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Ni flores, ni chocolates

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Por Alana Alvarez Valle

Publicado: miércoles, 9 de mayo de 2018

 

Especial para CLARIDAD

 

Madre es la más bella flor”, “Madre, la reina del hogar”, “Madre, sóolo hay una”, “Madre, perdóname”… siempre que se acerca el famoso Día de las Madres nos bombardean con frases cursis como éstas. La gente se vuelve loca regalando flores y chocolates, pero pocas personas se dan a la tarea de preguntar en realidad: ¿qué necesitan y se merecen las madres en esta sociedad?

Porque aunque tengamos el amor incondicional de los hijos e hijas, las madres queremos y necesitamos de mucho… en especial de empatía, comprensión y compensación por todo lo que hacemos con dedicación, entrega y sacrificio. Y no sólo las madres, también las abuelas, las madrastras, las tías, las madrinas y las madres de críos cuadrúpedos. 

Una de mis frases preferidas desde que me embarqué en esta maravillosa y complicada aventura de la maternidad es “se requiere de todo un pueblo –o una aldea, para ser más literal– para criar a un niño o niña” (It takes a village to raise a child). Sin embargo, ¿qué sucede cuando tu pueblo está dividido y cuando la patria está invadida? 

En estos momentos en que nuestro Puerto Rico se enfrenta a una de las mayores olas migratorias hacia los Estados Unidos (EE.UU.), a causa de la crisis económica y de los desastres causados por los huracanes Irma y María, son más las familias que a diario ponen océano de por medio. Cada día hay más abuelas que se despiden de sus nietos, más hijos e hijas que se despiden de sus madres y padres, más hermanos y hermanas que se separan. El otro día compartiendo con unas amistades en una reunión de exiliados, nos dimos cuenta que ambos hijos de doña Margarita y don Gilberto viven en EE.UU., que de los cuatro hijos de don Ebenezer y Zodet tres viven fuera, que de los tres hijos de doña Iris y el Doctor López, dos viven en el norte, y así por el estilo. 

Entonces, ¿qué se hace cuando de repente te encuentras criando en un país ajeno y sin red de apoyo? Sin abuelitas a quienes pedirle que te echen una mano cuidando al crío o enseñándole la importancia de hablar español boricua y de comer arroz con habichuelas; sin titís o tíos solidarios que te cuiden al nene para ir a una cita médica, o simplemente cuando quieres dar un paseo a solas con tu pareja.

Poco a poco, con dificultad una va construyendo una nueva aldea. La familia escogida, las nuevas amistades, las ‘mommy friends” (amigas mamás), y por supuesto la boricuada, que te rescata. No obstante, criar en este país –cuyos supuestos líderes aseguran que es del primer mundo y está ‘desarrollado’– no es cáscara de coco, para ponerlo en términos criollos. 

Para empezar, la licencia por maternidad, según las leyes federales, le da a la madre un mínimo de 12 semanas para atender al recién nacido, pero sin paga alguna. Eso significa que la mayoría de las mujeres que son asalariadas tienen que usar sus días de vacaciones o por enfermedad porque no pueden costear estar sin recibir ingresos por 12 semanas o más. Ni hablar de días libres para los padres. Luego de tener a la criatura, muchas se ven ante la encerrona de decidir si pagar los altos costos de los cuidos o quedarse en la casa con el bebé. 

Una amiga me contó que tomar la decisión de regresar a trabajar después de parir a su niña fue bien difícil ya que el costo de cuidar a una infante es exhorbitante. Luego sacó cuenta de que el primer año de la niña invirtió sobre el 50% de su salario en el cuido de la beba y de su hijo de edad escolar. No obstante, decidió hacerlo con mucho sacrificio, porque sabía que a las mujeres se les hace cuesta arriba reintegrarse a la fuerza laboral asalariada una vez llevas varios años en la casa con los niños. 

Otra amiga tuvo que renunciar a su trabajo cuando quedó embarazada pues no podía subir y bajar escaleras todo el día, lo que significó sacar su nena de 4 años del pre escolar, porque sin el ingreso de su empleo no podía costear la escuelita, ni siquiera con las ayudas del estado.

Si a eso le sumamos la falta de empatía y el sexismo de los patronos, la situación de las mujeres se complica más aún. Muy pocas empresas son flexibles a la hora de recoger a los niños cuando se accidentan, cuando salen temprano de la escuela o cuando están enfermos, tareas que usualmente recaen en la madre, aún cuando el padre esté activo en la crianza. 

Además, hay un claro menosprecio y poca comprensión en esta sociedad sobre lo que hacemos las madres que nos quedamos en la casa con los niños. Se entiende que lo hacen por elección, y no porque muchas veces es más costo efectivo quedarte en el hogar que pagar cuido; se cree que tenemos mucho tiempo para realizar otras tareas y ¡para descansar! ¡Ja! 

Entonces, en este día, que supuestamente es de nosotras, las madres pedimos –y no lavadoras, ni planchas, ni flores, ni bombones– y pedimos mucho. Es más exigimos y reclamamos: una licencia de maternidad con paga, una licencia de paternidad, cuidos costo efectivos, equidad en salarios, una tarea doméstica compartida, una crianza compartida, la erradicación del sexismo y del hostigamiento sexual, empatía, colaboración y más. Pero sobretodo, el Día de las Madres hay que verlo como un día para concientizar, para seguir luchando por lo que nos merecemos, en el hogar, en el trabajo y en la calle.

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claritienda Daniel Santos