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Estación a la deriva (I)

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Publicado: martes, 29 de mayo de 2018

Noel Luna

 

EL CARTÓGRAFO, cuyo padre y abuelos habían sido cartógrafos, había heredado algo más que el oficio. Lo habitaba, movía o poseía un ansia oscura. Confeccionaba un mapa que lo guiase al mágico reposo de otros miembros. Quería elaborar planos y cartas de navegación para llegar a Ella. El mundo le parecía un enigma. Iba trazando las coordenadas de un mapa que lo atrapara de tal modo que ya no necesitara hallar la ruta. Buscaba la secreta geografía de unos dedos que lo buscaran, la ciencia precisa de sus cuencas vertiginosas, densos promontorios, mareas y resacas. Quería imaginarla en las tinieblas, y con mano paciente ir delineando sus formas, los arcanos de su piel. Cada noche figuraba su presencia e imploraba a deidades del cielo y de la tierra para que acudieran a sus manos y le permitieran forjarla hasta el insomnio, hasta la locura misma de un alba sin regreso. En la tenue luz del cuarto, sobre la rústica mesa de trabajo, rodeado de instrumentos, libros y papeles, soñaba figuras y bosquejos, pero su sed y su hambre aumentaban, y todo le parecía una promesa incumplida. Necesitaba ese mapa. Le era brutalmente necesario ese preludio a la vida. No importaba que a fuerza de bosquejarlo fuera perdiendo las manos nerviosas que lo trazaban, o las piernas que deseaban caminarlo, como había sucedido con tantos de sus antepasados, que vivieron y murieron por hacer posible largos viajes sin destino o porvenir. No importaba que en la exactitud de sus formas el mundo se irrealizara, y entonces, en el recuerdo, todo fuera una quimera, una utopía frente a la cual Ella se levantase como lo único real y palpable, como lo único posible y concebible. No importaba que ese ensayo de vida superara a la vida misma. En esa perfección habitarían y ya ninguno sería más verdadero o menos falso que el otro. Necesitaba ese mapa con las fuerzas de su vida y con las de su muerte, con el deseo contenido de las generaciones de su sangre, con el silencio enorme de sus noches y sus días. Del cabal ejercicio de sus facultades delirantes dependía que Ella existiera, y que él, más allá de sus artes y su historia, se perdiera en los pliegues prodigiosos de su obra, en las regiones ocultas de su inmensa irrealidad. Sólo eso quería. (1993)

*

ME HABITA LA TRISTEZA DE DIOS, tristeza misma. Los días se adelgazan –cortantes naipes cayendo– como sombras hambrientas, como ardientes cuchillos frente al pan y la carne, como agudos puñales en las rutas de la sangre. Cada filo es un morboso trapecio de la dicha. Mece el viento los dolores, las angustias grisáceas, las bellas cuerdas que columpian el cadalso, hilo de Ariadna, hilo de Penélope, hilo de la Parca. Las albas en su afán descuentan los minutos, mil auroras regresando a la voz última. Y esa voz es un latido, un terrible presagio que palpita olores y silencios. Y esa voz son las voces de un tumulto de sombras y recuerdos. Gota a gota se desbordan océanos de sal, y sólo queda un gusto amargo, una vaga sensación de agua y arena. Poco a poco se desgajan los versos, se evapora el vino, y una mancha borrosa es un gemido, y sus bordes, perdidos en la noche, despide su esencia al aire escaso. Caen los labios como frutas que nadie recoge, y se pudren vírgenes, y se desintegran sin historia, y vuelven a ser polvo sobre el suelo. La tierra, intransigente, reclama lo que es suyo. Yo desciendo en ese trance. Voy encogiéndome, y cada vez soy más pequeño, casi un niño.

