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La dama ciega

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Por Manolo Núñez Negrón

Publicado: martes, 16 de mayo de 2017

Manolo Nuñez Negrón

 

Doy un paso en dirección del andén y aflojo el botón para que la humedad de esta jornada que apenas comienza, con algunas nubes tapando el sol de septiembre, tarde en instalarse debajo de la piel. El pequeño chubasco ha exacerbado el calor, y ya la camisa blanca, rigurosamente almidonada, se pega a la espalda y las gotas de sudor descienden tras las orejas y el cuello, minúsculas. La primera batalla que se libra en el Caribe es la de la temperatura: ser isleño significa estar solo sobre el agua y aceptar, con cierta resignación, el vapor inclemente que sube desde el asfalto y te calcina las entrañas, sin prisa, pero sin pausa. Aunque tacaña, la brisa está soplando y en la estación del Tren Urbano, ubicada entre edificios abandonados, levantada del suelo por pilares gigantes, los pasajeros son escasos. Ha pasado la hora pico, el rush mañanero, y es por eso, imagino, que los vagones demoran en llegar y las personas esperan sentadas en los bancos, sujetando sus pertenencias. En Nueva York es cada siete minutos, sin fallar, dice la señora a mi derecha, y yo sonrío, asintiendo con la cabeza, mientras el ruido de los rieles anuncia que se acerca el furgón anhelado: pero aquí hacemos las cosas al revés, y no hay progreso

Las puertas tardan en abrir y aprovecho para cotejar que el nudo esté en su sitio. Puedo escuchar, nítida, la voz de mi madre que, sentada en su taller de artesana, con las manos llenas de barro y el delantal jaspeado de colores brillantes, le repite a mi padre la misma consigna: el traje lo hace la corbata. Es inevitable: el recuerdo está hecho de esas frases sueltas que van desperdigando los seres queridos y que, a la postre, se convertirán en nuestra única, y última, literatura. Este gesto, en apariencia indiferente, de anudarse la chalina frente al espejo sacude, ahora que lo pienso, la memoria, y trae al presente, a este presente inestable, otras locuciones que se han quedado dormidas en el interior: me voy a mandar a hacer unas telas, nene, porque el hábito no hace al monje, pero ayuda

El aire acondicionado domestica el sofoco, lo mantiene a raya, y al aproximarme al asiento coloco el bulto, parsimonioso, y doblo la chaqueta para que no se estruje. Esa conciencia de la pulcritud en el vestir se la debo a mis abuelas: costurera y modista, la una, joceadora y fritolera, la otra. Los adjetivos delatan su procedencia: la primera vino al mundo en una hacienda, y la segunda en un arrabal. También el vocativo sugiere una discreta, velada, diferencia de clase: abuelita conoce el orden de los cubiertos en la mesa y es diestra en los encajes de mundillo, sabe distinguir entre una mazurca y un fox-trot, entre el champagne, el vino blanco y la sidra; aguela vive abrazada al caldero, adosada a la radio, le vende una nevera a un esquimal, y de un pollo criado en Aibonito, donde nacen las flores, mijo, fríe las pechugas, guisa las caderas, mete los muslos en el arroz y zambulle el espinazo en una sopa con fideos: ese abuelo tuyo come igual que los presos. Ambas, eso sí, me velaron el sueño con esa ternura sencilla, rústica, de las matriarcas en las Antillas, y me pasearon por el atrio parroquial, antes de la misa, con la partidura perfecta y el filo del pantalón impecable: este es mi nieto, el mayor. Quizás por eso ahora, cuando la muchacha que carga el niño en el regazo me pregunta, a quemarropa: ¿y tú eres abogado?, siento que algo, en secreto, las reivindica. 

Todavía, contesto, y ella tuerce la boca, incrédula: es que no me pasan pensión y tengo que orientarme. Se baja en la Roosevelt: pa’ coger la guagua que me tire en Plaza, explica, y enseguida salta al ruedo el caballero de boina crema a mi izquierda: lo que tiene es que ponerse un coi y dejar de traer críos al mundo, qué cojones. Miro la avenida repleta de vehículos y observo el tráfico, esa prolongada fila de coches que se amontonan tras el semáforo: esta ciudad no está hecha para caminar. Ni una acera ni un árbol, ni un parque ni una fuente al lado de las viejas estructuras: solo una larga, monótona sucesión de señales de tránsito, de billboards y cables eléctricos, de pasquines con fotos de políticos y letreros de negocios de comida rápida. Y en medio del desparrame urbano, de esa orgía de cemento que es Puerto Rico, campeando por sus respetos, el dueño y albacea de nuestros trámites diarios: el carro. Distingo, desde lo alto, los modelos. Establezco diferencias, jerarquías, después de todo formo parte de esta sociedad y soy capaz de reconocer el valor simbólico del auto: perdóname caballo, no te enredes, una cosa es un BMW, aniquelao, y otra es un punto ocho, con permiso, por eso es que sigues soltero, mamón

