Opinión / Siete días

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Sobre Roque Dalton y otro amigo olvidado

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 26 de mayo de 2015

Nota Introductoria: En el verano de 1971 visité la República Popular Democrática de Corea como delegado invitado del Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) a un congreso político. Hace algún tiempo comencé a escribir una memoria de aquellos años locos que guarda reposo en alguna gaveta. Del viaje a Corea del Norte redacté unas cuantas cuartillas. Al ver la reciente edición de En Rojo dedicada al poeta Roque Dalton, a quien conocí en aquel viaje, busqué lo escrito del que extraje un pedazo que me parece pertinente. Lo escribí hace algunos años. Aquí va.

 

Pyongyang era una ciudad que por el día trabajaba –de verdad trabajaba– y por la noche, desde bien temprano, dormía. La vida nocturna sencillamente no existía en aquel ambiente excesivamente espartano. Como las actividades oficiales a las que debía asistir eran siempre de día, las noches sobraban. Pero muy pronto descubrí que no había razón para aburrirse porque conocí a los compañeros de viaje, particularmente a dos de ellos. De uno se me olvidaría el nombre pronto, como me pasa a menudo, pero recordaría por siempre la persona. El otro nombre se grabaría en mi memoria porque volvería a escucharlo muchas veces y porque era poeta: Roque Dalton, escritor salvadoreño que ya era guerrillero.

Los coreanos, queriendo romper su aislamiento, habían invitado delegaciones de todo el mundo, y de América Latina habíamos muchos, todos ubicados en el mismo hotel. De inmediato conocí al primero de mis dos nuevos amigos porque compartíamos el mismo intérprete, que también fungía como guía, y el mismo automóvil. Era brasileño y caminaba con mucha dificultad, como arrastrando la pierna derecha. Recuerdo que le pregunté qué le pasaba en la pierna y su contestación fue enigmática: “Ya no me pasa nada”, me dijo, “lo malo ya pasó.” En una de las muchas conversaciones que sostuvimos me contó que la cojera se la dio la tortura. A Corea no voló desde Brasil, sino desde Cuba donde vivía como refugiado, habiendo llegado de manera poco convencional en 1969.

Ahora, tantos años después, trato de recordar su cara y no lo logro. Creo que era alto de estatura, al menos más que yo, que no es decir mucho. Lo que sí recuerdo es su jovialidad. Era un hombre alegre, tanto, que hasta hacía bromas con sus desdichas.

Tratando de encontrar su nombre me pongo a revisar historias del Brasil de 1969, cuando estaba en apogeo la dictadura militar que ostentaba el poder desde el golpe de 1964. Reviso con aprehensión un opúsculo que guardo de aquellos años: Mini- manual del guerrillero urbano de Carlos Marighella. Cuando visité Corea ya conocía el pequeño libro, lectura obligada por aquellos tiempos. Sobre la guerrilla tradicional, la que opera en la selva o en la montaña –como la que resultó victoriosa en Cuba– había variedad de textos, particularmente los del Che y el pretencioso y muy leído librito del francés Regis Debray: Revolución en la revolución. Sobre la guerrilla urbana, que ya se desarrollaba en Brasil y, sobre todo, en Uruguay, no había tantos. De la experiencia uruguaya, donde operaba, ya con aires de leyenda, el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros, conocíamos bastante en Puerto Rico porque las acciones de aquel grupo guerrillero generaron gran impacto mediático. De la brasileña, fundada y dirigida hasta su muerte por el propio Marighella, conocíamos menos. El escrito de Marighuella ayudó a cubrir la brecha, pero fue más que nada un “libro de texto”, un manual formativo para quienes aspiraran a luchar en ambiente citadino.

