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CLARIDADES: El despertar la conciencia

Publicado: martes, 29 de mayo de 2018

Tarde o temprano, todas las personas sensatas se dan cuenta de que las injusticias permean nuestra vida. La primera toma de conciencia puede referirse a cualquier aspecto de la vida, dependiendo de la capa social a la cual pertenece la persona en cuestión y de los ideales que le rodean.

Para el joven trabajador, la injusticia aparece primero bajo la forma de la mala suerte o de una tragedia personal —el desempleo, la deuda creciente, la necesidad de dejar la escuela demasiado joven o de emigrar para poder ganarse la vida. Otros se dan cuenta primero de la condición colonial de su país, del monopolio extranjero, del servicio militar obligatorio, del desprecio hacia su cultura.

El estudiante es especialmente sensible a las contradicciones entre la palabra y los hechos. Le hablan de libertad, pero le aconsejan la conformidad. Le hablan del milagro de Puerto Rico mientras una cuarta parte de la población vive del mantengo. Le hablan de libertad de prensa, pero lo que ve es la libertad de dos o tres empresas para manejar las noticias. Le dicen que el empleado público está al servicio del pueblo, mientras ve que el pueblo es lo menos que le preocupa al burócrata. El joven agrónomo, técnico o economista que se entrena para servir a su país choca de pronto con el cinismo y la apatía de sus colegas.

La conciencia es una cosa frágil y puede romperse al chocar con injusticias aparentemente invencibles. Al darse cuenta de las injusticias puede decidir que “así es la vida,” y la aprovecha lo más posible. El joven idealista de ayer se convierte en el comisionista cómodo de mañana que aconseja a sus hijos: “cuando era joven, yo también… así es el mundo… eso está bien mientras uno es estudiante, pero… hay que ser realista…”

El trabajador, que puede huir con menos facilidad de su situación, se hace “listo” y pretende resolver sus problemas a costa de los demás, o se convierte en borrachón para olvidar.

Pero hay otro camino. Puede indignarse contra la injusticia y el sufrimiento en términos de una condena moral: “es que no debieran tratar así a la gente; que el burócrata no debiera ser tan indiferente’ que debiera haber una ley que haga esto o lo otro; que es intolerable el desperdicio de nuestros recursos y talentos.”

Puede entonces denunciar la hipocresía, la apatía, la mala fe de un patrono, de un gobernador o de un jefe. Y viendo el espectáculo de la sociedad podrida, pasa de la crítica a la rebeldía, proclamándose, quizás, revolucionario.

Llamarse revolucionario está muy de moda hoy ye es admirable en el sentido de que representa una dedicación a fines allende el egoísmo comercial que domina nuestra vida. Pero, ¡si hasta una caja de detergente se anuncia como revolucionaria!. Para ser revolucionario de verdad se necesita algo más que pedir sangre, y ofrecer su vida por la patria… siempre que haya suficiente público.

Esa etapa de rebeldía se caracteriza por una actitud de condena moral y subjetiva de la injusticia y por un programa moral de valor y de sacrificio contra la cobardía y el egoísmo, de honradez contra la mala fe y la hipocresía. Se caracteriza, además, por una visión demasiado simplificada del mundo: por la denuncia de lo que merece la denuncia, pero sin un programa constructivo como alternativa; por una perspectiva errática de entusiasmo con esperanzas de victoria inminente que alternan con la desanimación y las lamentaciones por una u otra falla del pueblo. La actuación del rebelde parece estar dirigida a mantener su alma pura y su bandera sin mancha más que a lograr la transformación de la sociedad.

La rebeldía es una etapa en el proceso de maduración política. Pero hay que transcenderla para pasara de rebelde a revolucionario. Para ello es imprescindible:

1. Pasar de una actitud subjetiva y moral a una evaluación objetiva de la sociedad. Esto supone reconocer que la fuente de la injusticia es la estructura de la sociedad.

2. Pasar de un concepto demasiado simplificado del mundo a uno que reconoce  que la realidad es compleja y contradictoria.

3. Pasar de la denuncia negativa a un programa que sea constructivo también, que no sólo rechace la sociedad actual sino que demuestre la posibilidad de una mejor.

4. Lograr mantener la integridad revolucionaria.

5. Pasar de una perspectiva errática con esfuerzos esporádicos a una perspectiva realista que no tiene que autoanimarse con ilusiones y que tenga un programa de trabajo a largo plazo.

 

=Fragmento del escrito De rebeldes a revolucionarios de Richard Levins-1966

 

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