Bookmark and Share Bajar en formato PDFComentariosVer foto galería

Pedro Pietri entra y sale de la Butler Library

Ver foto galeríaVisita la foto galería (1)

Publicado: miércoles, 31 de mayo de 2017

Cristina Pérez Díaz

 

 

Siete calles

Entre la 116 y la 123 en Manhattan hay mucho más que siete calles. ¿Cómo se cuentan? ¿Y qué hace cada quien con esa distancia? ¿Cómo se la agencia, la mantiene o la implosiona? Las calles, en todo caso, miden la manera en la que decidamos habitarlas: barrera infranqueable, paseo banal, arteria, teatro, escuela, página en blanco. 

 

Morningside Heights

Fui en guagua desde Nueva York hasta Boston para ver la colección de flores de cristal que alberga el Museo de Historia Natural en Harvard. Con la intención de comprar el boleto de admisión a un precio afín con mi presupuesto de estudiante, presenté mi identificación. “Is Columbia still in Harlem?”, me preguntó el estudiante a cargo de la boletería, al ver que mi tarjeta era de Columbia, y que yo era hispana. Su pregunta era bastante estúpida –¿de verdad creía que la universidad se habría mudado? Sin embargo, revelaba la distancia –espacial, económica– que él esperaba entre la universidad y Harlem. O más bien entre una universidad de élite y lo que él quería decir con “Harlem”, probablemente en su alienado imaginario mediático un inmundo barrio de projects habitados por puertorriqueños y negros –uy– que, siempre según el estudiante de Harvard, nada tendrían que ver con Columbia. Bajo la superficie se escondía esa otra pregunta, la que realmente me lanzaba con toda la gravedad de su condescendencia: “¿Cómo es posible que Columbia esté en un barrio como ese?” “They call it Morningside Heights”, le dije. Negándome a recibir un ataque cuyos presupuestos ideológicos no comparto, me limité a señalar la distancia que su ingenuidad racista y clasista cubría: que Columbia nunca estuvo en “Harlem”, a pesar de estar exactamente allí. 

 

Butler Library

Hay varias maneras de llegar a la Butler Library, la biblioteca principal de Columbia University situada en el corazón de su campus en Morningside Heights. La más fácil es coger la línea 1 del subway. Uno paga $2.75 y se baja en la parada 116, sale a la superficie, inmediatamente ubicará los portones principales de la universidad, los atraviesa, da alrededor de cien pasos sobre la calzada principal del campus, al llegar al centro de la calzada gira a la derecha, entonces el cuerpo mirará de frente a la biblioteca, un edificio neoclásico y monumental, de mármol, en cuyo friso frontal están inscritos los nombres: Homer, Herodotus, Sophocles, Plato, Aristotle, Demosthenes, Cicero, Vergil. Luego de apreciar la arquitectura hay, entonces, que dar unos doscientos pasos hasta llegar a las escalinatas, respirar, subir, abrir la puerta y ya, se está allí. 

Después de estos pasos iniciales la cosa se pone un poco más difícil. Encontrarás unos empleados tras un mostrador que monitorean el flujo de cuerpos que entran y salen por entre los sensores, vigilando que cada uno escanee el código de barras de su identificación de estudiante de Columbia –u otro facsímil aceptable– sin la cual, a pesar de todo el viaje realizado, no podrás pasar más allá del mostrador. 

 

Siete calles

Un día, digamos soleado, del 1961, un año después de haberse graduado de la escuela superior en Manhattan, Pedro Pietri traspasó la barrera del mostrador desde el que se controla quién entra a la biblioteca Butler. Si venía de su casa, es probable que haya caminado. Total, eran sólo unas siete calles desde el apartamento de su familia en la 123. También es posible que haya tomado el subway o puede que haya corrido su motora invisible, la misma motora invisible que después correría con su grupo The Latin Insomniacs Motorcycle Club Without Motorcycles–en cuya junta de directores, decía, se encontraba Ovidio. Poco importa. La distancia que atravesó en ese viaje no puede medirse en pasos, millas o kilómetros. 