Mi amigo brasileño fue miembro activo de la Alianza de Liberación Nacional (ALN) que fundó Marighella y había caído preso en una de las batidas desatadas por la dictadura en 1969. Según su relato, fue sometido a torturas que, entre otras cosas, le dejaron una pierna atrofiada. Con brillo en los ojos, junto a la fuente de aquel hotel al otro lado del mundo, afirmaba que a pesar de los golpes nunca “cantó”, pero que estuvo muy cerca de hacerlo instantes antes de que llegara el aviso de su liberación. Su conciencia se salvó gracias a un evento para él inesperado. Sus compañeros de ALN, junto con los del Movimiento Revolucionario 8 de octubre, secuestraron al embajador de Estados Unidos en Brasil, Burke Elbrick, y a cambio de su libertad exigieron la liberación de los presos políticos mantenidos por la dictadura. Tras intensas negociaciones se pactó la libertad de 15 prisioneros, entre los que estaba el amigo que luego encontraría en Corea. Fueron colocados en un avión que primero los llevó a México y finalmente a Cuba. El embajador, claro está, fue liberado cargando sólo el susto y un libro de versos de Ho Chi Minh que le dieron sus captores como regalo de despedida.

Con Roque Dalton no estuve tanto tiempo como con el guerrillero brasileño porque no compartíamos guía ni automóvil, pero juntos integramos muchas de las tertulias que prendían en el vestíbulo del hotel o en torno a un billar en la embajada cubana a donde “escapamos” más de una noche. Yo conocía algo de la poesía latinoamericana, al menos a Pablo Neruda y a César Vallejo, y podía seguir el curso de su conversación, aunque siempre se habló más de lucha que de literatura. No se trataba de un congreso literario ni él estaba allí como poeta, sino como representante de los que en El Salvador ya empuñaban las armas.

Para que sepan quién era Roque Dalton sólo voy a citar seis versos extraídos de su poema Alta hora de la noche:

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

porque se detendrá la muerte y el reposo.

Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.

Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.

 

No dejes que tus labios hallen mis once letras.

Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

 

Pero Roque Dalton no se ganó el silencio, más bien se lo impusieron. Murió en su país siendo integrante de su lucha guerrillera, pero no lo mató el enemigo. No cayó peleando como seguramente esperaba, sino asesinado por un supuesto amigo. Como su caso, debe haber otros que han terminado sus vidas ejecutados por combatientes con mente militarizada o con personalidad paranoica. Las circunstancias sobre la muerte de este gran poeta salvadoreño no están claras y puede que nunca lo estén, a pesar de lo mucho que se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre el caso en su amado país. Dicen que alguien le imputó ser “agente del enemigo” y la acusación fue seguida por la ejecución, a la manera de un juicio sumario. Con ese acto brutal e insensible, producto de mentes bestializadas, El Salvador perdió un luchador honesto y América a uno de sus poetas más productivos.

Las horas que compartí con Roque Dalton en Pyongyang, casi siempre huyendo del aburrimiento de aquella ciudad aburrida y al lado de una fuente plana donde revoloteaban peces anaranjados, vinieron a mi mente cuando me enteré de su muerte trágica. Cuando nos juntábamos a hablar, siempre era de noche y casi nunca hablábamos de los eventos del día, sino de la lucha y la poesía. Recuerdo que se sentía particularmente cercano al poeta peruano César Vallejo y hablaba de su Trilce y de sus Heraldos Negros como si fueran de él. También hablábamos de Cuba, de la Cuba de donde venía, de El Salvador, su patria centroamericana que él consideraba pequeña y que es mucho más grande que la mía.

Nadie merece morir como Roque Dalton murió y mucho menos alguien de su sensibilidad. Una persona como él, que expresaba a borbotones un compromiso puro y limpio con su país, debe morir luchando, o de viejo, y no asesinado por un loco que se cree iluminado. Sólo espero que, al enterarse de su muerte muchos de sus compatriotas hayan dicho las “sílabas extrañas” que el poeta pedía: “flor, abeja, lágrima, pan, tormenta”.

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