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Topografía: Un pequeño Alejandro

Alejandro González Malavé
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Por Carlos R. Alberty Fragoso

Publicado: miércoles, 31 de mayo de 2017

Posiblemente sus padres lo nombraron así pensando que sería un gran rey como Alejandro Magno de Macedonia, el discípulo de Aristóteles que expandió el Imperio griego hasta la India. Fue hijo de la pobreza y posiblemente vivió en su imaginación intrincadas tramas de películas de espías con el escenario de la llamada Guerría Fría en las que combatiría heroica y secretamente el Comunismo, ese gran fantasma que recorría el mundo. Era un joven mulato, de pómulos sobresalientes, de pelo crespo, que sonreía con frecuencia. Cuando lo conocimos, estudiaba en la Gabriela Mistral. Se acercó a la Federación de Estudiantes Pro Independencia (FEPI). Siempre venía él solo, no tenía ningún grupo organizado en su escuela y muchas veces tenía dinero para invitar. Más de una vez nos tomamos más de una cerveza. Misteriosamente (aunque podemos adivinar la causa) logró entrar a la UPR de Río Piedras (en la que no pudo permanecer por su bajo promedio) y allí formó parte de la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI). No sabíamos, aunque algunos lo sospecharon, que trabajaba para la Policía. En el 1978 se haría famoso con los asesinatos del Cerro Maravilla. Tal vez para él esa sería la cumbre de su película mental anticomunista y antiindependentista. 

Acaso porque era del barrio Monacillos (plural del diminutivo de monje, en latín) la Policía lo bautizó con el pseudónimo de “fraile”, lo que sugiere devoción religiosa a una causa. Curioso contraste: fraile viene del latín frater, que quiere decir hermano. Pero su conducta no fue fraternal, aunque con los otros “hermanos” de la policía sí lo fue. No obstante, habría que ser cauteloso con la afirmación, pues la “hermandad” de la Policía puede ser muy peligrosa (según se verá más adelante).

Algunos dirán que fue un traidor. Pero seamos justos. En rigor, no se le puede calificar así porque nunca formó parte del movimiento estudiantil independentista. Es decir, no traicionó la causa independentista porque esa nunca fue su causa. Sí se podría decir que fue “fiel” a su “causa” anticomunista y antiindependentista como informante, agente encubierto o espía en su mente cinematográfica.

¿Cómo fue posible que aquel joven, que engañaba a los otros haciéndose pasar por “compañero”, nunca dudara de su propia ideología y no fuera sensible al hermoso compromiso de los otros jóvenes con su país, ante tanta camaradería y alegría de vivir en la lucha? ¿Cómo fue posible tanto extravío? Nunca sabremos si alguna vez dudó. Parece poco probable. 

Aunque pueda verse como punto de partida, la pobreza por sí sola no explica este fenómeno. Se puede nacer pobre, pero no fanático. Eso viene después. Es profundamente triste constatar en este caso el poder esclavizante de la ideología, toda esa red de creencias, ideas, actitudes, costumbres etc. que conforman y a la vez encarcelan la mente de una persona.

La ideología fanática y los delirios de grandeza de espía torcieron el espíritu de aquel joven que no pudo o no quiso ejercer la libertad radical de todo ser humano para liberarse a sí mismo de la basura ideológica y ver el mundo desde un punto de vista diferente. Fingió (como un actor) y nos mintió todo el tiempo, animado por mucha ideología y poco dinero. Redactó informes para la Policía en los que ponía al tanto a sus superiores de nuestras reuniones, los temas de discusión y los asistentes, ¡y hasta la boda de un compañero! Todas, actividades legítimas y legales. Exageraba y distorsionaba la realidad y cobraba su dinerito. Una somera mirada a las carpetas basta para comprobarlo. Triste destino el de un pobre y fanático. Tal vez soñaba que a consecuencia de sus triunfos, como episodios de una gran película épica, escalaría en la jerarquía policíaca boricua o en la militar norteamericana.

Gracias al libro Réquiem en el Cerro Maravilla, (1987) de Manuel Suárez, y al artículo de Nydia Bauzá en Primera Hora, “A 38 años del Caso Maravilla” (23 de julio de 2016) sabemos algo más del personaje. En el capítulo titulado “El nacimiento del fraile” (págs. 44 a 51) y en el artículo periodístico corroboramos algunos datos. 

El pequeño Alejandro nació el 20 de mayo de 1957, fue reclutado en 1973, a los dieciséis años, por el agente de inteligencia Carmelo Cruz Arroyo. Empezó como informante mientras era estudiante de escuela superior. Al comienzo, estuvo dispuesto a informar de gratis, pesaba más la ideología, pero después le creció la ambición. Su primer pago fue de 15 dólares. Para el 1977 pasó de informante a agente encubierto y ya en 1978 se inició en actividades clandestinas contra el independentismo. Además de su pseudónimo, el fraile, su clave de identificación al llamar a la Policía sería 80H6. 

Sabemos que Alejandro Magno nació hijo de un rey, extendió la cultura griega hasta la India y, como tantos reyes de la historia, parece que perdió el norte. Alejandro de Monacillos, el pequeño, fue hijo de un furibundo anexionista ya en la senectud. Su mismo hijo nos decía que había sido engendrado por un viejo. Nunca lo pudimos constatar pues nunca estuvimos en su casa. M. Suárez confirma que el padre tenía 85 años cuando la Policía reclutó a su muchacho. ¿Hijo de la vejez biológica e ideológica? A diferencia de Alejandro de Macedonia, el único imperio que expandió el de Monacillos fue el de su ridículo ego, fanfarrón y fanático, y su falta de humanidad. Oportunidades tuvo para crecerse y transformarse gracias al contacto con gente noble y comprometida con el país. Pero ya su mente esclavizada se había adentrado en una trama cinematográfica sin regreso. 

En estos tiempos de creciente antagonismo político (la Junta de Control y el gobierno fanático anexionista vs. el movimiento de los estudiantes, los trabajadores, los maestros, los jubilados etc.) y en que se exacerban la viejas ideologías antiindependentista y anticomunista conviene recordar el engendro policíaco que es el agente encubierto. ¿Cuántos hijos de la pobreza no estarán ahora mismo a la merced de un dinerito fácil, y lo que es peor, vulnerables de manipulación por la ideología simplona y esclavizadora que dicta que todo reclamo democrático ante el poder colonial es obra de un secreto Enemigo que debe ser aniquilado a toda costa? ¿No comunican eso con sus palabras y acciones los administradores coloniales de la Fortaleza y la Legislatura, ayudados por la Policía y algunos en la Rama judicial? 

Al pequeño Alejandro, la Historia no lo premió por su actuación. Tristemente, en abril de 1986, murió asesinado a balazos en la marquesina de la casa de su madre. El crimen nunca se esclareció. El rumor popular afirma que lo mató la misma Policía, hermandad peligrosa, para evitar que el “hermano” hablara de más. 

Aunque produzca rabia e indignación, no debemos olvidar esta historia alejandrina. Debemos estar en guardia ante los pequeños posibles alejandros. Sin duda, cada uno viene con una terrible película bajo el brazo.

 

El autor es poeta y profesor de la UPR en Río Piedras.

 

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