Según él mismo contaría años después en la entrevista que le hiciera Carmen Dolores Hernández, el contacto con los libros en Butler fue “iluminador”. No sólo tuvo acceso a una cantidad inenarrable de libros–no sé cuánto era muchísimo en aquél entonces, pero hoy la biblioteca tiene dos millones de libros dentro de su edificio, a lo que se suman unos ocho millones más disponibles en las otras bibliotecas que pertenecen a la universidad. No sólo eso, probablemente lo más importante fue que tuvo en sus manos por primera vez obras escritas por autores negros e hispanos (Langston Hughes, Amiri Baraka, García Lorca, entre muchos otros). La lectura provocó inmediatamente la escritura. “I started writing poems in my head and I memorized them. I had a fertile memory. I could recite these long-distance poems”–dice Pietri en la entrevista. Allí, imaginemos que entre los anaqueles, los poemas comenzaron a escribirse en su cabeza, como si fueran llamadas de larga distancia, transferencias, que sólo después llegarían a coincidir físicamente con su destino: el papel, el lector, el escucha. 

 

El trabajo del escritor

Pietri no entró a Butler como estudiante. Entró como empleado. No es banal que haya llegado a la literatura y a la escritura a través del trabajo, entregando libros a los estudiantes de Columbia y reacomodándolos en los estantes. No es para nada banal, ni para su poética ni para su biografía. De hecho, el tema del trabajo jugará un papel fundamental en su obra.

 

Woke up this morning

Feeling excellent,

Picked up the telephone

Dialed the number of

My equal opportunity employer

To inform him I will not

Be into work today

Are you feeling sick?

The boss asked me

No Sir I replied:

I am feeling too good

To report to work today,

If I feel sick tomorrow

I will come in early

(Telephone Booth #905½)

 

En este y en otros poemas, Pietri insistirá en una inversión de los valores del trabajo asalariado, asumiendo el trabajo artístico como una manera–paradójica–de “no hacer nada”. Hasta podría decirse que su poética cambia, de paso, el significado de la palabra “unemployed”, tan asociada con los migrantes pobres puertorriqueños de aquellas décadas en Nueva York. –El trabajo por excelencia del poeta no es acaso ese, el de cambiar el significado.– Esa inversión del valor del trabajo asalariado podría leerse como una manera de negarse a estar atado a las restricciones que la clase social impone. Como un acto de libertad irrestricta sólo posible en la poesía. A través del trabajo asalariado Pietri habría accedido al trabajo poético y, con ello, a una “superación” poética del primero. 

Y subrayo que esa “libertad irrestricta” se da en el plano ficcional de la poesía, sólo ahí. Para Pietri, el acceso a las letras y la apertura y el desarrollo de unas posibilidades expresivas y lingüísticas y, en realidad, vitales, nunca coincidieron con el escalamiento social. Nunca dejó de ser un trabajador pobre. Después de ese trabajo en la Butler Library, no volvería a estar en una universidad. Hasta que lo invitaron a leer sus poemas (en Columbia misma, en Sarah Lawrence, en SUNY Buffalo). Era una figura bien conocida dentro de la escena nuyorquina, así como en Puerto Rico y su obra tuvo buena recepción en Europa–sus poemas y obras se tradujeron al italiano y al alemán y viajó en varias ocasiones a presentarse en Italia. Pero nunca tuvo un peso encima, ni mucho menos llegó a vivir como escritor profesional. A pesar de que era poeta a tiempo completo. Su poética asume claramente ese lugar de enunciación desde el trabajo, para invertirlo en el espacio irrestricto de la página: 

 

I will work very hard on a poem

& leave construction work to others 

(“10th Untitled Poem”, Traffic Violations).

 

Siete calles

Pero no nos desviemos del tema. El asunto es que hay que desconfiar de las medidas demasiado evidentes. Y hay que buscar la densidad del espacio. Entre las calles 123 y 116 hay mucho más que siete calles. Contando desde el apartamento de la familia Pietri en el project de la 123, hay un sin número de circunstancias económicas que vuelven la travesía más bien imposible, por mucho que caminar por la ciudad sea una actividad gratuita.

El poeta atravesó esa distancia por pura leche.

En todo caso, el gesto creativo de Pedro implosionaría las medidas. Con lo que él sacó a partir de ese contacto iniciático con los libros de la biblioteca, la ciudad se transformó en otra cosa. La ciudad se convirtió en el lugar en donde había que reubicar la letra, hacia donde había que desbordarla. 