Estoy tan triste como Dios, tristeza exacta. Las manos no me bastan en la espera. Dibujo ciudades en el aire. Levanto arquitecturas roídas por los siglos. Elaboro con pasmosa calma el ínfimo detalle de las ruinas. Recorro uno a uno los puntos cardinales de la luz en sus recintos, y me pierdo y me alcanzo. Juego a encontrarme y me abrazo y me recuesto en mi hombro. Cuando todo calla, le invento motivos a las horas. Amarro las cuerdas de cientos de zapatos y ensayo formas fugaces que mueren en los muros. Las manos no me alcanzan. Los dedos tejen y destejen su cansancio. Las uñas crecen. Las líneas de la suerte se acentúan, y no llega la dama envuelta en su ropaje a dictarme la fortuna. Cada marca en mis manos me desdice. Cada surco es la seña de lo estéril. Ni siquiera la aguja me busca. Ni siquiera la espina ansiosa se anticipa a lacerarme. Mi piel es la encogida piel de un duende ajeno al mundo. Mi carne es sólo un vértigo, un abismo. El vacío me habita y me posee y soy yo mismo, diminuto ser tan triste como Dios, ese oculto animal sedentario que encarna en su quietud la mismísima tristeza. (1993)

*

OJALÁ USTED NACIERA ESTE DÍA, súbitamente, como saliendo del mar de rostros que se cruzan en la calle. Ojalá fuera cierto ese milagro, esa magia inasible, y a las puertas de cualquier recinto nos encontráramos, como la primera vez, y nos miráramos largamente, hasta el filo mismo de los tiempos. Levantaríamos un muro de sonrisas, un escudo de terribles alegrías al acecho. Poblaríamos todos los rincones detrás de ese dintel. Tejeríamos con ojos y con manos la tela cambiante del deseo, y seríamos espera compartida en las orillas de un nosotros difuso rompiéndose y forjándose de nuevo. Si sus dedos húmedos recorrieran los caminos perdidos en mi cuerpo, y un oleaje de sombras nos borrara los bordes, se abrirían la tarde y los delirios, y el mar, contra sí mismo, ardería callando sus contornos imposibles, sus formas en fuga. Ojalá y en lo oscuro reposáramos la furia de esta larga distancia que nos lleva a sentirnos uno a uno, y en el viaje a encontrarnos se fueran deshaciendo poco a poco las palabras de siempre, y olvidáramos adioses repetidos cada noche. Si pudiera ser cierto, si usted naciera este día, no habría modo de haberse equivocado, y cada razón sería nuestra, y cada causa y efecto se devoraría en la lógica sencilla de las sales, y la tempestad no sería un dolor que nos golpea, sino el desastre convocado por nuestra mano alevosa. El dudoso universo, por un pequeño instante, nos pertenecería. Ojalá y las palabras fueran otras, menos frías, y no hubiera un nosotros que nunca es un nosotros. Que tuviéramos nombres en los que nunca se oyera el mínimo silbido de tiempos y espacios abismales y unívocos, y todo fuera cercanía de miradas y cuerpos sin tristeza. Haríamos posible ese antiguo sueño de los panes, los peces y el vino, tan sólo con las manos, con los brazos sedientos, con el pecho, con el vientre enfrentándose al cristal manchado que lo desdice. Por fin seríamos lo que somos, sujeto y predicado de nosotros mismos, desbordados hacia el vértigo fugaz de no sabernos. Por todo eso, ojalá usted naciera esta tarde, de golpe súbito, rompiendo las entrañas del mundo, y mis manos cansadas la tocaran, y palparan el calor de su sangre, derramándose en mí. Ojalá que yo, como sangre derramándose a la muerte, hasta el último silencio, hasta la última gota, naciera frente a usted. (1993)

 

NOTA: Los fragmentos que agrupo bajo el título Estación a la deriva son textos breves de diverso tipo (reflexiones, notas de lectura, poemas en verso y prosa, fragmentos de cartas, ensayos breves y/o entradas de diarios) que he ido acumulando en cuadernos desde 1993, y cuya edición en formato de libro se publicará por la editorial Folium el año próximo.

 

 

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