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Será otra cosa: Volver a casa

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Por Sofía I. Cardona

Publicado: martes, 29 de mayo de 2018

1. Miro por la ventana

Casi todo el vuelo de Nueva York a San Juan, es sobre el mar. A los pocos minutos del despegue, después de pasar sobre los pantanales de los suburbios, el avión sobrevuela un mar plateado y calmo, entre nubes idénticas a las nuestras, las del otro lado. Si me concentro solamente en esa sección del paisaje, es como si ya estuviera llegando a casa.

He cruzado de un lado a otro, abrigándome y desabrigándome, adivinando la lengua en la que debo dirigirme a la gente, ampliando mi conocimiento sobre líneas aéreas, puertas de salida, estrategias de sobrevivencia y de calma; y esto es lo que presiento como posible rutina en mi futuro. Entonces, ¿dónde estará la gente más querida? ¿A dónde los tendré que ir a buscar? ¿Tendré salud y dinero suficiente para llegar hasta ellos?

Me imagino con un pie allí y otro acá, despatarrada.

 

2. Miro la gente

Me conmueven las ancianas despistadas que suelo encontrarme en el gate de salida. No falta ese personaje que permanece inalterable en la memoria de mis frecuentes viajes entre Hartford y San Juan.

–¿Qué dijo? ¿Grupo A o grupo E?

La mujer busca desesperadamente una respuesta entre quienes la rodeamos en la multitud, segura de que alguien la comprende y le responderá. El bilingüismo tiende estas trampas.

- Group A.

- Eh, grupo A.

La señora se deshace aliviada, los músculos se le aflojan y se acomoda en la fila. Me fijo en lo mucho que se parece la doña a mis primos del Pepino –sus pómulos altos, su piel cobriza, su larga trenza canosa sobre la espalda. Parece una mujer como de otro tiempo, de esas que salen en las imágenes de principios del siglo pasado: delgada, cariacontecida, cejijunta y medrosa. ¿Será real, alguien más la ve? ¿La estaré imaginando? La pierdo de vista tan pronto entramos al avión y no la volveré a encontrar hasta que lleguemos a Isla Verde. Allá la está esperando una barahúnda de parientes igualitos a ella, el parentesco es evidente.

 

3. Islas

Nueva York, mira, también es una isla: isla levantada sobre la explotación, el clasismo, el impulso feroz de los esforzados caníbales del progreso y mucha fantasmagoría. Hace casi cien años Federico García Lorca ya describía esta ciudad así:

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas

que chapotean las aguas podridas.

En eso pienso cuando veo su línea del cielo como un bastidor de cartón más allá de la pista de aterrizaje; es la última imagen que me ofrece la ciudad, con coquetería. Por un momento no parece lo que es, una ciudad, y podría ser simplemente un montón de construcciones que se alinean frente a frente sin mirarse, con rencor. Repaso las visiones desde dentro de ese laberinto. Sé muy bien que dentro de poco, a la distancia, será tan irreal como cualquier ciudad en la memoria.

Pronto salgo de mi alelamiento porque han llegado mis compañeros de asiento: una mujer con sus dos niños.

 

4. Los que regresan

Por el pasillo hacia dentro del avión, iba atenta a mi alrededor: es mayormente gente que regresa. En esta ocasión, enero de 2018, algunos concluyen unas vacaciones de los apagones, dicen. Disfrutemos del aire acondicionado, los baños con agua, las comidas calientes. Dentro de poco se incorporarán a la rutina pos-María, a los esfuerzos por cumplir cada jornada a tropezones: precariedad, incomodidad, desconcierto. Tienen aspecto cansado, como si en lugar de vacaciones hubieran viajado para cumplir una misión.

Vuelven, me confiesa mi compañera de asiento, porque no se animan a dejar su barrio, su escuela, su gente, porque no aguantan ese frío pelú. Se sienten en la obligación de excusarse, como si regresar a la isla en ruinas fuera un demérito, como si haberse ido por un ratito al confort de la casa de los primos hubiera sido una traición. Me cuenta con aire cansado que las nenas jugaron en Central Park con la nieve, vieron los dinosaurios del Museo y patinaron sobre hielo. El chiquito se revuelve en el asiento, la hala por el brazo, tiene morriña. Ahora van de vuelta a la escuelita en Maunabo. Ya tienen luz, qué bueno. La mujer está agotada y le saca al nene dos muñecos, un Hulk y un SpiderMan. Son juguetes nuevos. Yo había olvidado que era enero y los Reyes habían llegado hacía poco. El nene se tranquiliza, aunque no deja de rasparme las piernas con los bracitos de su Hulk. Spiderman parece mucho más tranquilo aunque su dueño lo blande como si fuera una espada. Despegamos.

Pienso en mis sobrinos del norte, de la misma edad. Mi hermana me dijo que el día del huracán lloraron desconsolados frente al televisor cuando apareció el informe del tiempo para el Caribe en la televisión local. Habrá quedado para siempre grabada en sus memorias el dibujito del ciclón en la pantalla, un tirabuzón ancho y colorado que prometía arremeter contra la islita donde viven (¿agonizan?) los abuelos, una silueta monstruosa y amenazante, como los efectos especiales de las películas de desastres, incompatible con las aburridísimas visitas a la familia. Esta tarde, sin embargo, esos niños deben dormir plácidamente en sus camitas, sin pensar en la isla maltratada, ni en los abuelos, ni en los primos, ni en nadie. Estamos muy lejos, somos tan reales para ellos como personajes de un cuento.

 

5. Una legión de tristes

Los viajeros de este avión piensan que algo ha cambiado en sus vidas después del huracán, y van bien tristes, pero se alegran cuando anuncian que estamos llegando. Como es de día, desde esta altura no sabemos dónde ha llegado la luz y dónde no, pero sí podemos ver los toldos azules de las casas sin techo.

Dentro de poco todo esto estará en el olvido y será un trauma lejano. Puede que sí, puede que no. Puede que esto sea el principio de otra cosa que no tiene nombre todavía, una cosa que a los más viejos nos costará reconocer y apreciar.

Me consuela pensar que aún no tengo miedo a volar, que casi lo disfruto. Todo parece indicar que tampoco yo me quedaré quieta, que seré parte de esa bandada que va y viene constantemente, importunando a los oficiales de inmigración y a los políticos de turno. Pienso en que tanto ir y venir debe llevar a los del censo por el camino de la amargura. Esta gente no se queda quieta, dirán. Cuenten los que van, cuenten los que regresan, inconstantes, impertinentes, impredecibles. Somos legión.

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