 

With the best of intent

This phone call documents

Amiri Baraka, who I met

As Leroi Jones in the library

Shelf of Columbia University

Contemporary poetry detention

section–& liberated his

Books to introduce poems

To unemployed housing project

Famous rock n roll singers

Who earned minimum wages

(Telephone Booth #8986586)

 

Todas las calles

Pedro Pietri descubrirá en la lectura pública, pero sobre todo en su apropiación de la sátira y en el performance, los medios para hacer el trabajo necesario. La fundación del Nuyorican Poets Café junto a Miguel Piñero y Miguel Algarín fue sólo el comienzo. Se creó para sí una persona poética, el icónico “Reverendo”, como si la distancia entre la vida y el performance poético se hubiera borrado. Con el eterno atuendo del Reverendo y con el certificado fundacional de la Iglesia de la Madre de los Tomates en mano, montó un sinnúmero de actos poéticos y dramáticos por toda la ciudad. Además de las conocidas e innumerables veces en las que leyó en voz alta el épico “Puerto Rican Obituary”, fue un lector frecuente en Saint Mark’s Poetry Project, se dio a conocer por toda la ciudad vendiendo breves poemas satíricos inscritos en sobrecitos que llevaban condones adentro, para promover el uso del condón durante la crisis del SIDA, mientras él se colgaba al cuello una pancarta que anunciaba: “Save sex saves, not Jesus” y cargaba una cruz toda engrapada con profilácticos. Grabó dos discos recitando sus poemas, organizó la serie de lecturas públicas Poets in Bars, y, con su Latin Insomniacs Motorcycle Club, montó más de una veintena de obras de teatro y organizó en dos ocasiones el Surrealist Poetry Festival en el Bronx. Incluso, junto con Adál Maldonado, llegaría a fundar la Spiritual Republic of Puerto Rico, con pasaporte y hasta himno nacional. Entre muchísimas otras cosas. Su actividad durante las décadas de los 70, 80, 90, hasta su muerte en el 2004, fue impresionante. El poeta hizo sonar las calles de la ciudad como si fueran páginas inscritas con una sátira profundamente vital. 

 

Causas y azares

Cierto, no hace falta encontrar la manera de entrar a Columbia para ser un nuyorquino con acceso a las letras y a la esfera de la cultura que producen, sostienen y capturan las élites. En todos los boroughs hay una red amplia de bibliotecas públicas. Pero no me interesa aquí revisar las opciones de movilidad social y acceso disponibles para las clases bajas en Nueva York. Que Pietri, un muchacho puertorriqueño criado en Harlem, cuyos padres tenían una educación primaria mínima y quien, según él mismo cuenta, salió de la escuela superior básicamente iletrado, haya encontrado su primer contacto real con los libros en la biblioteca de una universidad privada de élite, por pura casualidad, aún cuando alegadamente tenía a su disposición una amplia red de bibliotecas públicas, dice mucho de la densidad que puebla las distancias citadinas. Que no porque la ciudad esté ahí está al alcance de la mano. Que aunque haya muchas bibliotecas, no necesariamente es fácil llegar a ellas, ni mucho menos entrar. Hace falta, sobre todo, tener la idea aunque sea vaga de que uno tiene algo que ver con los libros, de que los libros tienen algo que ver con uno. De dónde sale esa motivación es algo que sobrepasa la esfera del diseño urbano.

 

Siete calles

A pesar de que creo que es necesario defender con garras los mecanismos que permiten la movilidad social en el plano de las leyes y la política gubernamental–una narrativa en la que se insertaría mi propia historia–, en el plano de la acción directa la biografía de Pietri me resulta mucho más relevante y poderosa que cualquier narrativa de movilidad. Precisamente porque escapa a la narrativa del éxito y de la superación de clases sociales. 

 

La biografía de Pedro Pietri tiene que ver con la apertura de posibilidades inimaginadas desde una autonomía poética que termina por asumir su libertad como política. Pietri no supera las siete calles, hace otra cosa. Su biografía hay que leerla enfatizando lo que dice sobre el agenciamiento que puede darse desde afuera de ambas instituciones públicas y de élite.

 

Afuera

En un momento en el que precisamente las instituciones educativas y culturales públicas están en jaque en nuestro país, pienso en el Reverendo y en ese gesto voluntarioso de colapsar las distancias, de agenciarse la entrada, como quien dice por la puerta de atrás, y salir de vuelta a una ciudad otra, a una página en blanco que sólo puede escribirse desde allí, afuera.

 

we needed the whole week

for lunch & weekends for work

on a poem or play or novel

(“I hate trees”, Traffic Violations)

  (1) Comentarios



claritienda Cortázar