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El viento de la libertad

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Por Marcelo Barros

Publicado: miércoles, 31 de mayo de 2017

Todos los seres humanos tienen en común el deseo íntimo e insaciable por algo más profundo que la mera cotidianidad y las necesidades inmediatas. Hay un hambre y sed de infinito. Quién cree en Dios, lo acepta como un secreto de amor presente y en todo lo que existe. Es ese misterio de amor que todas las personas presienten y con lo cual buscan saciar su sed de vida. En el siglo IV, San Agustín afirmó: “El corazón humano vive inquieto hasta que pueda reposar en Ti”.

Conforme a la fe cristiana, la apertura al Espíritu es don y corresponde a un llamado divino puesto en lo más profundo de nosotros. En hebreo, el término “espíritu” es “ruah, viento. Los antiguos creían que el Espíritu Divino es un soplo o viento que sacude todo y renueva la vida. En la primera página, el Génesis afirma que antes de que Dios pusiera orden en la creación, “el soplo divino pasaba sobre las aguas (Gn 1, 2). Más tarde, cuando los hebreos debían atravesar el Mar Rojo para liberarse de la esclavitud de Egipto, un fuerte viento sopló durante toda la noche, separando las aguas, para que el pueblo pudiera atravesar el mar a pie seco (Ex 14). Conforme el evangelio de Juan, cuando resucitó, Jesús apareció a los discípulos reunidos. Y, así como en la creación de la humanidad, Dios había soplado sobre el ser humano para darle vida, también en aquel domingo de Pascua, Jesús sopló sobre sus discípulos y discípulas les comunicándoles la vida nueva del Espíritu (Jn 20, 19-20).

El próximo domingo, una vez más, las Iglesias encierran las fiestas anuales de la Pascua con la celebración de Pentecostés. De acuerdo con antiguas tradiciones ibéricas, en algunas regiones de continente latinoamericano, devociones tradicionales salen en las calles con sus ritos, sus melodías y sus tambores. Así, invocan el Espíritu Divino sobre la naturaleza amenazada y sobre ese nuestro mundo que parece tan sin rumbo.

Hoy, hombres y mujeres de las más diversas religiones, así como personas que no siguen ningún credo, se comprometen a buscar “un nuevo mundo posible”. En todo el mundo, la realidad social y política se ha vuelto más dura y cruel. Sin embargo, la presencia del Espíritu en nosotros, no nos deja perder la esperanza. La fiesta de Pentecostés viene a recordar nuestra vocación a la libertad. En sus cartas, Pablo nos asegura: “Ustedes no viven más bajo el dominio de los instintos egoístas (carne), pero bajo el Espíritu y el mismo Espíritu Divino habita en ustedes” (Rm 8, 9). “Donde esté el Espíritu de Dios, allí habrá libertad” (2 Co 3, 17). “Fue para que seamos libres que Cristo nos liberó” (Gal 5, 13).

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