Opinión / Editorial

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De nuevo a la calle junto a nuestro pueblo

Publicado: jueves, 16 de noviembre de 2017

Después de dos meses desde nuestra última edición impresa, CLARIDAD vuelve a la calle en nuestra primera edición en papel tras el golpe compartido por el paso del devastador huracán María por nuestro País.

Aunque estuvimos presentes durante este tiempo  en nuestra página “web”, nos regocija regresar a las manos de nuestros lectores y suscriptores, con el mismo empeño y la misma misión que nos ha impulsado por los pasados 58 años: Ser trinchera para la educación y movilización de los sectores más alertas de nuestro pueblo, e instrumento  hacia la consecución de la independencia política y económica mediante la cual nuestro país tendrá los poderes plenos para dirigir la reconstrucción y su futuro desarrollo.

Nunca ha sido más evidente que hoy la necesidad de que Puerto Rico alcance los atributos de la soberanía nacional. Para quienes aun albergaban dudas sobre el fracaso estrepitoso del experimento colonial del gobierno de Estados Unidos en Puerto Rico, este período post María habrá sido un duro momento de la verdad. No sólo la respuesta del gobierno de Estados Unidos ha sido lenta, desarticulada e insuficiente, sino que todo el montaje federal post huracán ha estado matizado por la absoluta incomprensión, desconocimiento y enajenación de la metrópolis sobre la realidad y necesidades del pueblo de Puerto Rico.

La visita humillante y bizarra del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump y de todos los funcionarios y miembros del Congreso, y la actitud y expresiones de Trump ante las tribulaciones de nuestra gente, son la prueba fehaciente de la desconexión entre aquel país y el nuestro; entre aquella realidad y la nuestra; y la casi exasperación que les provoca verse obligados a voltear la atención hacia nosotros, cuando ése no sería su deseo. Típica actitud de los colonizadores ante sus colonizados.

El huracán María descosió a Puerto Rico, cual vestido prendido con alfileres, evidenciando lo que era desde  hace tiempo nuestra realidad subyacente: una pobreza creciente y rampante, una infraestructura ruinosa en sus elementos más esenciales y una falta de preparación y previsión totalmente negligente en las más altas instancias del gobierno de Estados Unidos, del gobierno de Puerto Rico y de los grandes conglomerados empresariales privados, todos doblegados y sorprendidos por la fuerza del ciclón.

Ciertamente María ha sido la peor catástrofe natural ocurrida en Puerto Rico durante el último siglo. Sin embargo, la fragilidad material y la precariedad expuestas por su paso, apuntan a la corrosión paulatina y persistente que ha ido minando las bases de nuestra sociedad. El paso de María  ha puesto de manifiesto el profundo disloque económico y social que Puerto Rico tiene que corregir para garantizar su futuro.

Entre los estragos que dejó María está la descomposición que asola al Gobierno de Puerto Rico. La inexperiencia de sus funcionarios y funcionarias, del gobernador hacia abajo, así como la errática respuesta de sus dependencias más neurálgicas, ha dejado evidenciado su inmadurez e improvisación, así como ha hecho resurgir la proclividad de sus muchos “amigos de la casa” para comenzar a  buscarse sus billetes largos y fáciles en la cínica y próspera “industria de desastres” que en estos momentos empieza a cebarse del infortunio de nuestro pueblo.

A dos meses de María, estamos de nuevo en la calle junto a nuestro pueblo, cuando aún la mayor parte del País sigue sin los servicios básicos de energía eléctrica, agua potable y escuelas para nuestros niños y niñas; cuando aun persiste el riesgo de enfermedades peligrosas; cuando aún no se sabe cuántas muertes nos costó María, ni cuántos de los negocios de aquí han cerrado ni cuántas personas se han quedado sin empleo; ni mucho sabemos aún cuánto será el saldo final en nuestra maltrecha economía.

Lo que sí sabemos es que no podemos seguir dependiendo de un poder extranjero para que tome las decisiones que le corresponde a nuestro pueblo. Un poder indiferente y perezoso que arrastra los pies para darnos lo que legítimamente nos corresponde, mientras bloquea que países hermanos nos den su ayuda, como ha pasado con las ofertas generosas de Cuba, República Dominicana, Venezuela y México de enviarnos brigadas de celadores de líneas  par ayudarnos en la reconstrucción eléctrica.

Sabemos también que la mejor respuesta está en nosotros mismos, como se ha evidenciado en el ingenio demostrado por nuestra gente en las dificultades cotidianas, la presencia de ánimo de  miles de voluntarios, socorristas y la respuesta inmediata de las comunidades; en la penuria de los médicos y otros profesionales de la salud en medio de las circunstancias más desafiantes; en los esfuerzos de padres, maestros y estudiantes por abrir escuelas y otros centros de estudio; en la empatía de muchas organizaciones sin fines de lucro, de los artistas y deportistas destacados y de la diáspora boricua volcada en ayuda, demostrando que el dolor de una orilla de la Patria es compartido en las muchas otras orillas donde los boricuas se dispersan.

Sabemos que no son el Congreso de Estados Unidos ni su engendro, la Junta Colonial Fiscal el remedio a nuestros males, como tampoco lo son FEMA, ni las instancias militares, ni el Cuerpo de Ingenieros, ninguna otra dependencia del gobierno federal.

Serán los sectores trabajadores y populares en Puerto Rico, junto a sus organizaciones representativas, así como el movimiento Patriótico, a quienes les tocará reflexionar profundamente sobre esta experiencia y delineará las estrategia y acciones que habrán de definir su rumbo hacia un futuro de verdadera renovación y reconstrucción de nuestro País.

Hacia ese proceso autónomo y libre de injerencia extranjera debemos aspirar, dirigiendo todo el esfuerzo desde la calle hacia la Patria soberana, sostenible, próspera y solidaria que podemos y debemos ser para todos los puertorriqueños y puertorriqueñas.

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