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L a destreza de insultar

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Perfil de Autor

Por Zahira Cruz

Publicado: martes, 29 de mayo de 2018

Miguel “el zapatero” vivía con su perra en la parte de atrás de la casa de mi bisabuela. Se levantaba temprano para poner su puesto de trabajo en la plaza del pueblo y estár allí hasta las tres de la tarde, hora en que de mal humor recogía y bajaba la cuesta camino a su casa. Miguel era el mejor zapatero del área, pero además tenía otro gran talento: insultaba con una destreza inigualable; no sólo a quien le afrentase directamente, sino a cualquier ser visible o invisible que él, con razón o sin ella, hiciera responsable de “las desgracias de su existencia”. En ocasiones tenía una delicadeza impresionante, sublime para maldecir como quien echa una flor, y en otras, podía ser el más escatológico y tajante de todos los maldicientes. Justo es reconocer que Miguel dominaba el verbo con agudeza, y esa agudeza le concedía a su expresión un tono, una forma que producía en quien lo escuchaba, además de desconcierto, hilaridad, risa en respuesta a su ingenio y suspicacia. 

Es un lujo, cada vez más, escuchar insultos inteligentes; lo común es la palabra soez, despectiva y ramplona de la radio, de la calle, o entre amigos. Insultos sin sustancia, llanos y dichos como por instinto. Pero poner un letrero frente a tu casa —como hizo Miguel—, dedicado a un enemigo oculto luego de la muerte de su perra con el siguiente mensaje: “una muerte como la que tuvo ella es la que yo le deseo al que me envenenó a Maya”, es tener talento. 

Larga es la lista de conocidos personajes de la historia hábiles en el arte de injuriar, y, varios los que han teorizado sobre el tema. Filósofos antiguos, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Jorge Luis Borges (en su libro Historia de la eternidad tiene un ensayo titulado “Arte de injuriar”), Arthur Shopenhauer, entre otros tantos, han dedicado páginas al insulto, y tal vez no siempre con el fin último de ofender, sino con la intención de hacer ver al otro alguna verdad sobre sí mismo, o sobre algún otro asunto que comprometa la paz entre las partes. Por ejemplo, en marzo se acaba de publicar en español Correo literario de la premio Nobel polaca Wislawa Szymborska; libro que recopila las respuestas de la escritora a aquellos que pretendían debutar en su revista “Vida Literaria”. Las respuestas que encontramos en este libro pueden ser una excelente muestra del verdadero arte de injuriar sin necesariamente querer ofender. Se reconoce en cada respuesta una fina ironía y cierta franqueza cruel —como diría don Tite Curet— capaz de ofender, sí, al más perspicaz y sensible, pero también de hacer entrar en razón al más obtuso, puesto que, como la autora misma advierte, les aconsejaba e instaba a que fuesen “mínimamente críticos consigo mismos” al momento de juzgar sus escritos y enviarlos a la revista. Sus palabras, como valde de agua fría, le vienen a constatar al destinatario la dura realidad, su falta de talento, y eso no le cae bien a casi nadie, supongo. El desengaño duele. 

Este es un libro valioso no sólo porque podemos disfrutar del don de la injuria y la agudeza inigualable de su autora, sino porque además, de ello se desprende el sesgo pedagógico de la ironía, mediante el que Szymborska lograría que su destinatario, el aspirante a escritor, dudadara de sí mismo y sus aspiraciones. Pero además, consigue sacarle par de carcajadas a su lector y la posibilidad de intuir el concepto que la poeta tiene sobre la literatura. Szymborska incita el pensamiento, provoca risa y sorprende al develar su falta de talento a los escritores debutantes, así como Miguel “el zapatero” consiguió conmigo aquella tarde en que yo niña, miré para su casa, y por la maldición inscrita en la pared concluí que Miguel creía en la Ley del Talión.

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