Esos chamacos que corren entregando periódicos, flyers con ofertas y menús de almuerzo, también se están buscando la peseta. Pero el individuo ubicado dentro de la máquina de lujo, alimentada por el diésel, el que acelera su Mercedes Benz o su Range Rover, por lo regular, va absorto en sus cavilaciones y está escindido de la realidad. Le resulta difícil, to say the least, reparar en las zonas de exclusión que la metrópolis consagra y exhibe: las barriadas marginales, los residenciales públicos, ese invento macabro del viejo Muñoz Marín, los hospitalillos clandestinos. El sillón de cuero que le da masajes en los muslos y se anticipa a sus necesidades vitales, las pantallas relucientes del dash que adivinan su ritmo cardíaco y el equipo de música ultrasónico, en el que suena la cantante sajona que está in en Miami o la dicción pausada, perfecta, de un locutor que lee una novela de Ken Follet o John Grisham, impiden que se compenetre con un ambiente y unos escenarios que, pongamos esto en contexto, lo desquiciarían. ¿Cuándo carajo nos nació este gueto?, inquirirá, trágico, pero se acogerá solícito a la solución Jet Blue, sin esperar la réplica. 

¿Desde qué momento se están asando estos adolescentes sobre la brea de una capital llamada San Juan? Puede que lo ignoren y, aun así, estos jóvenes en mahones y talego amarrado a la cintura, son descendientes de aquellos jíbaros que salían a cortar caña o recoger café, con el machete al hombro, para ganarse el sustento. El tiempo ha pasado, el país se industrializó, se vivió la transformación social que trajo a los campesinos a la urbe, y en cambio un sector importante de la población sigue anclado en lo que podría llamarse, a falta de un término más adecuado: el precariato, gente que para poder subsistir tiene que diversificar su jornada laboral: soportar el part time en Walmart, la chiripa en Walgreens, el doble turno en Burger King. Se mueven con energía, reparten los panfletos sin perder el equilibrio, sortean el atasco con gracia. Bien visto, son supervivientes, y su presencia en la calle, la solitaria sombra de su silueta, basta para romper el mito de la igualdad entre todos los ciudadanos. Lo cierto es que no somos idénticos ni ante las fuerzas de la ley ni ante las furias del mercado, dos formas de la violencia organizada. Ellos, los nuevos jornaleros, lo saben. El altoparlante interrumpe la meditación: Piñero, Piñero

–Por lo menos aquí se apean los pica pleitos. 

Esta mujer, algo entrada en carnes, con el pelo grisáceo, trae consigo una cartera negra, enorme, que aprieta contra su cadera: está el pillo josco. No encuentra, ya se ve, razones de peso para disimular su resentimiento. Concurro con su comentario, sonrisa y carcajada incluidas, y ella coge los topos. Cualquiera diría que esperaba un guiño de alguien, una señal divina o humana que le permitiera explayarse contra la clase togada a la que, ya es más que evidente, aborrece: mijo, no hay uno bueno. Y entonces remata con una expresión a prueba de balas: imagínate tú, que después se hacen políticos

Quedo avasallado por un razonamiento que hubiese sobrecogido al propio Trías Monge, al famoso y cultísimo don Pepe, al jurista insigne que nos explicó, mucho antes de descubrir y desmenuzar las penas más antiguas, que nuestra Constitución, colonial as it may be, es de factura más ancha que la norteamericana. Larga vida a la tradición civilista, que es hija del código Justiniano y los desvaríos napoleónicos. ¡Sufre Hamilton! Es probable que esta dama desencantada de la vida y sus miserias no haya terminado la secundaria y, sin embargo, tiene claros los muñequitos: imagínate tú, que después se hacen políticos. Res ipsa loquitour. O en su versión boricua, más persuasiva y convincente que el latín clásico: la cosa se cae de la mata

Y, ¿a qué te dedicas?, pregunta, y suspira hondo al mirar las ventanas del Auxilio Mutuo, los cristales esmerilados tras los cuales los enfermos aguardan, desvelados, por la dudosa luz del día que disipa, con análoga indiferencia, la niebla y el miedo: ¿defiendes delincuentes o robas herencias? 

Soy estudiante– aclaro. 

Crece una frontera de silencio, una telaraña de suspicacia entre ella y yo: 

Ah… - y parpadea con ahínco, evitando el estornudo. 

Pues yo que tú me dedicaba a otra cosa. Vete a trabajar la tierra, que es más digno. Ya nadie quiere meter las manos en la tierra. 

Eso es así - concluyo. 

Salgo a la plataforma y tomo las escaleras que conducen a la salida. Llevo el gabán abotonado, el portafolio con el interrogatorio bajo la axila, la mandíbula temblorosa. Repito en mi mente, cual mantra budista, las Reglas de Procedimiento Criminal, tal y como lo hacía en la escuela elemental antes de declamar un poema, mientras busco el boleto en los bolsillos llenos de monedas. 

De pronto me alcanza el olor inconfundible del trópico en su dimensión urbana: ese vaho que emana de los carritos de hot dog, de la greca de café y de las pincheras protegidas por un techo de zinc. Traigo escondido, desde luego, un rosario confeccionado con pepas de olivo. Son rituales de la infancia. Al intentar cruzar la vía, atiborrada de policías y patrullas, de prestamistas, detectives y fiadores, de parientes y dolientes que desfilan hacia la edificación despintada, sucia, una pareja de predicadoras que distribuye folletos se atraviesa en mi camino:

Ay de aquel que confíe en la justica de los hombres.

 

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