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Los días del arcoíris: (la revolución sexual de Wilhelm Reich)

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Publicado: jueves, 16 de noviembre de 2017

Egberto Almenas

 

Aquel tiempo… Afloraba en la saturación polaroid de los colores una juventud prolija con cuanto auxiliara su ascenso a la quinta dimensión. El cuerpo en la edad zodiacal de Acuario retornaba, extático, a la Madre Natura. Perfumes del bosque, fluorescencias y cánticos como en ritual de gnomos, ambientaban el vuelo entre palomas hacia el arcoíris.

Donde alborearía la felicidad en el amor, los más previsores hojeábamos un tomo de sesgo paladín, La revolución sexual (1936) del judeo-austriaco Wilhelm Reich. Además de médico siquiatra dado al sicoanálisis neofreudiano, este autor se había destacado por su marxismo al buen uso de la “crítica despiadada”, sin temer a “sus propios resultados ni el conflicto con los poderes estatuidos”. Así se batía en duelo el mismísimo Carlos Marx. 

 

I- Orgasmo revolucionario 

Pese a la sucesión de revisiones desde el origen de esta obra de Reich, lo más sustancioso de su tesis desgrana en la desavenencia entre el ardor venéreo y la civilización, según consta por culpa del capitalismo, cuyo anclaje en el patriarcado tras la fábula naíf del diluvio universal problematiza la euforia del orgasmo. De sus páginas brota en contraste cómo subvertir la locura del tal suerte casta a la hora de yacer y, si acaso, de procrear.

Atención reconcentrada le mereció a Reich la tan rauda fase climática en la utopía del placer, durante la cual magnetiza no obstante una esfera enérgica crucial por cuanto rige y sana la estructura atinente a las emociones y las facultades intelectivas. De esta suposición urge revertir el coito desnaturalizado, tal como la sociedad ha de amoldarse asimismo conforme a la precedencia de la libido, y no al revés —trueque que por cierto le costó a Reich un encontronazo insalvable con los marxistas espurios de entonces, y luego con el statu quo de Estados Unidos, adonde murió encarcelado. 

 

II- Ese inmenso aletazo 

Recordábamos en síntesis de sus investigaciones cómo cada individuo estila desde su nacimiento un repertorio de actitudes del cual, frente al cualquier imprevisto, blandea a guisa de escudo la más oportuna. Si bien la forja incluso muscular de esta “coraza” tornadiza del carácter nos protege, también podría a la larga privarnos de influjos vitales. El de la “energía azul” en las irradiaciones que el universo emite ingresa en el reino de los embrujos sugestivos, y la obsesión de Reich por acopiarlas con fines terapéuticos obnubiló la lucidez científica de sus primeros años de trabajo. Con todo, queda en pie su conclusión primera: un orgasmo idóneo desarma y mejora el aprovechamiento de nuestra receptividad. 

¿Cómo conseguirlo? Sublimar en el ámbito vigente “ese inmenso aletazo” (María Luisa Bombal) suponía para nosotros derivar lecciones de la praxis reichiana. Todavía a la altura del tercer milenio en el Primer Mundo procurar recursos básicos como un albergue propicio a la salud íntegra del apasionamiento carnal entraña malabares. Nada digamos de las constricciones en la atención médica, la consejería, y la viabilidad de métodos anticonceptivos, ni cómo una didáctica rigurosamente desprovista de tabús sigue enfrentando muros de contención retrógrada. 

En 1927 en Viena, donde más de la mitad de la población de Austria entonces carecía de empleo, y poco después de presenciar la escabechina allí de civiles en manos de la policía, Reich ya fundaba seis clínicas de sexo a las que en menos de un lustro acudieron millares de pacientes. Sirviéndose de una unidad móvil pronto también redoblaba su alcance al desplegar de puerta en puerta una campaña de capacitación con material actualizado gracias a sus propios estudios e investigaciones. 

A más de medio siglo de su arresto y muerte en circunstancias turbias nuevos indicios sobre la transferencia de la energía palian el grado del delirio que le achacan sobre todo a raíz del orgón —neologismo compuesto de los términos “orgasmo” y “ozono”, y con el cual designaba el cúmulo de una fuente curativa derivada del cosmos. Apropos, el sentido literal en latín de la palabra “delirio” asimila la frase “salirse del surco”, de modo que quizás la osadía del último espíritu especulativo en Reich llegue a reivindicarse con el mismo epíteto. 

 

III- Desplume y remedio nostálgico 

Lo temido en nuestra adolescencia adviene de punto a punto. Recrudece la reacción en la rapacidad de libertades al servicio de la furia alt. La resistencia difusa de los antifas vocifera slogans aún menos sutiles que las agudezas del otro Marx, Groucho. Se secuestra y amordaza el conocimiento en las propias narices despavoridas de la academia. 

Entre otro tanto, adherentes del negacionismo a rajatabla agrian otra vez la fiesta a pelo de las verijas. El puritanismo sosaina halla su agosto morbo en el ataque de suyo típico a la permisividad. Se triplican los números de quienes sufren disfunción en la cama debido a trastornos mentales al mismo ritmo en que la mafia médica les “enviagra” las ganas a los añorantes: pastillita azul para los bebos, pastillita rosada para las bebas. Dentro del Bloque del Este, las mujeres sin pastillita alguna disfrutaban justo el doble de orgasmos sobre la media general de los países más desarrollados. Una vez disuelto el Pacto de Varsovia, el “eros alado” del clítoris (Alexandra Kollontai) se desplumó. 

No en balde el radicalismo en los ensayos a salvo de Reich suscita un renovado interés, según él mismo predijo. Más allá del acecho y el enjambre de difamaciones que en disfraz docto todavía lo agobian, queda sumida en dudas la razón por la cual el gobierno estadounidense se apuró por quemar su laboratorio, libros, y apuntes de estudio. 

La revolución sexual suple en retrospección discriminatoria, depurada de culto y hagiografía laica, un fondo concomitante a la clínica de “ese estado de seguridad absoluta, de confianza y dependencia que no se halla en ningún otro lugar de la vida consciente” (Vladimir Nabokov). 

Ciertas piezas de la nostalgia, como este ejemplar ya raído nuestro de Reich, aún rinden en la mecánica del deseo. Tanto como la lámpara de lava policroma, el póster en la obscuridad ultravioleta con su ilusión de globos y serpentinas reflectoras en descenso lento, la música de plectro, tamborín y flauta. Tanto así el futón, paraíso del mejor delirio, como en los días del arcoíris. Tiempos aquellos. 

 

ealmenas@gmail.com

 

 

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