos reconocen que, después de todo, en buena medida fue la degeneración de esa ideología lo que fracasó y que buena parte del liderato pretendidamente comunista de esos países terminó siendo una vulgar pandilla de corruptos y saqueadores. Que las ideas fundamentales del Socialismo siguen teniendo vigencia, probablemente ahora más que antes, cuando las contradicciones entre quienes tienen y quienes carecen se profundizan–como la obscenidad de que el uno por ciento de la población mundial posea más del 50 por ciento de la riqueza, o que los diez principales multibillonarios posean entre ellos más de 600 billones de dólares--cuando los desmanes de los poderosos son mayores y se desatan con más impunidad, cuando la brecha entre explotados y explotadores es más abismal que nunca.

En todo caso, es necesario reconocerlo, los capitalistas e imperialistas plantaron bandera triunfante, y arrogantemente se dispusieron a engullir el planeta entero.

 

Señales de vida 

Fue en América Latina y el Caribe donde se dieron las primeras señales de que, por así decirlo, había vida después de la debacle del socialismo real en Eurasia. Ese es el primer valor histórico de la victoria electoral alcanzada por Hugo Chávez Frías y el Movimiento V República (MVR) como candidato a la presidencia de Venezuela, el 6 de diciembre de 1998; apenas seis años, once meses y 19 días después del colapso de la Unión Soviética, ocurrido el 25 de diciembre de 1991. A ese gran triunfo político se fueron sumando durante las pasadas dos décadas las victorias alcanzadas por movimientos progresistas y democráticos en Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, El Salvador, Paraguay y Honduras.

No debe pasar inadvertido que en todos los casos se trató de victorias electorales, aunque el alcance o profundidad de las propuestas político ideológicas o programáticas sean distintas en cada país. 

Las dificultades anticipables han aparecido cuando se plantea en distintos países y de forma diferenciada la intención de echar a andar procesos de alcance revolucionario a partir de triunfos en las elecciones, habida cuenta de que, a diferencia de lo ocurrido en Cuba en 1959 y en Nicaragua veinte años después, en 1979, se considera que actualmente no están dadas las condiciones para la toma del poder por la vía armada o insurreccional. Por consiguiente, se han querido transformar la papeleta electoral y la urna en herramientas revolucionarias.

No basta con que –como sucedió en Venezuela en abril de 1999, al año siguiente del triunfo electoral– se convoque a una asamblea constituyente y que como resultado se imponga una nueva carta magna en cuyo texto se propongan cambios profundos e incluso radicales. La trampa del parlamentarismo burgués se mantiene vigente. Aun con constituciones nuevas y superiores, no se ha tomado el poder, sino que solo se administra el gobierno y, en mayor o menor medida, algunas áreas de la economía.

Aunque se habla de revoluciones y se esgrimen consignas alusivas a procesos radicales e irreversibles, lo cierto es que lo que han avanzado –aquí un poco más, allá un poco menos– son acciones que se inscriben en lo que se define como un proceso de liberación nacional, recuperación relativa del poder, superación relativa de la condición neocolonial y la dependencia extranjera, reducción de la hegemonía burguesa nacional, aumento en el control de los recursos naturales, recuperación paulatina de la independencia nacional, etc. Por ejemplo, el gran logro de sacar de la pobreza y la insolvencia a millones de ciudadanos, como fue el caso de Brasil bajo el gobierno de Lula, puede ser un gran salto adelante en la transformación de sociedades tan desiguales. 

Pero existe también el riesgo de que el cambio termine siendo una mera reforma, que cree millones de nuevos consumidores sin conciencia social como parte de un proceso de clasemediarización de la sociedad, lo que en lugar de favorecer al proceso de cambio radical, se convierte en un espaldarazo a los dueños de los medios de producción, que ven con entusiasmo cómo las medidas democratizadoras de la izquierda fortalecen la sociedad de consumo (capitalista). En Chile, la concertación de centro-izquierda se rige aún por la constitución impuesta por la dictadura fascista de Pinochet en 1980. 

Inevitablemente, el fantasma de la fracasada “vía chilena al socialismo” estaba y sigue estando presente. También han estado presentes los fantasmas de los descalabros sufridos por movimientos armados, particularmente el que dirigiera el comandante Ernesto Che Guevara en Bolivia, a finales de la década de 1960. Y los tenebrosos fantasmas de las dictaduras que por décadas asolaron Paraguay, Nicaragua, Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, además de El Salvador, Guatemala, Haití y República Dominicana. 

Valdría la pena, igualmente, echar una ojeada a la experiencia de la llamada Revolución de los Claveles, acontecida en Portugal a partir del 25 de abril de 1974, siete meses después del golpe de Estado en Chile. En este país europeo –tras derrocar la dictadura imperante por décadas y echar a andar el proceso de la descolonización de las colonias portuguesas en África– desde los sectores progresistas de las fuerzas armadas y organizaciones que se distinguieron en la lucha contra la dictadura, se intentó generar una especie de vía portuguesa al socialismo, también frustrada, donde encontramos ingredientes importantes parecidos a los que caracterizan la situación que viven los pueblos de Nuestra América cuarenta años después.

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